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Archive for 30 enero 2011

El primer discurso de un personaje público suele ser siempre una declaración programática sobre lo que quiere ser su mandato o la misión que se la ha confiado. Por ello no nos extraña nada que, en la visión de Mateo, se pueda considerar el Sermón de la Montaña como el discurso programático de Jesús.  Como tampoco nos puede extrañar que para Lucas sea el texto de Isaías que Jesús escoge para iniciar su ministerio púbico en la sinagoga de Nazaret. Y en el fondo, ambos textos son muy similares ya que ambos quieren poner el énfasis en quiénes son los destinarios de su mensaje y, de manera especial cómo hay que recibir éste.

A lo largo de las próximas semanas nos adentraremos de lleno en el Misterio del reino, del que las Bienaventuranzas son su presentación. Un reino, que como dirá el mismo Jesús ante Pilatos “no es de este mundo”, que no se ajusta a los criterios que cualquier persona atribuiría a un reinado. Un reino que se ha hecho cercano al hombre y que necesita una conversión –era el mensaje del evangelio del domingo pasado-; Un Reino presente, ¿para quién? Para los pobres en el espíritu y los perseguidos por causa de la justicia; un Reino futuro, ¿para quién? Para los que lloran, los que sufren, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón; un Reino de hijos para los que trabajan por la paz. Este es el Reino que Jesús nos ha acercado y éstos son, precisamente los valores que deben cultivar los que quieran ser ciudadanos del Reino de Dios.

Sólo quién es capaz de acercarse al Reino de Dios, con los pies descalzos y el corazón arrodillado ante Él, puede comprender el profundo significado de estas palabras de Jesús. De otra manera, tendríamos que concluir con Nietszche que el Sermón de la Montaña significa la esclavitud y el masoquismo más absoluto. Eso es no haber comprendido la profundidad del misterio. No se trata de que Jesús nos invite a la pobreza, al sufrimiento sin sentido, a llorar o pasar hambre, todo lo contrario, las Bienaventuranzas nos obligan a luchar contra toda miseria humana, pero ¿cómo?  Desde un corazón que se hace pobre para hacer espacio a los pobres y compartir con ellos su pobreza, su dolor, su sufrimiento. Para solidarizarse, como Él, con los perseguidos, con los que tienen hambre y sed de la Justicia de Dios.

¿Cómo luchar contra cualquier miseria humana si nuestro propio corazón está aprisionado en nuestras riquezas y no tenemos más espacio que para nosotros mismos? ¿Cómo compartir el dolor o las lágrimas de los hombres de nuestro tiempo si sólo tenemos espacio para las nuestras? ¿Cómo construir el Reino de Dios si sólo nos preocupamos de salvar nuestra vida y somos capaces de renunciar a la dicha del Reino, por las dichas – mejor dicho, las desdichas – humanas, que sólo nos llevarán a perder nuestra propia vida?

Pero todavía nos cabe otra interpretación, ¿puede ser merecedor del Reino quién no haya sido capaz de experimentar en su propia carne las limitaciones sentirse verdaderamente hombre? Jesús, Dios y hombre, vivió en plenitud su humanidad: fue pobre con los pobres, lloró con los que lloraban, sufrió con los que sufrían –se compadeció de ellos, nos recalca continuamente el Evangelio -, tuvo hambre y sed de la justicia de Dios – hágase siempre tu voluntad y no la mía -; abrió su corazón a la misericordia y al perdón, hasta el extremo de perdonar, colgado en la cruz, a todos aquellos que le habían condenado y con ello perdonar a toda la humanidad redimida por su sangre; su corazón fue transparente en todo momento, su mirada era limpia y llegaba hasta lo más profundo del corazón del hombre. Compartió con nosotros la humanidad y la muerte, muerte humillante, dolorosa, cruel, denigrante, sin derecho a la más mínima compasión humana y, por ello su recompensa fue grande: Dios lo resucitó de entre los muertos. Volvió a la vida y esa y no otra, es la recompensa prometida a los bienaventurados: la vida en plenitud, la vida en Cristo.

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La cultura: expresion de la humanidad integral del hombre.

