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Viernes, 16 de marzo: ¡¡¡Señor, que vea!!! (Mc 10, 32-10, 52)

 

bartimeo_1Ya estamos acabando esta semana de charlas cuaresmales en la que hemos caminado, junto a Jesús para descubrir qué es lo que pide a aquellos que le quieren seguir; veíamos el primer día que la condición es reconocer a Jesús como el Cristo y cargar con nuestra propia cruz, el plan de Dios para nuestra vida; el segundo día, a partir de la Transfiguración y de la relación de amistad de Jesús establece con nosotros, eran la escucha y la oración, las nuevas condiciones que introduce Jesús para su seguimiento; el miércoles, era la sencillez y el servicio las condiciones expresadas por Jesús a partir del enfrentamiento de los Doce para ver quién de ellos era el más importante; ayer, a la pregunta de ¿quién puede salvarse? que le plantean los discípulos, la respuesta es muy clara, aquel que es cada de abandonar sus riquezas – y ya vimos que no son solo las materiales, sino el despojarse de uno mismo – está en condiciones de seguir a Jesús.

Pero la lección final no ha llegado todavía; tenía que ser de la mano de alguien que no tenía nada más que un manto: Bartimeo, ciego de nacimiento. Escuchemos primero el relato:

“Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego, diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que te haga?”. El ciego contestó: “Rabbuni, que vea”. Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha salvado” Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino” (Mc 10, 46-52).

El seguimiento de los discípulos, nos dice Marcos, estaba caracterizado por el miedo: “Estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que seguían tenían miedo” (Mc 10, 32a). Pero a pesar de ello su actitud seguía siendo la misma; lo hemos visto los días pasados: el poder y los celos; no acababan de entender que su misión era ponerse al servicio del Reino y seguirle despojados de todo. Es desde esta perspectiva que tenemos que entender el relato de Bartimeo.

Jericó es la última etapa antes de llegar a Jerusalén, era necesario atravesar la ciudad en la que otros evangelistas sitúan relatos como el de Zaqueo. Una ciudad que desde lo más antiguo, cuando Israel toma posesión de la Tierra, es signo de la acción de Dios. Una ciudad capaz de lo mejor y de lo peor y un camino, que hasta ese  momento y sobre todo cuando llegue a Jerusalén es un reconocimiento de Jesús como un mesías – aunque no sabemos muy bien de qué tipo, es muy lógico pensar que su mesianismo era reconocido como el pueblo desde un punto de vista político -; un camino en el que Jesús se ha ido encontrando a todo tipo de hombres y mujeres y sobre el que ha ido convocando a los suyos. Un camino, que algunos pensaban y todavía hoy lo piensan que era de pasar haciendo el bien o de un profeta poderoso (recordemos la expresión de los discípulos de Emaús, entristecidos y decepcionados tras la muerte de Jesús: “Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo”). Un camino que, a pesar de ello, había cambiado a muchas personas y que todavía nos tiene que deparar una sorpresa más.

¿Quién era Bartimeo? Marcos nos dice que era el hijo de Timeo (literalmente es lo que significa su nombre) y que era un mendigo ciego. Para comprender cómo siendo un personaje conocido – es de los pocos citados por su nombre, más allá de los discípulos – se dedica a la mendicidad, recordemos que en aquella época, y todavía hoy en algunas mentalidades, la enfermedad y más aún si era de nacimiento era un castigo divino y el contacto con él motivo de impureza; en muchas ocasiones eran repudiados por su propia familia e, incluso como sucede hoy en día – como podemos ver en nuestras ciudades con muchos que se dedican a la mendicidad – utilizados para causar lástima y obtener beneficios (esto se llama explotación). El caso es que sea por lo que sea Bartimeo está sentado al borde del camino, apartado de los demás y despreciado por ellos. Su única posesión conocida un manto; un manto para esconder su desnudez, para tapar su vergüenza de mendigar, para cubrirse del frío de la noche o del sol del día. Un manto y su voz, ¿solamente? No, tiene algo más, algo que les falta a los suyos, algo que lleva a reconocer a Jesús como el Hijo de David – expresión utilizada para referirse al Mesías – tiene fe. Fe en el Hijo de David, Jesús. Una fe que le lleva a gritar a pesar de que los que seguían a Jesús lo increpan y lo mandan callar: nuevamente, como veíamos con Pedro, se oponen al plan de Dios. Pero Jesús pone a los discípulos en su sitio: vuestra misión no es apartar a la gente de mi camino, sino hacer que los que están al borde del camino y me buscan, puedan acercarse a mí. Bartimeo al oír la llamada, suelta el manto y de un salto se planta delante de Jesús y fijaos la pregunta de Jesús: ¿Qué quieres que te haga? Si leemos el relato anterior de los hijos de Zebedeo, Jesús les hace la misma pregunta: ¿Qué queréis que haga por vosotros? La misma pregunta y dos respuestas muy diferentes: una basada en la prepotencia y el poder: sentarnos a tu derecha e izquierda; la otra, algo muy sencillo: que vea. Unos no han comprendido que el reino de Dios no es una cuestión de poder y el otro ha comprendido que acercarse a Jesús y por lo tanto al reino de Dios, es una cuestión de fe, de “ver”. Bartimeo se ha desprendido, se ha despojado de todo lo que le ataba al borde del camino: su manto y se ha acercado, reconociendo en Jesús al Cristo, para ver. Unos caminan con miedo hacia Jerusalén, el otro lo seguía por el camino. Los discípulos, incluso Pedro que lo reconoce como el Cristo, no han alcanzado la plenitud de su fe, sólo lo harán después de la Pascua, Bartimeo ha podido ver plenamente quién es Jesús y se ha puesto en camino en actitud de seguimiento.

Volvemos, pues al inicio de nuestras charlas cuaresmales: ¿Cuál es la primera condición para el seguimiento de Jesús? Parece obvio decirlo, pero no lo es tanto: la fe en Jesús como el Cristo, el mesías, el Hijo de Dios. Una fe que nos haga tomar la cruz, aceptar el plan de Dios para nuestras vidas, rechazar la tentación de querer ser como Dios. Una fe que nos haga vencer a la tentación del poder y hacer de nuestra vida un servicio a los demás. Una fe que nos haga vencer a la tentación del tener y poder así, desprendernos de lo que nos mantiene al borde del camino, para hacer de nuestra vida un seguimiento del Maestro.

Dentro de dos semanas justas estaremos celebrando el Viernes Santo, el día en que la fe se pone a prueba; la fe los discípulos en Jesús, la fe de aquel que lo entrega y con la cobardía de quien no sabe reconocer su error se quita la vida; la fe de quien lo niega hasta tres veces y llora amargamente al sentir la mirada del Maestro y esa mirada será capaz de transformar definitivamente su vida; la fe de los que huyen como ratas cuando se hunde el barco, dejando sólo a quien habían aclamado sólo unos días antes; la fe de la Madre, sola al pie de la Cruz con algunas mujeres, llorando por el Hijo agonizante; la fe de tantos crucificados de todos los tiempos que es puesta a prueba en sus particulares Viernes Santo. Es el día en que las tinieblas oscurecen nuestros ojos de fe, somos incapaces de “ver”, de escuchar, de renunciar, de coger nuestra cruz…

Pero, también al tercer día, nuestros ojos podrán ver nuevamente la luz. Se hará la Luz, Cristo volverá a la vida y aunque en el camino nos sintamos decaídos, desilusionados, podremos ver a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, al partir el Pan, al pronunciar nuestro nombre, al compartir con todos los hermanos el don de la paz. Es la Pascua. No puedo acabar estas charlas cuaresmales sin recordar que tras la Cuaresma, tras los cuarenta días de Cuaresma, vienen cincuenta días de Pascua, donde la Vida resurge, como lo hace la naturaleza tras el invierno; la Pascua en la que tenemos la oportunidad, con Bartimeo de dejar el manto de nuestros pecados y decirle al Señor: “Señor que vea” y Él nos devuelva la vista y podamos definitivamente, libres de las ataduras del pecado, en actitud de escucha y oración, de sencillez y servicio, de abandono de las riquezas, coger nuestra Cruz – aceptar la voluntad de Dios para nuestra vida – y ponernos definitivamente en el camino de los discípulos de Jesús.

