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Archive for 25 diciembre 2010

NAVIDAD (Homilía)

2010 (Pablo Guerrero)¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva! Hemos proclamado en la primera lectura del profeta Isaías.  En efecto, es Navidad, y unos mensajeros de Dios, el coro de los Ángeles, nos han anunciado la paz, la buena nueva: Un niño nos ha nacido. ¿Es Él el esperado? ¿Es  Él el Mesías prometido por Dios y anunciado por todos los profetas hasta Juan? ¿Cómo puede ser Él, un niño nacido entre animales, acostado en un pesebre? Seguramente ésta fuese la pregunta de los pastores, perplejos ante el anuncio de los ángeles… Y todavía hoy, puede ser nuestra propia pregunta, ¿no podía haber mostrado Dios su poder de una forma más evidente? ¿No podía haberse hecho hombre de una manera más llamativa, en un personaje más influyente de manera que no hubiese ninguna duda y fuese más fácil creer en Él? Es que los hombres somos así, queremos la solución más llamativa, más potente, la que llame más la atención y sin embargo Dios no es así. Él nunca se ha manifestado en la grandeza (recordemos como el profeta Elías lo descubrió en una suave brisa apenas perceptible) ni en la fuerza (el más grande de los reyes escogido por Dios, David, era un humilde pastor), y ahora no podía ser menos, había de manifestarse en la humildad y la sencillez de un recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Es más, quienes descubriesen y anunciasen a sus paisanos este gran acontecimiento, no debían ser los gobernantes, sino los pastores, los  “anawin de Dios”, los pobres de Dios.

Y es que como afirmaba un padre de la Iglesia, “este Dios es tan humano que no puede ser sino Dios”. El Misterio se ha hecho carne,  y ha puesto su morada entre nosotros.

Es Navidad y un Niño se nos ha dado, un Niño que es nuestro Salvador, que es la misma Vida, que trae la Vida Eterna –como hemos escuchado en el prólogo del Evangelio de Juan; un Hijo que con su venida nos ha devuelto la posibilidad –más que posibilidad, la certeza- de ser Hijos de Dios, y este y no otro es el Misterio que hoy celebramos de nuevo, que Dios a través de su Hijo nos permite a nosotros ser HIJOS y las palabras de Isaías que Pablo asigna a Jesús, se convierten en palabras para cada uno de nosotros: Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo

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Los días del Mesías

Continuamos en este tercer domingo de Adviento recorriendo el camino de esperanza que el Profeta Isaías quiso transmitir al pueblo de Israel. La promesa de un Dios que vendrá en persona a salvar al pueblo. Un Dios que, frente a lo que el pueblo podía esperar: venganza, odio, justicia –en el sentido más humano del término-, viene para rescatar y salvar a los más desfavorecidos: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Isaías quiere así mantener la esperanza perdida por el pecado de los hombres, eliminar el miedo provocado por la injusticia y la impiedad.

Un Dios que devolverá la vista al ciego, al que ha perdido la vista por no seguir el camino de Dios, al que no es capaz de ver en el hermano al mismo dios encarnado; abrirá nuevamente los oídos al sordo para que pueda escuchar en su interior la voz de Dios; el cojo saltará como el ciervo para poder cantar al mundo las maravillas del Señor. Es la nueva creación del hombre, eso son los tiempos del Mesías y esa era la esperanza que el pueblo había ido perdiendo poco a poco, hasta llegar a los tiempos de Juan, donde la esperanza mesiánica parecía haberse diluido en la espera de un Maestro de Justicia (para los esenios de QumRam), apocalíptico, o un Mesías Liberador del yugo opresor del invasor romano (y de tantos otros opresores que habían hecho de Israel un pueblo continuamente invadido y sometido).

Y en esto llega un profeta, el más grande nacido de mujer: Juan, el Bautista; quien por ser fiel a su voz profética de denuncia del pecado estaba preso de Herodes; quien a pesar de haber conocido a Jesús y escuchado la voz de Dios que le proclamaba como su Hijo amado, dudaba si los tiempos de espera habían acabado o todavía tenía que esperar. La respuesta de Jesús no puede ser más reveladora para un judío: “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. ¡¡¡El Mesías está aquí!!! ¡¡¡Él es el Mesías, el enviado de Dios!!! ¡¡¡El Ungido de Dios!!! ¡¡¡El Hijo de Dios!!!

Sí, la espera de Juan ha terminado, ha llegado el Mesías y su esperanza se ha visto colmada, ha finalizado su misión; con Él se cierra el tiempo de los profetas del Antiguo Testamento; de los profetas que tienen su mirada puesta siempre en el futuro del que habrá de venir y con Juan se abre el tiempo de los profetas del Nuevo Testamento; de los profetas que vuelven su mirada ni al pasado ni al futuro sino al presente que representa Jesús de Nararet; Él se va a convertir ya en la referencia necesaria y obligada de cualquier profecía; cualquiera que, a partir de ahora, quiera ser profeta deberá configurase a este Cristo que revoluciona todos los valores humanos hasta ahora conocidos.

El verdadero profeta, aquel de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti”, no es el que anuncia calamidades, como tantas veces podemos leer y escuchar en nuestra Iglesia; no es el que condena y rechaza al que es o piensa distinto; no es el que coge la primera piedra para lanzarla contra el pecador; NO, ese no es el verdadero profeta; el verdadero profeta es el que es capaz de perdonar y no condenar, el que acoge y se sienta a la mesa del pecador, buscando su conversión; el que tira al suelo la piedra porque sabe que él también es un pecador; el verdadero profeta es el que anuncia la Buena Noticia a los pobres, a los sencillos, a los más desfavorecidos de la sociedad.

El verdadero profeta es quien, con su testimonio vital, es capaz de hacerse, como Juan, el más pequeño en el reino de los cielos, porque deja que crezca el que verdaderamente es grande: Jesús de Nazaret.

Isaías nos invita al final del fragmento que hemos leído: Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios. Que en este Adviento que poco a poco nos conduce hacia Belén, nos devuelva la fortaleza y nos ayude a mirar a nuestro Dios, a un dios hecho hombre, nacido de mujer, y nos dejemos nuevamente anunciar por Él la Buena Noticia, para poderla llevar a todos nuestros hermanos, hasta los confines de la tierra.

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