A la base del magisterio de Juan Pablo II sobre la cultura se encuentra una visión claramente antropológica y optimista del hombre. El Pontífice parte del hombre como imagen y semejanza de Dios que se mueve hacia su Destino trascendente; del hombre que es ontológicamente sujeto espiritual y material; del hombre como ser en relación con Dios y con los demás, relación que se pone de manifiesto o encuentra su mejor expresión en la cultura. El hombre como ser absolutamente libre, libertad, que por otro lado, que es una de las dimensiones fundamentales de la cultura. Encontramos también una antropología del desarrollo humano concebido como fruto de la colaboración fraterna de todos los hombres, reconocidos capaces de compartir y hacer fructificar sus recursos materiales y espirituales.

Son elementos antropológicos que iremos analizando a lo largo de este capítulo en el que nos basaremos principalmente, aunque no exclusivamente, en el discurso a la UNESCO.

El hombre: Origen y meta de la cultura.

El significado esencial de la cultura consiste en el hecho de que sea una característica de la vida humana como tal. El hombre vive una vida auténticamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura en el sentido de que el hombre se distingue y se diferencia a través de ella de todo lo existente en el mundo visible. El hombre no puede existir fuera de la cultura”.

El hombre es tal por la cultura.

Juan Pablo II entra de lleno en el tema antropológico con estas palabras, con ellas quiere situar desde el principio las bases de partida de un profundo diálogo con el mundo. Parece claro, y así lo iremos viendo a lo largo de este trabajo, que el término cultura se refiere al modo humano, y por tanto específico del hombre, de tomar conciencia de sí mismo y de su moverse en dirección al Destino trascendente de su propia vida, y que el Cristianismo es el hecho de la historia que global y definitivamente pretende revelar el nombre de este Destino trascendente: el Evento Jesucristo. Este es para el Pontífice “el vínculo fundamental del Evangelio, es decir del mensaje de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su misma humanidad”, este vínculo fundamental es creador de cultura ya que para crear cultura, “se debe considerar, hasta sus últimas consecuencias e integralmente, al hombre como un valor particular y autónomo, como el sujeto portador de la trascendencia de la persona”. Pero si consideramos el aspecto personal y espiritual del hombre lo que verdaderamente constituye al hombre realmente existente es la llamada de Dios a la comunión con él.

El hombre creador de la cultura: Ser en relación.

Desde un punto de vista de la corporeidad del hombre ésta comporta una dimensión social (cf. GS 12). Es evidente la interdependencia entre los hombres. Interdependencia que se inicia en la misma descendencia física de unos de otros; se puede ver también en la casi absoluta impotencia en el momento del nacimiento que acentúa su necesaria dependencia de los padres y de la sociedad, esto mismo hace imprescindible su inserción en una determinada cultura. Así pues, la corporeidad, a la vez que nos limita frente al resto del mundo, nos pone en inmediata relación con él, nos hace dependientes de lo que nos rodea y en particular de los demás hombres.

En virtud de esta comunión con Dios el ser humano trasciende las coordenadas de este mundo y se abre a una nueva dimensión que es determinada por esta comunión. El dato de partida en nuestra existencia no es sólo la autoconciencia (se limitaría a una visión exclusivamente psicológica) sino, a la vez, la relación y la diferenciación con los demás. Así mismo, individualidad y exigencia de comunidad son datos igualmente originarios para el hombre; ambos aspectos quedan integrados en la noción de persona, que significa necesariamente ser en relación. “La comunidad y las necesarias estructuras sociales que la sostienen no son obstáculo a la realización y plenificación de la persona, sino su misma condición de posibilidad. A la inversa, la sociedad no puede renunciar a ser en la medida de lo posible comunidad, es decir, ha de reconocer al hombre como persona irrepetible si quiere enriquecerse con las posibilidades creativas de todo orden que éste puede ofrecer a todos”. Es en este sentido que Juan Pablo II está en condiciones de afirmar que “el hombre vive siempre según una cultura que le es propia y que, a su vez, crea entre los hombres un vínculo que también es propio de ellos, determinando el carácter inter – humano y social de la existencia humana”.