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Jueves, 15 de marzo: Abandono de las riquezas: ¿Quién puede salvarse? (Mc 10,17-31)

joven-rico-600x431Un breve resumen de lo dicho las anteriores charlas nos sitúa en una perspectiva adecuada para acercarnos al joven rico, nuestro protagonista de hoy. Pedro, el rudo pescador de Galilea, reconoce a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivo, pero no acepta el plan de Dios: quiere ser como Dios y ser él quien dicte al Hijo lo que debe hacer. Era la primera tentación del hombre, que viene después de la primera condición para el seguimiento de Jesús: aceptarle como el Cristo y que sólo puede ser superada aceptando la Cruz, es decir el plan de Dios para nuestras vidas. Ayer veíamos como los discípulos, discutiendo sobre quién era el primero entre ellos, se sitúan en la órbita de la segunda tentación: el poder. Ante esta tentación, Jesús nos presenta la segunda condición para su seguimiento: el servicio (Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos). Un servicio que nos lleva a beber el cáliz de Cristo: el martirio, el testimonio de Cristo como nuestro único salvador.

En esta perspectiva hoy nos disponemos a asumir una nueva condición: el desprendimiento de todo. El tercer anuncio de la Pasión (Mc 10, 32-34) viene precedido por un pasaje suficientemente conocido por todos: el joven rico. Recordemos el texto:

“Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. El replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. Jesús se lo quedó mirando, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo y luego ven y sígueme” A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”. (Mc 10, 17-22). Este hombre había caído en la tercera tentación, se había apegado al tener y era incapaz de – aun siendo buena persona – dar un paso más allá en el seguimiento de Jesús: su corazón seguía apegado a las riquezas. Los Doce fueron testigos de este diálogo y su respuesta no se hizo esperar y no podía ser otro que Pedro quien dijese: “Ya ves nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. La tentación del tener, también presente en nuestros días, fuera y dentro de la Iglesia, nos separa del reino de Dios porque nos aleja de los hermanos. Miremos a tanto político enfangado en la corrupción sin importarle que todos esos bienes que ha robado o despilfarrado, hubiesen servido para aliviar el sufrimiento de tanta gente a su alrededor – y quiero dejar claro, que la inmensa mayoría de los políticos son gente honesta que con su dedicación a la sociedad ayudan a mejorarla, independientemente de su ideología -; pero esos pocos, tenían su corazón apegado al bolsillo, incapaces como ese hombre rico del evangelio, de ver más allá de sí mismos. En nuestra Iglesia – especialmente en el clero – sucede lo mismo, partiendo de la base, al igual que los políticos, que la inmensa mayoría sigue un modo de vida austero y ejemplar, no deja de haber quienes han hecho de su vida como sacerdotes o religiosos un “modus vivendi” para vivir a costa de los demás, lobos en vez de pastores. Por no hablar también de tantas familias rotas como consecuencia de una herencia, por pequeña que sea. Nuestro corazón muchas veces sigue apegado al tener.

La tentación del tener: ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios (Mc 10, 24-25) ¿Qué tiene Jesús contra los ricos? Es una pregunta que podríamos hacernos lícitamente. Este discurso y otras parábolas que leemos en los evangelios ponen en aviso a ricos sobre la dificultad que van a tener para entrar en el reino de Dios. ¿Es por el mero hecho de ser rico? No, rotundamente no: Jesús comió con Zaqueo, jefe de publicanos; llamó a Mateo y comió frecuentemente con publicanos; ¿entonces? Jesús no es a los ricos a los que condena – como no condena a nadie (No he venido a condenar al mundo sino a que el mundo se salve), simplemente advierte que aquel que tiene su corazón apegado al tener no podrá entrar en el reino de Dios, no porque tenga muchas posesiones o riquezas, sino porque no ha puesto su mirada en el corazón de Dios, se ha encerrado en el egoísmo del tener y no se ha abierto a la generosidad de la entrega. El pasado martes, cuando hablaba de la amistad, comentaba lo difícil que se hace hoy en día manejar ciertos conceptos. Parece que queremos dar sentido o justificar lo que hacemos, e incluso cambiar el sentido de los términos. Estos días, con motivo de cumplirse los cinco años de la elección del Papa Francisco, hemos podido leer muchos comentarios de muy diversa índole y, la mayoría contraponiendo los últimos pontificados. No voy a hacer una crítica al Papa actual, pero sí a aquellos que intentan “hacer pasar un camello por el ojo de la aguja”. Veamos algunos titulares: Francisco recupera la Iglesia pobre y de los pobres; Francisco ha vuelto a poner el Evangelio al centro de su pontificado; Francisco implanta la misericordia como ley; Francisco quiere que la Iglesia salga a las periferias existenciales de la vida; Francisco pone el énfasis en la ecología y en la Iglesia en salida y así podríamos llenar páginas y páginas de titulares de estos días; y yo me pregunto: ¿qué Iglesia he vivido en mis 50 anteriores años de vida? A todos los papas anteriores les he oído hablar de la opción por los pobres; de la lucha contra las injusticias sociales – parece, para estos comentaristas de prensa – que la Doctrina Social de la Iglesia ha comenzado hace cinco años y no con León XIII. ¿Dónde queda la Iglesia misionera volcada en los países del Tercer Mundo? ¿Dónde queda tanta y tanta gente de Iglesia, fiel a la Iglesia, entregada a esas periferias existenciales de la droga, de la pobreza, de la soledad, de la educación, de la violencia…? Francisco, es cierto, está usando un lenguaje sencillo, que llega a la gente, pero está diciendo y haciendo lo mismo que los papas anteriores, quizás, queriendo como escribía San Pablo, haciéndose todo a todos con el fin de ganar alguno para el Evangelio, que por cierto era el lema de mi ordenación sacerdotal.

¿Quién puede salvarse? Esta es la pregunta de los discípulos ante las exigencias de Jesús, porque no olvidemos que seguir a Jesús implica una exigencia; no es fácil y necesitamos de la ayuda de Dios: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo” Cada vez que la Iglesia ha rebajado las exigencias del Evangelio es cuando ha entrado en crisis, es cuando la fe se tambalea. No es el momento para reflexionar sobre la presunta crisis de la Iglesia, pero sí para hacernos algunas preguntas a la luz del Evangelio que estamos reflexionando estos días. Preguntas, no para teorizar sobre la Iglesia, sino para convertir nuestras actitudes más profundas y acercarnos más al Cristo que nos llama y nos invita a seguirle camino del Calvario y de la Resurrección.

Jesús nos dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí, y el que me acoge a mí, no me acoge a mí sino al que me ha enviado” ¿Somos, tanto como cristianos individuales como comunidad cristiana, acogedores? ¿Conseguimos que los que se acercan a nosotros se sientan acogidos? En nuestros grupos, en nuestra acción social, ¿primamos la acogida o simplemente la eficacia en nuestra tarea?

