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Archive for 27 noviembre 2010

Coincide este día de retiro con el inicio de este tiempo de gracia que llamamos Adviento. Es también el inicio de un nuevo Año Litúrgico. Ya este desfase entre año civil y año litúrgico nos quiere decir algo concreto: El tiempo de Dios no es el mismo que el tiempo de los hombres. Y esto los autores sagrados lo sabían muy bien cuando diferenciaban entre el “kronos” y el “kairós”, entre el tiempo cronológico marcado por la sucesión de las horas y los días y el tiempo de gracia en donde lo que importa es a acción especial de Dios sobre la vida de los hombres. “Daos cuenta del momento (Kairós) en que vivís; ya es hora de vuestra salvación”

El “kairós” es para los cristianos el momento de encuentro con Dios, un Dios que se encarna en el cronos, pero que supera el cronos. Un dios que nos abre las puertas sin medida al don del encuentro con Él. Y este es precisamente el Adviento, un kairós que nos recuerda que el Señor está viniendo a nosotros; que la encarnación no fue solamente un hecho histórico sino que hoy Dios continúa encarnándose. Un kairós en el que los cristianos nos damos cuenta de que mantener la esperanza de la Venida del Señor, supone construir su Reino a la espera del Reino definitivo;  mantener la esperanza de que el hombre volverá a ser definitivamente imagen y semejanza de Dios, porque tenemos un modelo con el que identificarnos, con el que medirnos (justificarnos en el lenguaje paulino) para ser auténticamente humanos: Jesús de Nazaret.

Hay un libro de un paleoantropólogo, Eudald Carbonell, que se titula “Aún no somos humanos. Propuestas de humanización para el tercer milenio”. Para mí este libro es todo lo contrario de lo que nuestra concepción de la humanidad, basada en la humanidad del que fue auténticamente hombre y auténticamente Dios. Es triste comprobar cómo se pone la verdadera humanización en manos de la técnica, del desarrollo científico desmesurado sin ningún tipo de ética – porque la ética pone trabas a la investigación y al desarrollo del hombre – y también cómo se elimina del proceso de humanización palabras tan significativas como solidaridad, compasión, sacrificio. Valga como ejemplo la propuesta del autor que afirma que el hombre será auténticamente hombre cuando, entre otras cosas, no sea necesario la participación activa de la mujer en el proceso del embarazo y del parto porque haya una tecnología que permita que el embarazo se desarrolle en un útero artificial, ¿qué sentido le daríamos entonces a la expresión evangélica referida a los sentimientos de Jesús, “se le conmovieron las entrañas [σπλαγχνίζομαι (splagjnizomai)]”, en referencia al sentimiento de la madre que, tras el sufrimiento del parto, abraza por primera vez a su hijo recién nacido y que ha llevado en sus entrañas durante nueve meses? No, ésta no es la verdadera humanización.

La verdadera humanización es “vestirnos del Señor Jesucristo”, asemejarnos a Él. Tenedle como referencia para ver si nuestras actitudes son auténticamente humanas porque se hacen una con las suyas, o nos alejamos de esta humanización. “Estamos justificados en y por Cristo” nos dirá san Pablo, o dicho de otra manera, somos auténticamente humanos en la medida en que nos asemejemos a Él que fue auténticamente humano. Así pues, este kairós que es el Adviento nos vuelve a poner en la rampa de lanzamiento hacia el encuentro del “HOMBRE” llamado Jesús de Nazaret, nacido de mujer y por ese encuentro salir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo para acercarlos hacia esa “hora de salvación” de la que nos habla san Pablo en la Carta a los Romanos.

Es el este contexto de esperanza, que la liturgia de este Primer Domingo de Adviento, nos ofrece un maravilloso texto de Isaías sobre el que me voy a detener de manera especial (Is 2,1-5)

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán:

— Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

El libro de Isaías posiblemente sea uno de los libros proféticos más complejos, debido, de manera especial, a las diversas etapas de composición que no se corresponden necesariamente con etapas de la vida y el ministerio del profeta. Pero no vamos a entrar en esta cuestión que se correspondería más bien a un curso de Teología Bíblica. Aunque, sí vamos a contextualizar brevemente este oráculo que proclamamos en la Eucaristía de este domingo. Los primeros capítulos de Isaías, hasta el cap. 5, se corresponden con la actividad profética de Isaías durante el reinado de Yatán (740-734). Actividad profética centrada en la denuncia del lujo, la codicia y la injusticia paliada con falsa devoción. Judá está perdida, Jerusalén se ha convertido en la nueva Sodoma y Gomorra e Isaías denuncia el culto manchado por el pecado. ¡Parece que no hay esperanza!. Y es en medio de la denuncia y de la amenaza que suponen los oráculos del profeta, nos encontramos este breve, pero uno de los más hermosos párrafos y cantos a la paz universal –no olvidemos, aunque luego lo volveré a decir, que Isaías es el profeta que más y mejor ha cantado a la paz mesiánica – , insertado en un contexto de peregrinación festiva hacia el Monte del Señor (Jerusalén) que supone una apertura a la esperanza de un futuro glorioso. Es lo que llamaremos la utopía mesiánica de Isaías. Una utopía que trastoca todos los parámetros humanos; una esperanza mesiánica que hace, como leemos en el libro del Apocalipsis, todo nuevo:

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”. Y el que estaba sentado en el trono dijo: “Yo hago nuevas todas las cosas”. Y agregó: “Escribe que estas palabras son verdaderas y dignas de crédito. ¡Ya está! Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, yo le daré de beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo. (Apo 21,1-8)

La nueva Jerusalén – el monte del Señor – de Isaías (y también de Juan en al Apocalipsis) contrasta con la Jerusalén que nos ha presentado el profeta en el capítulo primero (como en Apocalipsis contrasta con la Babilonia). Si en la Jerusalén antigua domina el pecado, la violencia, la maldad, en la nueva es la paz, la unidad, la transformación de las armas de guerra en instrumentos de progreso fundamentales para un pueblo agrícola como el israelita.

El texto de Isaías, también nos evoca a otro episodio bíblico: la Torre de Babel (Gn 11,1-8) Los hombres que vivían en unidad, quieren construir una torre, en una llanura, que llegue hasta el cielo; quieren levantar no el Monte del Señor, sino la torre de la soberbia de los hombres. Dios los confunde y dispersa por todas las naciones. En cambio hacia la nueva Jerusalén, el monte de la casa del Señor, confluirán los gentiles, y caminarán pueblos numerosos. Leído este texto, a la luz de Jesús, todos los pueblos confluirán hacia el nuevo monte del Señor: el monte del “árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación de mundo”.

Subir al monte del Señor significa ponerse en la disposición del peregrino, que sabiendo que se dirige al encuentro del Señor en el santuario, se fía del camino que Él le ha marcado, sin más alforjas que esa confianza y disposición para conocer las sendas que conducen a la salvación. Significa acoger la ley la palabra del Señor que brota de la nueva Jerusalén.

Subir al monte del Señor implica dejar que Él sea el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. Instaurar un orden y una justicia nuevas que establece la paz. Que rompe con todo aquello que divide al hombre (nuevas resonancias del Génesis), con todo lo que destruye a la humanidad. Un pueblo que sufre por la amenaza constante de los vecinos, que sabe que si pone su mirada en el Señor, Éste le protegerá –es la promesa del Emmanuel (Is 8, 13-17) – Es también la promesa de un nuevo David en Is 11, 1-9 que hará volver a todos los desterrados al Monte del Señor.

Es, en definitiva, la esperanza en que Dios no abandonará nunca a los que confían en Él y que su promesa, la promesa que hizo a Abrahám de constituirlo padre de todos los pueblos se cumplirá.

Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor. Es el versículo final de este párrafo, una invitación a ponerse en camino hacia la luz que brota del monte, a la luz que es el Señor mismo (ver todo el capítulo 60 de Isaías). Para nosotros que leemos este texto a la luz del evangelio, reconocemos a Jesús de Nazaret como el Cristo, el Ungido de Dios, el Mesías prometido por Dios a través de los profetas y sabemos que el oráculo de Isaías que hemos leído, y todos los que surgen del mismo: Is 8, 13-17 (el Emmanuel); 11,1-9 (el retoño del tronco de Jesé), etc… que representan la sobreabundancia de paz y prosperidad que acompañan al Mesías, en Cristo encuentran su cumplimiento. La abundancia mesiánica representada en la multiplicación de los panes y los peces; la paz que surge de la Resurrección; el perdón y la misericordia de quien es capaz de dar su vida por los amigos; en definitiva el Reino de Dios que se hace cercano al hombre y que a nosotros nos toca construir día a día, hacerlo presente en nuestras comunidades; derramar sobre las hermanas esa sobreabundancia de paz y justicia; de alumbrar con nuestra luz a los niños y jóvenes a los que dedicamos nuestro apostolado y, sobre todo, mantener la esperanza de que la promesa que el Señor hizo está próxima a cumplirse en el kairós del Adviento 2010. Una esperanza que nos ayuda a velar, a preparar los caminos del Señor, a allanar sus senderos como Juan Bautista; a iluminar con las lámparas de nuestra vida y el aceite de la Palabra de dios, a este mundo cada vez más necesitado de luz.

Permitidme que acabe con una cita más de Isaías; una cita que es una invitación a la memoria histórica, a la memoria del amor que dios nos ha tenido; una invitación a evocar nuestra propia historia de amor con Cristo y volver a la ilusión del amor primero:

Is 63, 7-9: Voy a recordar el amor del Señor y a cantar sus alabanzas: Todo lo que el Señor ha hecho por nosotros, sus muchos beneficios a la casa de Israel; lo que ha realizado su bondad y su amor sin medida. Él dijo: “son mi pueblo, hijos que no me engañarán”; y fue para ellos un salvador en todas sus angustias. No fue un mensajero ni un enviado, sino él personalmente quien los salvó; con su amor y su piedad los rescató; cargo con ellos y los llevó en brazos todos los días del pasado

Es el kairós, el tiempo oportuno, para recordar a un Dios que se hace hombre por nosotros, que por amor a nosotros ¡un amor sin medida! Se convierte en nuestro Salvador y que nuevamente, se va a encarnar en nuestra historia para que de nuevo cada uno de nosotros renovemos el canto del Salmista: “Vamos alegres a la casa del Señor”

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