La cultura como dimensión, profunda e irreduciblemente personal, por la que el hombre es capaz de acoger en su consciencia el complejo de los problemas que lo constituyen, y por tanto la posibilidad de preguntarse cuál sea el significado de la vida, los valores o valor por el qué vale la pena vivir, qué valor es capaz de vivificar todas las dimensiones y aspectos de la personalidad, permite al hombre encontrar las respuestas con los instrumentos dados por la naturaleza: la razón y la voluntad. Es en este sentido que Juan Pablo II  afirma que “el hombre que, en el mundo visible, es el único sujeto óntico de la cultura, es también su único objeto y su término”.

El hombre es siempre el hecho primario.

No se puede pensar en una cultura sin subjetividad humana y sin causalidad humana; pero, en el ámbito cultural, el hombre es siempre el hecho primario: el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura. Y este hombre lo es siempre en su totalidad: en el conjunto integral de su subjetividad espiritual y material”. Este es el núcleo del mensaje de Juan Pablo II. No se trata, pues, de hacer un discurso sobre la cultura sino de hacer una reflexión de lo que está a la base de la cultura: el hombre. Ese hombre que originariamente no es una realidad perfecta, pero que tiene un valor absoluto en cuanto pertenece constitutivamente a una Presencia que lo trasciende y es, en esta pertenencia al Creador donde está fundado todo su valor – único e irrepetible que en la Biblia es llamado como imagen y semejanza de Dios (cf. Gen 1,26).

Este hombre, imagen y semejanza de Dios “no es hombre – afirma Juan Pablo II ­– si no a través de su cultura, es decir a través de su libertad de crecer integralmente y con todas sus capacidades específicas”. He aquí las dos características fundamentales de la cultura: libertad y totalidad. Si el hombre es libre, y el concepto bíblico de imagen y semejanza con Dios son el fundamento de esta libertad en el sentido de estar solamente de frente a Dios y de estar para Dios, la cultura, que es la empresa en la que se expresa de modo más significativo la personalidad humana, es libre y debe ser defendida en su libertad.

La segunda característica – la totalidad – pasa por considerar al hombre en el conjunto de su subjetividad espiritual y material. Por ello todo “acto humano, desde la más sublime de sus aspiraciones religiosas como el más elevado de sus pensamientos especulativos, en cuanto es un acto que completa su naturaleza, es un encarnarse de su espíritu y un espiritualizarse de su cuerpo”. Lo que garantiza esta integridad del hombre no es la simple suma analítica de todos los aspectos de la personalidad humana, sino la afirmación de que “la persona humana trasciende constitutivamente todos los datos que la exteriorizan como tal, en cuanto está estructuralmente abierta al Otro de sí del cual recibe la vida y el valor”.

Una cultura auténticamente humana no puede no tener como fundamento una apertura al trascendente que consienta al hombre substraerse a la cultura de lo efímero. Esto será afirmado por Juan Pablo II, en Túnez, en un mensaje dirigido a mundo cultural y religioso musulmán, con estas palabras: “la cultura es un modo de dar expresión a la dimensión trascendente de la vida humana. El corazón de toda cultura está constituido por su aproximación al más grande de sus misterios: el misterio de Dios”.

Así mismo, esta imagen y semejanza con Dios se concretiza en la relacionalidad del hombre expresada por el autor “sacerdotal” en la narración de la creación del hombre y la mujer, el ser humano a imagen suya (cf. Gen 1,27). El hombre, con este sentido de relacionalidad, es recreado en cada nuevo encuentro con personas y por tanto, con el mundo. La cultura es lugar de encuentro privilegiado pues pone “a los hombres en relación entre ellos y los une en lo que tienen más propio: la común humanidad”.  En esta relación con el otro el hombre se convierte en co-creador en el significado más profundo del término, es decir: crear con todo lo que  implica de espontaneidad y novedad, pero al mismo tiempo en esta relación, el hombre se reconoce como aquel, que mediante el encuentro con el otro, es creado por Dios. El hombre responde cada vez más a la llamada creadora de Dios cuando se comprende en el amor mediante y en virtud de todas las relaciones personales, que se constituyen dialogadamente, yendo hacia el prójimo. “De esta manera todo diálogo entre hombres, todo don, toda ayuda, toda existencia no son otro que participación en el acto creador de Dios”.