Hablando del repudio, Jesús dice: “Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto”. Miremos la dureza de nuestro corazón, sin entrar la cuestión del matrimonio y del divorcio, que sería tema para otro contexto, centrémonos en la dignidad de la persona. ¿tratamos a todas las personas, desde sus diferencias, pero con reconocimiento de su dignidad como persona, o por el contrario las menospreciamos? Menospreciar a la persona, es no reconocerle sus derechos, empezando por el derecho a relacionarse con Dios; es no reconocerle como hijo de Dios, criatura a imagen y semejanza suya; es violentar a la persona en lo más profundo de su ser. Esta es una tentación basada tanto en el poder – la superioridad sobre el otro – como en el tener – considerar al otro como una propiedad mía. Es triste leer noticias sobre un tema tan escabroso como la pederastia eclesial. Pero es una realidad que debemos afrontar y reconocer como un problema que nuestra Iglesia, como toda la sociedad, tiene. No podemos ocultarla, todo lo contrario, debe salir a la luz y atajarla de raíz. La tentación del tener, manifestada en el placer a toda costa, algo tan antiguo como la humanidad; la tentación del poder, manifestada en considerar al otro como de nuestra propiedad porque soy superior a él, y por ello puedo hacer con él lo que quiera. Es triste leer en la prensa los comentarios cuando aparece alguna noticia de este tipo; parece que todos los curas seamos unos tarados, y todo por el daño que hacen unos pocos, si fuésemos capaces de ser nosotros mismos los que atajemos de raíz el problema sería muy distinto; y cuando digo nosotros mismos, no me refiero solamente a los curas sino a todos los cristianos. Y en este sentido la mejor prevención no es poner cristales, suprimir actividades, no confesar menores, etc… la mejor prevención es una profunda vida de fe y de relación con Dios y de vivencia comunitaria. Entonces, ¿quién puede salvarse? Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.

Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”, respondió Pedro. ¿Era cierto esto? Jesús no deja de ponerles a prueba y nuevamente les anuncia lo que va a suceder: su muerte y resurrección a los tres días. ¿Cuál fue la reacción de los Doce? En este caso, no es Pedro queriendo impedir el plan de Dios, o el conjunto de los discípulos discutiendo sobre la primacía entre ellos; la respuesta viene de los Zebedeo: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda” y nuevamente la reacción airada del resto. La respuesta de Jesús: “el que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero sea esclavo de todos”. No, no habían dejado todo. Les faltaba dejar por el camino lo más importante: a sí mismos (recordad la frase del primer día: “quien quiera ser discípulo mío que se niegue a sí, coja su cruz y sígame”. Quizás habían dejado, familia, posesiones, riquezas, los sinsabores y las alegrías del día a día; quizás se habían puesto en camino, inconscientes de lo que implicaba aceptar la llamada del maestro, pero lo que no habían hecho es negarse a sí mismos; seguían con sus orgullos, ¿quién es el primero?, “concédenos sentarnos a tu derecha y a tu izquierda en tu reino”, no te acerques al Maestro, dijeron apartando a Bartimeo del camino… Seguían con sus miedos a pesar de las veces que el Maestro les había dicho aquello de “no temáis”… No, no habían dejado todo, pero lo harían en un futuro: Santiago y Juan beberían del cáliz de la Pasión, todos serían perseguidos y condenados…

Nosotros lo hemos dejado todo. Esta afirmación de Pedro, resuena también nosotros en forma de pregunta: Realmente, ¿nosotros lo hemos dejado todo? Y no me refiero sólo a las ataduras materiales, sino a nuestros prejuicios, orgullos, egoísmos, todo aquello que nos separa de aceptar el plan de Dios para nuestras vidas.

Miércoles, 14 de marzo: Sencillez y servicio: ¿Quién quiere ser el primero? (Mc 9,30-10,16)

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En la primera charla veíamos como el primer paso para el seguimiento de Jesús era su reconocimiento como el Cristo, el Hijo de Dios y una vez dado este paso tomar la cruz y ponerse en camino. Entendíamos entonces tomar la cruz no como una invitación al sufrimiento, ni a una imitación física de la pasión de Cristo, sino como aquella que sentido a nuestra vida porque nos hace plenamente libres, con la libertad propia de los hijos de Dios, que no es otra cosa que aceptar el plan de Dios para mi propia vida.

El segundo anuncio de la pasión y resurrección se produce saliendo de Galilea, se supone por la descripción de Marcos, que en un lugar apartado y sólo a los Doce. Jesús se lo anuncia en un contexto de instrucción a los suyos. El anuncio es similar: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,31). La reacción de los Doce la misma que la de Pedro ante el primer anuncio, incomprensión y miedo. No entendían las palabras de Jesús: ¿qué significa voy a morir? ¿Qué es la resurrección? Cierto que los judíos de la época de Jesús habían oído y aprendido las profecías de Isaías y otros profetas acerca del Mesías y del Siervo de Yavhé que estaba llamado a padecer y morir por las culpas de otros… eso lo podían entender, desde pequeños lo tenían por mano. La resurrección era otro tema distinto; había distintas visiones entre los propios judíos: los fariseos que esperaban la resurrección de los muertos el último y los saduceos que no creían en la resurrección. Incluso en los relatos bíblicos el concepto de resurrección es muy tardía: explícitamente sólo aparece en el Libro de los Macabeos e implícitamente, por ejemplo, en Ezequiel, aunque más en referencia al resurgir del pueblo de Israel que a los muertos. Era y es un concepto difícil de explicar – puede ser objeto de alguna charla en otro momento – que recientemente Benedicto XVI lo ha sabido explicar bastante bien en su segundo volumen acerca de Jesús. Pero la incomprensión de los Doce no se queda solamente en los aspectos teológicos, además de eso no comprenden y quizás sea esto lo más “peligroso” cuál es la misión de Jesús y sobre todo la actitud de los quieren seguirle. La discusión de los Doce no era desde una perspectiva teológica sino mucho más prosaica: la perspectiva del poder: ¿Quién es el más importante de los Doce? El poder, una de las tentaciones más antiguas del hombre y la que más conflictos ha causado.

Permitidme que haga un pequeño paréntesis en referencia a las tentaciones que escuchábamos el primer domingo de Cuaresma. Sabemos que son tres y que están relacionadas con la tentación de querer ser como Dios, del tener y del poder. Las reacciones de los discípulos antes los tres anuncios de la Pasión están también muy relacionadas con ellas: Pedro y su oposición a que Jesús vaya a Jerusalén quiere sustituir el plan de Dios con el suyo propio: quiere ser como Dios; los Doce discutiendo por la primacía: la tentación del poder; en otra charla, veremos que el tener, aun de una manera muy sutil está presente cuando intentan apartar del camino de Jesús a uno que no tiene nada junto con el joven rico que se acerca a Jesús poco antes del tercer anuncio de la Pasión. Es Jesús quien pone a los suyos – a nosotros – en la línea correcta para hacer frente a las tres tentaciones.