Es esta cultura, constructora de humanidad, la que, cuando es auténtica, tiende a hacerse costumbre, es decir, a determinar valores y leyes de comportamiento. En la cultura, como hemos visto en el primer capítulo analizando las diversas definiciones de cultura, se tiende a la verdad que permite a la vida humana ser plenamente vivida. La verdad que la cultura pone como fundamento de la existencia, demuestra ser tal fundamento si tiene la capacidad de generar  por sí sola un complejo articulado de valores que nacen precisamente del impacto entra la verdad y los problemas concretos y reales de la persona, tanto en su dimensión personal como en la social. Es decir, si tiene la capacidad de generar trascendencia.

El hombre, la cultura y el Evangelio.

Juan Pablo II, escribìa en carta dirigida al Director de la UNESCO el 14 de octubre de 1995: “Si toda cultura representa un intento de reflexionar sobre el misterio del mundo, y del hombre en particular, y un modo de expresar la dimensión trascendental de la vida del hombre, entonces la religión, es decir la aproximación al misterio de Dios, es el corazón de toda cultura. Podemos afirmar que la religión, con su profunda concepción del hombre, representa el fundamento mismo de la cultura. Por otra parte, la fe y la religión requieren una adhesión absolutamente libre, hecha en conciencia por cada persona en el sagrario en que el hombre se encuentra sólo con Dios: por su naturaleza, la fe y la religión, de las que es necesario garantizar la libertad, son realidades que trascienden toda cultura y tradición humana”. Juan Pablo II se sitúa de esta manera en la línea de garantizar la absoluta tendencia del hombre hacia la trascendencia, del hombre que, como ser consciente, partiendo de su naturaleza se encuentra en tensión entre dos polos que no puede enteramente alcanzar e integrar y de los que puede desvincularse ni eliminar su cumplimiento existencial. Se trata de un polo hacia el bajo: la materia, y otro hacia lo alto: Dios.

En efecto, la trascendencia es esencial a la humanidad, sólo a partir de ella se podrá poner frente a sí misma y frente al mundo. La bipolaridad que hemos mencionado anteriormente se expresa, en primer lugar a partir de la persona que es capaz de trascender todos los factores que la constituye y, en segundo lugar sobre el mundo, que se desarrolla en la apertura de la personalidad humana ante la presencia de Dios Creador. Como consecuencia de esta doble trascendencia se garantizan las características fundamentales del hombre: unidad, indivisibilidad e irrepetibilidad, que al mismo tiempo son exigencias de toda empresa cultural, pero que si son llevadas fuera de toda apertura religiosa del hombre hacia la Trascendencia, son falsificadas y negadas.

El hombre portador de la trascendencia de la persona.

En esta apertura a la Trascendencia, Juan Pablo II vuelca todos sus esfuerzos para proclamar la primacía de Cristo y del Evangelio, es en Cristo donde encuentra cumplimiento la imagen y semejanza con Dios, es en El donde se pone de manifiesto la máxima dignidad del hombre. Sólo en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el hombre alcanza la media de la dimensión adulta y de la plenitud. Sólo en él se encuentra concretamente la apertura indefinida del hombre y es manifestado totalmente el misterio del hombre y de su máxima vocación. Es esta apertura de la humanidad hacia Dios que impide al hombre reducirse a la absolutización de uno de los aspectos de su experiencia mundana o histórica. Una cultura auténticamente humana debe tener en su base una apertura a la Trascendencia, apertura que ha de consentir al hombre substraerse a la idolatría de lo efímero. Esta apertura permite al hombre ser plenamente sí mismo ya que “no puede realizar completamente su humanidad si no reconoce y no vive la trascendencia del propio ser sobre el mundo y su relación con Dios. A la elevación del hombre pertenece, no solamente, la promoción de su humanidad, también la apertura de su humanidad a Dios. Hacer cultura es dar al hombre, a todo hombre y a la comunidad de los hombres, una dimensión humana y divina, es ofrecer y comunicar al hombre la humanidad y divinidad que brotan del Hombre Perfecto, del Redentor del hombre: Jesucristo”.