Volvamos a nuestro texto: Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos”. (Mc 9,33-35)

No voy a descubrir ningún secreto si digo que uno de los males de nuestra sociedad, del que no es ajeno la Iglesia, es el ansia de poder. Basta mirar nuestros partidos políticos: todos quieren alcanzar el poder y no escatiman en medios para lograrlo, y una vez alcanzado idéntico para mantenerse en él. Luchas intestinas dentro de partidos, sindicatos, asociaciones, etc… todo ligado también a algo tan básico como el dinero; allí donde se maneja el dinero allí está el poder y hay que alcanzarlo. Nuestra Iglesia no es ajena a este problema, quizás de una manera más sutil, porque lo que se dice dinero no es que haya mucho, pero si la fama, la gloria, el querer imponer ideas o dominar voluntades pueden ser motivaciones suficientes para “luchar” por el poder. A veces, no tanto por las personas implicadas como por el entorno de las mismas. Pongamos un ejemplo: hace un año se celebró la Plenaria de la Conferencia Episcopal. Si leemos la prensa especializada en temas religiosos o no, se nos presentaba como una lucha de poder entre distintas fracciones siguiente una terminología más propia de los partidos políticos que otra cosa: conservadores vs. progresistas; francisquistas vs. ultras, etc… incluso los resultados son analizados desde ese punto de vista. Pueblos o parroquias que se levantan contra el obispo porque ha cambiado de “parroquia a D. Fulanito, que era muy amigo nuestro y le queríamos mucho y además todos los fines de semana se iba de copas con nuestros hijos y nos ha mandado a D. Menganito, que va siempre vestido de negro y quiere que nuestros hijos vayan a catequesis en vez de irse de botellón” (aclaración: no cito nombres ni lugares, pero es un hecho real sacado de la prensa en estos últimos meses, hasta el punto que han conseguido que D. Menganito presente la renuncia al obispo porque “los amigos” de D. Fulanito no permiten que los demás feligreses entre a Misa). Y es que muchas veces nos pasa lo que a los Doce que confundieron el Reino de Dios que Jesús anunciaba con poder “¿Quién es el más importante?”, sin darse cuenta, sin darnos cuenta, que en el Reino de Dios el poder se convierte en servicio, la dominación se transforma en entrega, donde la gloria y el reconocimiento de los hombres ve como desaparece y se transforma en la humillación y el desprecio de la Cruz. Un Reino donde los que se mantienen fieles a Él serán perseguidos. Nuestra Iglesia, y no nos fijemos solamente en las altas jerarquías, ya que podemos mirar perfectamente junto a nosotros, ha dejado de lado en muchas ocasiones el concepto de servicio para asumir el de poder, por no decir el de propiedad: mi parroquia, mi grupo, mi cofradía, mi asociación, mi, mi, mi… cuantos “mi” dentro de nuestra Iglesia. Hemos de volver al “nuestro” de los Hechos de los Apóstoles que tenían un solo corazón y un alma sola, donde todo lo tenían en común.

Pero unido al poder, hay un segundo elemento que también el texto de Marcos pone de manifiesto un poco más adelante, cuando los dos hermanos Zebedeo – Santiago y Juan – piden sentarse a la derecha e izquierda de Jesús: “Los otros diez, al oír aquellos, se indignaron contra Santiago y Juan” (Mc 10,41): los celos. Otro de los grandes males de nuestra comunidades junto con el ansia de poder y contra el que debemos luchar día tras día: celos entre los obispos, porque consideran que otros con menos capacidad ocupan diócesis más importantes – recuerdo un obispo que al poco tiempo de tomar posesión en su diócesis, una de las más pequeñas de España, dijo que estaría solo dos o tres años porque el valía mucho más que la mayor parte de los obispos: ya lleva 12 años en su diócesis!!! – celos entre curas, pero también entre los laicos y religiosos, porque consideran que otros son más valorados que uno mismo, u otro de los grandes caballos de batalla: ¿quién debe ocupar el primer lugar? Por ejemplo, en las procesiones de Semana Santa, el año pasado estuvo a punto de suspenderse la de Palma porque las distintas cofradías no se ponían de acuerdo en qué orden debían de salir, para ver cuál de todas debía estar más cerca del Cristo.

Podría seguir enumerando, pero me saldría un discurso un tanto apocalíptico que daría una falsa sensación de que todo es malo. ¡Gracias a Dios son excepciones! Pero nos sirven para mostrar una tentación en la que los Doce cayeron y en la que podemos caer también nosotros como parte de la Iglesia. ¿Cuál es la respuesta de Jesús?: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. La respuesta está clara: en el reino de Dios el poder se transforma en servicio; en el servicio de aquel que se abaja para lavar los pies a los suyos; en el servicio de quien no tiene tiempo para sí mismo porque todo es para los demás; del servicio de aquel que no rechaza a los que se acercan a Él, sino que los acoge: “El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37); el servicio de aquel que es capaza de liberar su corazón de las riquezas de este mundo para ponerse al servicio de los demás; podríamos poner miles de ejemplos de hombres y mujeres de todo tiempo y lugar que han hecho de su vida como cristianos al servicio de los demás. Pero voy a citar solamente a dos:

El primero, Cayetano de Thiene. Nacido en Vicenza (Italia) en 1480 y ordenado sacerdote un 30 de septiembre de 1517. De una familia noble, tras estudiar derecho civil y eclesiástico, entra al servicio de la Curia Vaticana, hasta que deja su oficio y marcha a Venecia donde funda un hospital de incurables. Pocos años después, tras un periodo de discernimiento en el que se pone en las manos de Dios para que lleve la barca de su vida a buen puerto, junto con otros eclesiásticos de su tiempo, funda los teatinos, dedicados a la vida sacerdotal y al cuidado de los más menesterosos de su época; renunciando a sus puestos – todos ellos importantes en la Curia, incluyendo un obispo que finalmente llegaría a ser Papa – para poder servir más de cerca a Dios y a los hermanos con mayor sosiego de espíritu. Al final de sus días, ya enfermo, ofrece su vida a Dios a cambio de la paz en su querida ciudad de Nápoles, muriendo un 7 de agosto de 1547 el mismo día que estalla la paz en Nápoles. Una vida de abandono de sus riquezas y comodidades para ponerse al servicio del Reino de Dios.

El segundo ejemplo, Teresa de Calcuta. Religiosa nacida en Albania, que tras profesar en su instituto es envía a la India donde estará en un colegio de élite con todas las comodidades habidas y por haber. En una salida por Calcuta, descubre un mundo distinto del que conocía, y del que había estado apartada hasta ese momento: el de los moribundos en la calle, hombres, mujeres y niños, enfermos de todo tipo de enfermedades, muriendo en la calle, rodeados de moscas y suciedad y sin nadie que les diese un poco de consuelo y compañía. Abandona su instituto y funda las Misioneras de la Caridad. Su vida la conocemos, una austeridad sin límites, al servicio de los últimos en todos los lugares del mundo donde haya una persona que sufra. Sus hermanas fueron las primeras en atender a los enfermos de SIDA cuando ni siquiera eran atendidos en los hospitales; están atendiendo a los sin techo en muchas de las ciudades de nuestro primer mundo superdesarrollado: Nueva York, Madrid, Roma… En sus capillas tan solo el sagrario, una imagen sencilla de la Virgen, un Cristo y un cartel que pone: “Tengo sed”.

Podríamos hablar de tantos y tantos religiosos, sacerdotes, laicos, que hacen de su vida un servicio constante a los demás y que no son noticia. Deberíamos hablar más de ellos, pero no vende; lo que vende es el cura o el religioso acusado de pederastia; el obispo que se arregla el palacio episcopal o que tiene una “amiga”; el laico que ha cometido una chorizada en su trabajo o que ha sido acusado de corrupción, etc… Todo eso debe saberse, por supuesto, pero también hemos de ser conscientes que es una pequeñísima parte de nuestra Iglesia y que, igual que defendemos a nuestra madre de cualquier ataque y exaltamos sus virtudes, con nuestra Iglesia también, mostrando ejemplos que hagan comprender que la Iglesia realmente está siendo fiel al mandato de Jesús de ser servidores de los demás.

En esta Cuaresma 2018, como en todas las cuaresmas, se nos invita a volver nuestros ojos a Cristo y ponernos en camino. Pues bien, esta es la tercera condición para su seguimiento – la primera, recordemos era, tras haberle reconocido como el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, habíamos de tomar la cruz y ponernos en camino, la segunda la escucha y la oración – ahora, como tercera condición nos pide ser servidores de nuestros hermanos. La cuarta que veremos mañana, será doble: por un lado, ser testigos de Cristo – beber de su cáliz – y el abandono de las riquezas. Que así sea.

Martes, 13 de marzo: Escucha y oración: La Transfiguración (Mc 9,2-29)

transfiguracionAcabábamos la charla de ayer planteando tres preguntas para la reflexión: ¿quién es Jesús para mí? ¿qué implica en mi vida aceptar que Él es el Cristo, el Hijo de Dios? ¿Acepto realmente el plan de Dios – la Cruz – en mi vida? No son cuestiones, como vimos, secundarias para la vida de un creyente, ya que cuestionan toda nuestra forma de ser y de vivir. La respuesta, si realmente queremos ser discípulos de Cristo, necesariamente ha de ser liberadora para mí y para los que me rodean, porque la Cruz de Cristo si no es liberadora – salvadora – redentora – no es nada.

Hoy, en nuestro camino hacia Jerusalén, permitidme la expresión, nos vamos a la montaña con los amigos, porque hemos de reconocer que Pedro, Santiago y Juan eran más que discípulos de Jesús sus amigos. Eran amigos de esos en los que se pone una total confianza y se les confía, valga la redundancia, lo más profundo del ser; lo vemos en esta escena y lo veremos más tarde en el Huerto de los Olivos cuando se los lleva un sitio apartado de los demás. Alguno podría pensar, con una mentalidad muy mundana, que se trataba de una “cuestión de favoritismos”. Eso lo pensamos cuando nos quedamos simplemente en las experiencias humanas de cada día, relacionando situaciones de tantos favoritismos – ideológicos, religiosos, culturales, etc… – que hay a nuestro alrededor, empezando por nuestra propia Iglesia. No nos confundamos, una cosa es ser el favorito, tener favoritismos y otra muy distinta la amistad. Es como cuando un hermano se enfada con otro porque piensa que éste es el favorito de papá o de mamá, simplemente porque pueda necesitar más atención, como es el caso de un nuevo nacimiento o una enfermedad. Son actitudes infantiles, que con el tiempo van desapareciendo, porque comprendemos que cada uno es distinto y que en cada momento se necesita una atención distinta. La vida de Jesús, tal y como nos la narran los evangelistas, no es una cuestión de favoritismos sino de amistad, porque al final de todo, la historia de fe de cada uno de nosotros es la historia de nuestra amistad con Dios.

Lo malo es que en nuestros días está pasando con el concepto de amistad, lo mismo que con otros muchos temas, como el de la familia o el del amor, por poner dos ejemplos, que se ha visto adulterado por falsas ideas o por nuevas modas. Hace tiempo, cuando a un joven le preguntabas por el número de amigos, la respuesta podía ser más o menos entre 5 y 15, hoy en día la respuesta es sorprendente 5000, 1700, etc… Sólo si le preguntas a un niño pequeño o a un anciano la respuesta será de un número muy bajo. Llamamos amigos a simples conocidos, o ni siquiera eso, conocidos de conocidos de conocidos, a los que no has visto en la vida, pero que a través de las redes sociales ya los consideras amigos. Si entendemos la amistad, en definición de la RAE como la “relación afectiva que se puede establecer entre dos o más individuos, a la cual están asociados valores fundamentales como el amor, la lealtad, la solidaridad, la incondicionalidad, la sinceridad y el compromiso, y que se cultiva con el trato asiduo y el interés recíproco a lo largo del tiempo”, ¿podemos realmente hablar de amistad en este contexto social? Solamente recuperando el auténtico concepto de amistad, podremos comprender cuál fue la relación que Jesús tuvo con Pedro, Santiago y Juan; o mejor dicho, comprender la relación de Jesús con estos tres “amigos”, nos permitirá a los creyentes recuperar el auténtico sentido de la amistad.

Subir al Monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, significó para ellos descubrir una relación nueva con Jesús: la amistad. Jesús se manifiesta a ellos, en un lugar especial y significativo y lo hace, no con la superficialidad que se puede transmitir en Facebook o twitter, sino en lo más profundo de su ser: es el Hijo de Dios. Cuando alguien es capaz de mostrar a otro lo más íntimo de su naturaleza es cuando podemos decir que es su amigo. Es por este motivo que, acompañar a Cristo, en su camino a Jerusalén, en su subida al Tabor, significa descubrir que nuestra relación con Él ha de ser necesariamente la amistad.  Una amistad que permita desvelar ante Él nuestro ser y que Él desvele su ser ante nosotros.

Por tanto, Jesús coge a sus amigos y se sube con ellos a un monte alto, al lugar del encuentro con Dios. A quienes nos gusta la naturaleza, y en general a casi todo el mundo, la montaña ejerce una atracción especial; no se sabe muy bien por qué, si por la dificultad de llegar a la cima, si por la variedad de los paisajes que crea o simplemente porque es de los pocos sitios en los que te puedes encontrar en soledad, pero el hecho es que desde los albores de la humanidad la montaña se convierte en el punto de encuentro con lo trascendente, con lo espiritual… se convierte en lugar de peregrinación de los hombres de fe.

Todas las civilizaciones, y sobre todo, las religiosos, tienen sus lugares más sagrados en los montes. Es el lugar de la presencia de Dios y la Biblia no puede ser ajena a este hecho, solo que hay un cambio de perspectiva fundamental: no es el dios de la muerte sino el de la Vida en que se manifiesta en lo alto de la montaña. Y es que en muchas civilizaciones antiguas la montaña siendo lugar de culto a la divinidad, se convierte también en el lugar de los sacrificios humanos ofrecidos a dicha divinidad. El Antiguo Testamento rompe con esta dinámica sacrificial. Lo vemos en el libro del Génesis; en efecto, el sacrificio de Isaac (Gn 12), no es solamente un relato sobre la fe de Abraham, es también un relato etiológico (explicación de una tradición cultural o religiosa) acerca de la abolición de los sacrificios humanos. La alianza de Dios con Abraham en los Altos de Moria, marca la diferencia con otros pueblos y civilizaciones. La relación con Dios no necesita de víctimas expiatorias humanas, no se basa en el miedo y la venganza, sino en la confianza y la cercanía personal con Él, en definitiva, es una relación de amistad.

La montaña es el lugar donde Dios se manifiesta y revela su nombre a su “amigo” Moisés: Estamos en el Monte Sinaí, el espacio de la Ley, de la Alianza y también de la cólera de Dios, así como de la misericordia.

El Monte es el lugar de la intimidad, como nos muestra el Libro de los Reyes; el Monte Carmelo, lugar donde Elías, espera en el silencio y la suavidad de una brisa la manifestación de Dios.

¿Cuántas veces no habremos recitado o cantado el salmo que empieza: Levanto mis ojos a los montes, de dónde me vendrá el auxilio…? Podemos traducirlo así, o también como una afirmación: Levanto mis ojos a los montes de donde me vendrá el auxilio.

Todo ello nos muestra cómo, desde la antigüedad, los montes, las alturas, tienen carácter sagrado, un carácter que Jesús abolirá en su conversación con la Samaritana: llegará un tiempo que ni en Garitzim ni en Jerusalén se dará culto a Dios, sino que se hará en espíritu y verdad. Aun así, seguirá siendo el lugar de la cercanía con Dios, y un monte – el Calvario – se convertirá en el lugar donde miraremos la “salvación del mundo”.

Hemos visto, hasta ahora, la relación de amistad de Jesús con los discípulos y el papel que juega el Monte; en este caso el Tabor, donde Jesús se transfigura, muestra su verdadera naturaleza y lo hace con dos personajes clave en el Antiguo Testamento: Moisés y Elías.