La dimensión religiosa es la dimensión fundamental y al mismo tiempo sintética de la personalidad humana, es por ello que “para crear la cultura, hay que considerar hasta sus últimas consecuencias e integralmente, al hombre como un valor particular y autónomo, como el sujeto portador de la trascendencia de la persona”.

Para Juan Pablo II, el conjunto de las afirmaciones concernientes al hombre pertenece a la sustancia misma del mensaje de Cristo. Es esta vinculación entre el hombre y el Evangelio la que debe ser creadora de cultura desde su mismo fundamento, ya que el Evangelio enseña a amar al hombre en su humanidad y en su dignidad excepcional. Por el mismo motivo, el progreso de la cultura está unido al crecimiento moral y espiritual del hombre, porque es en medio de su espíritu que el hombre se realiza como tal. El cristianismo es la gran posibilidad que el hombre ha recibido de Dios en Jesucristo, para encontrarse definitivamente y para construir una cultura auténtica y una auténtica sociabilidad.

Cultura y Evangelio.

Uno de los problemas más dramáticos del cristianismo del siglo XX es la separación entre el Evangelio y la Cultura. Es por este motivo que Juan Pablo II, continuando la labor de su predecesor Pablo VI, ha querido que su pontificado estuviese marcado por un diálogo sincero y confiado con el mundo de la cultura. Es por este motivo también, que uno de los temas que más ha desarrollado en su labor misionera, especialmente en tierras de los continentes Latinoamericano, Africano y Asiático, ha sido el tema de la inculturación del evangelio, entendida como “la llamada a llevar la fuerza del Evangelio en el corazón de la cultura y de las culturas”.

En nuestra exposición no pretendemos agotar todas las posibilidades de este tema, más bien nuestra intención es sentar unos principios antropológicos del problema, iluminados desde la eclesiología surgida del Concilio Vaticano II.

La inculturación no es simplemente una adaptación exterior – como a simple vista puede parecer en algunas liturgias – va mucho más lejos. Se trata de una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y en la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas. “La Iglesia, a través de un largo proceso de profundización, toma conciencia paulatinamente de toda la riqueza del depósito de la fe a través de la vida del pueblo de Dios: en el proceso de inculturación se pasa de lo implícito vivido a lo explícito conocido

CONCLUSIONES

Juan Pablo II en un discurso dirigido a los obispos de Kenya (6 de mayo de 1980) afirmaba: “el proceso de inculturación de la fe es un reflejo de la encarnación del verbo”. Esta expresión nos presenta un problema similar al que presentó a la Iglesia primitiva en el desarrollo dogmático sobre la única persona y las dos naturalezas de Jesús y que dio lugar a toda la reflexión cristológica y trinitaria de los primeros siglos del cristianismo. Se trataba, principalmente, de un encuentro de culturas (la helenística y la latina) que debían expresar una misma fe.

La apertura al mundo que representó para la Iglesia el Concilio Vaticano II, se expresa en el magisterio pontificio, y más concretamente en Juan Pablo II, en un diálogo confiado con la Cultura, vista ésta como punto de encuentro de cristianos y no cristianos. El motivo expresado por el Pontífice es el punto en común: el hombre. Se trata, como ya hemos visto, de una visión antropológica. Desde Este punto de vista el Pontífice se puede dirigir, empleando un lenguaje común, tanto a no creyentes, como a cristianos de otras confesiones, como a los fieles de otras religiones. Se trata, de un puente de unión entre la humanidad: el hombre, con su apertura a la trascendencia y como ser en relación es creador de cultura, y es en la cultura donde desarrolla su proceso de humanización.

El cristiano, viviendo la fe y desarrollando su sublime vocación: ser imagen y semejanza de Dios siguiendo el modelo Jesucristo, debe ser creador de cultura. Debe, a través de la cultura, de su propia cultura ser expresión de las dos dimensiones fundamentales del hombre: la libertad y la totalidad (material y espiritual).