Moisés representa la Ley, la Alianza establecida en el Sinaí con el pueblo de Israel; pero también el anuncio de la venida de un profeta más grande que él que será el Mesías. Elías representa a los profetas, pero al mismo tiempo es aquel que vendrá como precursor antes de la venida del Mesías. Ambos son el Antiguo Testamento, la Antigua Alianza que se cierra para abrir paso a la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo, que es el propio Jesús.

Ante esta visión, Pedro toma la palabra y dice «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», y añade el evangelista: “No sabía qué decir, pues estaban asustados”

Creo que del pasaje de la Transfiguración esta sea la frase más comentada y repetida: ¡qué bueno que estemos aquí! No quiero insistir mucho en ella, pero tampoco quiero dejar pasar la oportunidad, porque ¿cuántas veces hemos tenido la tentación de quedarnos en nuestra zona de confort de una fe fácil, en ocasiones sensiblona, en otras de mero cumplimiento o de arrobamiento espiritual? Es más, es en estos tiempos de confusión o de desconcierto a todos los niveles, social, político e incluso religioso, que la tentación se hace más fuerte: vamos a retirarnos a nuestros cuarteles de invierno, donde se está calentito y arropado por los nuestros, hasta que se pase el temporal; me quedo en mis grupos, mi catequesis, mi misa, mi rosario… pero no me muevo de ahí porque subir al monte me cuestiona y me pone en crisis. Parece que vivimos en tiempos de incertezas, de palabras y conceptos nuevos, tiempos en los que todo es cuestionable y de hecho se cuestiona; y lo peor es que se hace en nombre del Evangelio y de Cristo. Muchas veces, perdonarme la franqueza, me he preguntado qué significa la expresión, tan de moda hoy, de “volver a poner a Cristo en el centro de la vida cristiana”. En ocasiones parece que esta frase sirva para justificar hacer lo que cada uno le dé la gana, para cuestionar toda la Tradición viva de la Iglesia, empezando por la misma constitución de la Iglesia, “es que Cristo no quiso fundar ninguna Iglesia”, “es que la Iglesia es un invento de Pablo – en el mejor de los casos – o de Constantino –en el peor”. Nuevamente, después de muchos años de estudios y de consensos, nuevamente se pone en cuestión el propio contenido del Evangelio con la excusa de que no sabemos exactamente qué es lo que predicó Jesús; o mejor dicho, si lo sabemos: predicó el Reino y curó a los enfermos, pero nada más… Ante todo esto quién no tiene la tentación de quedarse en el Tabor.

Pero, de repente, se oye una voz: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo” y hay que ponerse nuevamente en camino, bajar del Monte, escuchar la voz del Maestro que nos dice “no tengáis miedo”; id al mundo entero a anunciar la Nueva Noticia de la Salvación. Deja tu zona de confort, coge tu cruz y sígueme. Olvídate de todo ese ruido que te rodea y confía en mí, porque solo en mí está la salvación.

Ser discípulo de Cristo es estar en escucha; escucha de la Palabra de Dios; escucha de su voluntad; escucha de los hermanos; estar en escucha y descender del monte, no quedarse en mi zona de confort, sino en salir, aunque no sepamos muy bien qué signifique, a las “periferias existenciales de nuestro mundo”

Los amigos de Jesús bajaron del monte y se encontraron ante dolor humano, un muchacho enfermo, poseído por un espíritu, al que el resto de los discípulos no podían o no sabían ayudar: falta de fe, dirá Jesús. Se encuentran de bruces con la realidad de la vida, el dolor, el sufrimiento, aquellos a los que tenemos que ayudar, los tenemos a nuestro lado y muchas veces los ignoramos o volvemos la vista para otro lado y olvidamos que nuestra misión, como veremos más adelante es salir nosotros a su encuentro y, sobre todo, si queremos que realmente nuestra misión sea efectiva: ORAR.

Escucha y oración, son las dos condiciones que Jesús nos pone en este fragmento del Evangelio para ser sus discípulos; escucha para saber cuál es su voluntad; oración para que aumente nuestra fe y sea Él quien actúe a través nuestro, porque uno de los grandes males de nuestra Iglesia, en todos los niveles, es creernos autosuficientes y no tener la conciencia de que, sin Cristo como centro de nuestra vida de fe, no podemos hacer nada. Que sin oración nuestra acción social, se queda en un mero activismo buenista, pero vacío de contenido evangélico.

Primer día, 12 de marzo: El reconocimiento de Jesús como el Cristo: Camino de la Cruz (Mc 8,27-9,1)

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Empezamos estas reflexiones cuaresmales centrando el ministerio de Jesús camino de Jerusalén. Un camino que, como bien sabemos desembocará en la pasión, muerte y resurrección que conmemoraremos dentro de pocas semanas. He creído que, puesto que la Cuaresma es un camino de conversión al encuentro de Jesús, parecía conveniente centrar estas charlas en las condiciones que él mismo pone para su seguimiento. Aclarar que estas reflexiones no pretenden agotar el tema, sino centrarlo en algunos puntos asociados a los tres anuncios de la muerte y resurrección, pero para ello es necesario contextualizar este camino en un momento clave de la vida de Jesús y de los Doce: el reconocimiento de Jesús como el Cristo.

Los tres Evangelios sinópticos nos sitúan el inicio del camino de Jesús a Jerusalén y los tres anuncios de la muerte y resurrección justo después de la confesión de fe de Pedro. Podemos leerlo a partir de Mc 8,27, Mt 16, 13 y Lc 8, 18. Cada uno de ellos introducirá matices propios de la redacción final del Evangelio pero los tres dependen del relato de Marcos. Por este motivo y, también, por la sencillez del relato, centraremos estas reflexiones en el evangelio de Marcos desde 8, 27 hasta 11, 11. Este camino de Jesús que le va a conducir hasta la Cruz y, no lo olvidemos, a la Resurrección, supone también un camino de fe: reconocer en Jesús al Cristo y en el árbol de la Cruz, el lugar donde estuvo clavado la salvación del mundo. Hacer este camino como un camino de fe supone, en primer lugar abrazar la cruz de Cristo, tema que abordaremos en la charla de hoy; en segundo lugar, y será el tema de mañana, la escucha de la Palabra del Hijo y la oración como encuentro personal con Él; en tercer lugar, la sencillez o humildad y el servicio como actitudes fundamentales en el encuentro con el otro; a continuación, el abandono de las riquezas de este mundo para poder acercarse a la salvación ofrecida por Cristo; y finalmente, el deseo de ver, pedir el don de la Fe. Estos serás los cinco temas que abordaremos en esta semana, no por capricho, sino porque son las condiciones que el mismo cristo pone a aquellos que quieran ser sus seguidores, y si nuestro camino cuaresmal nos debe llevar a la conversión del corazón: ¡Convertíos y creed en el Evangelio! decíamos el Miércoles de Ceniza, es necesario que esta conversión: volver la mirada a…, sea hacia las actitudes que Cristo nos invita a poner en juego para seguirle.

Comencemos, pues con una pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” parece algo obvio, pero si todos los evangelistas empiezan esta sección con esta pregunta de Jesús es que debe tener su importancia; si no fuese relevante o fuese simplemente una pregunta retórica, ninguno de ellos la hubiese introducido. Y es que, el seguimiento de Jesús inicia – como condición previa e indispensable – por su reconocimiento en todas sus dimensiones. ¿Quién dice la gente que soy? Esta es la primera y primordial pregunta, ¿quién es Jesús para mí? Conocer a Jesús y aceptarle en nuestra vida es la condición sine qua non para su seguimiento. Las respuestas de los discípulos las conocemos: Juan el Bautista, Elías, uno de los profetas… si preguntamos a la gente normal de la calle, posiblemente las respuestas serían similares, aunque con otros términos: un líder religioso, un profeta, un hombre que hizo el bien, un personaje histórico… respuestas que, como las de los discípulos no comprometen a nada: es importante, sí, pero como uno más de los muchos que se han presentado al mundo. Pero Jesús no se conforma con esta respuesta, quiere algo más de los suyos – los de entonces y los de ahora – y pregunta: ¿quién decís vosotros que soy yo? La respuesta de Pedro no se hace esperar: Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios.

La pregunta sería ¿qué diferencia hay entre seguir a un líder de cualquier tipo o seguir a Cristo? Echemos una mirada a nuestra vida cotidiana, miremos a los líderes políticos, sociales e incluso religioso; su seguimiento no condiciona nuestra vida en su totalidad; que uno u otro sea presidente de un partido político, o de un sindicato, o quién sea nuestro obispo, no va a cambiar nuestra forma de ser ni nuestro desarrollo ético, moral o religioso; puede afectarnos en aspectos concretos, pero en definitiva, nuestra vida seguirá igual. Sin embargo, aceptar a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, sí que va a cambiar todo nuestro ser, significa dejar que Dios entre en nuestra vida y que de ella hagamos un camino de seguimiento de su Palabra, de su Vida, de su obra; que seamos testigos de su acción sobre nosotros. No es simplemente un compromiso ético o moral, es mucho más: es dar la vida como Él mismo la dio.

Por si quedasen dudas a los discípulos de todos los tiempos de lo que significaba que Jesús era el Cristo, los evangelistas introducen los tres anuncios de la muerte y resurrección que el propio Jesús hace a sus apóstoles, seguido cada uno de ellos de una condición para poder seguir a Jesús hasta Jerusalén. Escuchemos hoy el primer anuncio:

Mc 8, 31-35: Y empezó a instruirlos: “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos increpó a Pedro: “¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Ti piensas como los hombres, no como Dios!” Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

No vamos a entrar en si son realmente las palabras Jesús o una interpretación post pascual que los evangelistas hacen del canto del Siervo de Yavhé de Isaías, ni tampoco vamos a analizar el propio anuncio. A nosotros lo que nos interesa en este caso es que todos los evangelistas, siguiendo el relato de Marcos recogen los anuncios de la Pasión y resurrección como en inicio de los discursos de Jesús sobre lo que significa ser discípulo suyo. Y lo hacen de una manera dura: aquellos que anteponen sus intereses personales, sus ideas, o cualquier otra circunstancia a la voluntad de Dios, son ni más o menos que comparados con Satanás, el Tentador, aquel que veíamos el primer domingo de Cuaresma tentar a Jesús en el desierto.

Veíamos al principio de esta charla como una de las condiciones para el seguimiento der Jesús era el aceptarlo como el Mesías, como el Hijo de Dios y no dejarnos llevar por nuestra propia idea sobre Jesús. Su seguimiento, leemos ahora, aceptada su condición de Cristo, implica la Cruz: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1 Cor 1, 23). Una cruz que es negación de sí mismo, que es aceptación del plan de Dios para nuestras vidas.

A veces, los cristianos hemos interpretado este texto desde un punto de vista exclusivo del dolor, del sufrimiento, incluso hemos introducido en otros tiempos y otros contextos sociológicos y de experiencia de fe distintos a los nuestros – y que no podemos juzgar desde nuestra visión actual – prácticas de mortificación que hacían imitar la cruz de Cristo desde un punto de vista exclusivamente físico. Aceptar la propia cruz, “cargar con la cruz” en palabras de Cristo, no es una simple imitación de la pasión, es sobre todo, aceptar y por ello, hacer de nuestra vida, un seguimiento de lo que Jesús hizo y enseñó. Es dar la vida para ganar la vida: “quien pierda su vida por mí y el Evangelio la salvará”. Es hacer del mandamiento del amor – recordemos Jn 15,12-13: “este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” – nuestro estilo de vida.

La cuaresma que es, como hemos indicado muchas veces, un camino de conversión, nos debe llevar por el camino de Jerusalén hasta la Cruz. Hacia esa Cruz que es salvadora, liberadora, no hacia la cruz que oprime, que descarta, que hace olvidar la realidad del mundo en que vivimos porque nos anestesia. El camino hacia Jerusalén está lleno de gente que está en los caminos, que han sido – con una expresión propia del papa Francisco – descartados por la sociedad: ancianos abandonados a su soledad, mujeres y niños maltratados y abusados, refugiados, que huyen de la guerra o de las persecuciones, inmigrantes que huyen de la miseria de sus países buscando una oportunidad para mantener a sus familias, hombres y mujeres que no encuentran sentido a su vida y que se refugian en las drogas, – legales o ilegales -, jóvenes que han hecho de su vida una diversión constante que les da una felicidad que nunca les llenará, familias rotas por el egoísmo de uno u otro… todos ellos están en nuestra camino y hacia ellos tenemos que volver nuestra mirada, como se volvió la de Jesús. Mientras los cristianos estemos mirándonos el ombligo, preocupados más de las formas – que también son importantes – que de las personas; mientras no salgamos a los caminos a tender la mano a los excluidos de este mundo y nos preocupemos sólo del número de “los elegidos”, estaremos actuando como Pedro cuando no aceptó el anuncio de la Pasión y Resurrección. Nuestra cuaresma ha de ser, un año más, un volver la mirada a Cristo: ¿Vosotros, quién decís que soy yo? Reconocerle como el Cristo y ponernos en camino a su encuentro. Mientras nuestra vida sea un querer poner a prueba a Dios – como Satanás en el desierto a Jesús – no habremos tenido un encuentro real – efectivo y afectivo – con Él. Si nuestra cruz – esa que decimos que cada uno llevamos con nosotros – no es una cruz liberadora, no podemos hablar de la cruz de Cristo. La cruz de Cristo, la que él nos invita a tomar para seguirle, es aquella que con los brazos abiertos está dispuesta a acoger a todos y a perdonar a todos; es aquella que da un auténtico sentido a nuestra vida.

Esta primera charla, quiere ser una invitación a pararnos para ponernos en camino: pararnos a pensar ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué implica en mi vida aceptar que él es el cristo, el Hijo de Dios? ¿Acepto realmente el plan de Dios – la cruz – en mi vida? ¿Hago de la cruz un camino de liberación para mí y para los que me rodean? Aquí dejo estas tres preguntas para que las reflexionéis hasta la charla de mañana, junto con la invitación que el propio Dios nos hacía el 2º domingo de Cuaresma: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”.

A partir de hoy, subiré las Charlas Cuaresmales que estoy dando en la Parroquia Virgen de la Providencia y San Cayetano de Madrid. Aclarar que la base de las mismas son las charlas dadas el año pasado, con bastantes modificaciones y ampliaciones puesto que el año pasado fueron solamente tres y este año son cinco.

La temática es la misma: El Camino de la Cruz en Marcos 8,27-10,52.

DSCN5171Un breve resumen de lo dicho las anteriores semanas nos sitúa en una perspectiva adecuada para acercarnos a Bartimeo, nuestro protagonista de hoy. Pedro, el rudo pescador de Galilea, reconoce a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivo, pero no acepta el plan de Dios: quiere ser como Dios y ser él quien dicte al Hijo lo que debe hacer. Era la primera tentación del hombre, que viene después de la primera condición para el seguimiento de Jesús: aceptarle como el Cristo y que sólo puede ser superada aceptando la Cruz, es decir el pan de Dios para nuestras vidas. La semana pasada era Juan y Santiago los que con su orgullo y los otros diez con sus celos, lo que se sitúan en la órbita de la segunda tentación: el poder. Ante esta tentación, Jesús nos presenta la segunda condición para su seguimiento: el servicio (Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos). Un servicio que nos lleva a beber el cáliz de Cristo: el martirio, el testimonio de Cristo como nuestro único salvador.