Al centro de todos los discursos del Papa dirigidos al mundo de la cultura se encuentra una antropología optimista, una visión bíblica del hombre como imagen y semejanza de Dios, abierto a la trascendencia y a la relación con los otros.

Iniciado ya el Tercer Milenio, Juan Pablo II ha reclamado al Pueblo de Dios una nueva evangelización. Esta invitación provoca no pocos problemas de diálogo con un mundo cada vez más globalizado e influenciado por las diversas corrientes de pensamiento, que aún poniendo al hombre en el centro, lo hacen de manera tal que eliminan toda posibilidad de trascendencia. Y es precisamente, en el contexto del inicio de un nuevo milenio y de una nueva evangelización, que Juan Pablo II dedica su encíclica Fides et Ratio a las relaciones entre la fe y la razón. Una Encíclica que en sus apartados 69-72 renueva los fundamentos antropológicos de la cultura expuestos a lo largo de este trabajo.

Es misión de los cristianos, a todos los niveles, y especialmente de aquellos que, desde su ministerio como presbíteros, teólogos, religiosos o laicos, comprometidos en la Nueva Evangelización, el entablar un diálogo confiado con el mundo de la cultura y con las culturas que lo rodean, discerniendo aquello que dichas culturas tienen de positivo y de compatibles con la fe, siguiendo los criterios expuestos por Juan Pablo II en la Fides et Ratio, a saber: primero, “la universalidad del espíritu humano, cuyas exigencias fundamentales son idénticas en las culturas más diversas [libertad y totalidad]. Segundo, no olvidar lo adquirido en el proceso de inculturación en el pensamiento grecolatino… Tercero, evitar confundir la legítima reivindicación de lo específico y original de una cultura con la idea de que una tradición cultural deba encerrarse en su diferencia y afirmarse en su oposición a otras tradiciones”. Con estos criterios, válidos a nivel universal (aún cuando el Pontífice los expone para la cultura india), el diálogo con el mundo contemporáneo y el proceso de evangelización de las culturas dará frutos provechosos por ambos lados.

Finalmente, podemos hablar con Juan Pablo II, de la necesidad de una ecología del espíritu al servicio del hombre. Creo que esta expresión puede sintetizar todo el contenido de este trabajo. ¿En qué sentido hablamos de ecología del espíritu? Hemos visto como el mundo de la cultura está llamado a construir el hombre, a sostener su camino en la búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza. La cultura es unidad, no dispersión; es riqueza no empobrecimiento; es una búsqueda apasionada y estupenda síntesis en la cual los valores supremos de la existencia, incluso en sus contrastes entre luces y sombras, entre bien y mal, son ordenados al conocimiento profundo del hombre, a su mejoramiento y no a su degradación.

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Cuando recordamos la figura de S.S. Juan Pablo II no podemos ignorar lo que ha representado su diálogo con el mundo de la cultura. Su pasión juvenil por el teatro, su afición a la poesía o sus escritos autobiográficos, son una muestra de ello. Pero más allá de estas manifestaciones “artísticas” Juan Pablo II ha entendido la cultura como un lugar teológico-antropológico para el encuentro y el diálogo entre las distintas sociedades humanas. Sirva este artículo como homenaje a su persona, pero sobre todo como reflexión de su gran pasión: el hombre como imagen y semejanza de Dios dispuesto a acoger el mensaje del Evangelio.

Introducción

Cada hombre está inmerso en una cultura, de ella depende y sobre ella influye. Él es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En cada expresión de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del resto de la creación: su constante apertura al misterio y su inagotable deseo de conocer. En consecuencia toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensión hacia la plenitud. Se puede decir, pues, que la cultura tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina. (Fides et ratio 71)