En esta perspectiva hoy nos disponemos a asumir la tercera condición: el desprendimiento de todo. El tercer anuncio de la Pasión viene precedido por un pasaje suficientemente conocido por todos: el joven rico. Recordemos el texto:

“Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. El replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. Jesús se lo quedó mirando, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo y luego ven y sígueme” A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”. (Mc 10, 17-22) Este hombre había caído en la tercera tentación, se había apegado al tener y era incapaz de – aun siendo buena persona – dar un paso más allá en el seguimiento de Jesús: su corazón seguía apegado a las riquezas. Los Doce fueron testigos de este diálogo y su respuesta no se hizo esperar y no podía ser otro que Pedro quien dijese: “Ya ves nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. La tentación del tener, también presente en nuestros días, fuera y dentro de la Iglesia, nos separa del reino de Dios porque nos aleja de los hermanos. Miremos a tanto político enfangado en la corrupción sin importarle que todos esos bienes que ha robado o despilfarrado, hubiesen servido para aliviar el sufrimiento de tanta gente a su alrededor – y quiero dejar claro, que la inmensa mayoría de los políticos son gente honesta que con su dedicación a la sociedad ayudan a mejorarla, independientemente de su ideología -; pero esos pocos, tenían su corazón apegado al bolsillo, incapaces como ese hombre rico del evangelio, de ver más allá de sí mismos. En nuestra Iglesia – especialmente en el clero – sucede lo mismo, partiendo de la base, al igual que los políticos, que la inmensa mayoría sigue un modo de vida austero y ejemplar, no deja de haber quienes han hecho de su vida como sacerdotes o religiosos un “modus vivendi” para vivir a costa de los demás, lobos en vez de pastores. Por no hablar también de tantas familias rotas como consecuencia de una herencia, por pequeña que sea. Nuestro corazón muchas veces sigue apegado al tener.

Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”, respondió Pedro. ¿Era cierto esto? Jesús no deja de ponerles a prueba y nuevamente les anuncia lo que va a suceder: su muerte y resurrección a los tres días. ¿Cuál fue la reacción de los Doce? Ya lo vimos en parte la semana pasada con los Zebedeo: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda” y nuevamente la reacción airada del resto. La respuesta de Jesús: “el que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero sea esclavo de todos”. Pero la lección final no había llegado todavía; tenía que ser de la mano de alguien que no tenía nada más que un manto: Bartimeo, ciego de nacimiento. Escuchemos primero el relato:

“Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego, diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que te haga”. El ciego contestó: “Rabbuni, que vea”. Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha salvado” Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino” (Mc 10, 46-52).

El seguimiento de los discípulos, nos dice Marcos, estaba caracterizado por el miedo: “Estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que seguían tenían miedo” (Mc 10, 32a). Pero a pesar de ello su actitud seguía siendo la misma; lo hemos visto antes: el poder y los celos; no acababan de entender que su misión era ponerse al servicio del Reino y seguirle despojados de todo. Es desde esta perspectiva que tenemos que entender el relato de Bartimeo.

Jericó es la última etapa antes de llegar a Jerusalén, era necesario atravesar la ciudad en la que otros evangelistas sitúan relatos como el de Zaqueo. Una ciudad que desde lo más antiguo, cuando Israel toma posesión de la Tierra, es signo de la acción de Dios. Una ciudad capaz de lo mejor y de lo peor y un camino, que hasta ese  momento y sobre todo cuando llegue a Jerusalén es un reconocimiento de Jesús como un mesías – aunque no sabemos muy bien de qué tipo, es muy lógico pensar que su mesianismo era reconocido como el pueblo desde un punto de vista político -; un camino en el que Jesús se ha ido encontrando a todo tipo de hombres y mujeres y sobre el que ha ido convocando a los suyos. Un camino, que algunos pensaban y todavía hoy lo piensan que era de pasar haciendo el bien o de un profeta poderoso (recordemos la expresión de los discípulos de Emaús, entristecidos y decepcionados tras la muerte de Jesús: “Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo”). Un camino que, a pesar de ello, había cambiado a muchas personas y que todavía nos tiene que deparar una sorpresa más.

¿Quién era Bartimeo? Marcos nos dice que era el hijo de Timeo (literalmente es lo que significa su nombre) y que era un mendigo ciego. Para comprender cómo siendo un personaje conocido – es de los pocos citados por su nombre, más allá de los discípulos – se dedica a la mendicidad, recordemos que en aquella época, y todavía hoy en algunas mentalidades, la enfermedad y más aún si era de nacimiento era un castigo divino y el contacto con él motivo de impureza; en muchas ocasiones eran repudiados por su propia familia e, incluso como sucede hoy en día – como podemos ver en nuestras ciudades con muchos que se dedican a la mendicidad – utilizados para causar lástima y obtener beneficios (esto se llama explotación). El caso es que sea por lo que sea Bartimeo está sentado al borde del camino, apartado de los demás y despreciado por ellos. Su única posesión conocida un manto; un manto para esconder su desnudez, para tapar su vergüenza de mendigar, para cubrirse del frío de la noche o del sol del día. Un manto y su voz, ¿solamente? No, tiene algo más, algo que les falta a los suyos, algo que lleva a reconocer a Jesús como el Hijo de David – expresión utilizada para referirse al Mesías – tiene fe. Fe en el Hijo de David, Jesús. Una fe que le lleva a gritar a pesar de que los que seguían a Jesús lo increpan y lo mandan callar: nuevamente, como veíamos con pedro, se oponen al plan de Dios. Pero Jesús pone a los discípulos en su sitio: vuestra misión no es apartar a la gente de mi camino, sino hacer que los que están al borde del camino y me buscan, puedan acercarse a mí. Bartimeo al oír la llamada, suelta el manto y de un salto se planta delante de Jesús y fijaos la pregunta de Jesús: ¿Qué quieres que te haga? Si leemos el relato anterior de los hijos de Zebedeo, Jesús les hace la misma pregunta: ¿Qué queréis que haga por vosotros? La misma pregunta y dos respuestas muy diferentes: una basada en la prepotencia y el poder: sentarnos a tu derecha e izquierda; la otra, algo muy sencillo: que vea. Unos no han comprendido que el reino de Dios no es una cuestión de poder y el otro ha comprendido que para acercarse a Jesús y por lo tanto al reino de Dios, es una cuestión de fe, de “ver”. Bartimeo se ha desprendido, se ha despojado de todo lo que le ataba al borde del camino: su manto y se ha acercado, reconociendo en Jesús al Cristo, para ver. Unos caminan con miedo hacia Jerusalén, el otro lo seguía por el camino. Los discípulos, incluso Pedro que lo reconoce como el Cristo, no han alcanzado la plenitud de su fe, sólo lo harán después de la Pascua, Bartimeo ha podido ver plenamente quién es Jesús y se ha puesto en camino en actitud de seguimiento.

Volvemos, pues al inicio de nuestras charlas cuaresmales: ¿Cuál es la primera condición para el seguimiento de Jesús? Parece obvio decirlo, pero no lo es tanto: la fe en Jesús como el Cristo, el mesías, el Hijo de Dios. Una fe que nos haga tomar la cruz, aceptar el plan de Dios para nuestras vidas, rechazar la tentación de querer ser como Dios. Una fe que nos haga vencer a la tentación del poder y hacer de nuestra vida un servicio a los demás. Una fe que nos haga vencer a la tentación del tener y poder así, desprendernos de lo que nos mantiene al borde del camino, para hacer de nuestra vida un seguimiento del Maestro.