Podemos afirmar que estas es una de las últimas intervenciones que, de una manera oficial, Juan Pablo II ha dirigido al Pueblo de Dios sobre la cultura. Se sitúan en el contexto de la Encíclica Fides et Ratio sobre las relaciones entre fe y razón. Pero, aún siendo una intervención importante, especialmente por el contexto magisterial, creemos que son el vértice de una serie de intervenciones que el Pontífice ha desarrollado desde el inicio de su pontificado. Juan Pablo II es, y nadie lo pone en duda, un hombre de la cultura, su formación universitaria, los años dedicados a la enseñanza, su actividad literaria y el interés que mostró por este campo desde sus inicios en el episcopado y sus intervenciones en los debates conciliares de la Gaudium et Spes lo ponen de manifiesto. Sin embargo, y desde la Cátedra de Pedro, “ha  buscado de promover el encuentro con los no creyentes sobre el terreno privilegiado de la cultura, fundamental dimensión del espíritu que pone a los hombres en relación entre sí y los une en lo que tienen de más propio, la común humanidad”.

Un momento clave de este desarrollo lo tenemos en París, cuando el 2 de junio de 1980, Juan Pablo II se dirigió a la Asamblea General de la UNESCO. En su intervención sentó las bases para lo que, tres años después en Ciudad del México, la Asamblea General de la UNESCO con más de 120 países representados, aprobaría como definición universal de cultura. A lo largo de este trabajo analizaremos esta influencia decisiva del Juan Pablo II.

Este trabajo lo hemos dividido en dos partes, en la primera, haremos un breve recorrido histórico por el concepto de cultura hasta llegar a la definición de la UNESCO de 1983, tomando como centro el desarrollo de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II. En la segunda, analizaremos el magisterio de Juan Pablo II sobre el tema de la cultura y extraeremos las componentes antropológicas del mismo.

El trabajo no pretende agotar todas los temas que entran en la relación fe – cultura. Aún así, no hemos querido renunciar a desarrollar el tema desde una triple perspectiva: histórica, antropológica–teológica y pastoral. Hemos renunciado a desarrollar temas como el fundamento bíblico (del que se darán solamente unas pistas para un artículo posterior), o el tema de la relación cultura–cultura cristiana que centró los debates del Concilio Vaticano II. Otro tema que desarrollaremos en sus fundamentos y que a nuestro juicio merecería un desarrollo posterior a nivel teológico–pastoral es de la inculturación de la fe y evangelización de las culturas.

Hacia un concepto de cultura.

Cuando hablamos de cultura, lo primero que se nos viene a la mente son palabras como arte, investigación, saber, civilización, etc. Pero, al mismo tiempo aparecen mezclados otros términos como estilo de vida, relaciones, valores, costumbres, tradiciones, etc. ¿De dónde vienen estos dos grupos de términos tan diferentes? Es cierto que, lo que tradicionalmente se ha entendido como cultura, es decir las artes, las ciencias o la civilización, mantiene forma parte del concepto que algunos autores lo denominan cultura alta, pero hay  otra cultura, que es más un concepto antropológico, que es lo que se ha dado en llamar cultura vivida. Término que es usado, por ejemplo, por Juan Pablo II en el discurso con motivo de la Constitución del Pontificio Consejo para la Cultura (25-Mayo-1982) que la define con las siguientes palabras: conjunto de principios y valores que constituyen el ethos de un pueblo.

Evolución histórica del concepto de cultura.

Kroeber y Kluckhohn en 1952 intentaron recopilar todas las definiciones existentes hasta entonces del concepto de cultura, en su intento recogieron un total de 150 definiciones diversas. La primera de ellas, dada por Tylor en 1871 y que serviría de base a todas las posteriores, definía la cultura como el complejo unitario que incluye el conocimiento, la creencia, el arte, la moral, las leyes y cualquier otra actividad y costumbre adquirida por el hombre como miembro de la sociedad.

Todas las definiciones recogidas por los autores, a pesar de tocar innumerables detalles, se quedan incompletas, puesto que la mayor parte de las veces se detienen justo donde una visión antropológica de la cultura debería empezar, es decir en la apertura a la trascendencia por parte de hombre. Hay definiciones que se limitan a señalar la cultura como aquello que distingue al hombre de los animales o a introducir las creencias como parte de las definiciones per siempre fuera de un concepto trascendental de la cultura.

Serán el diálogo entre fe y ciencia (cultura) comenzado por Pío XI con la constitución de la Pontificia Academia de las Ciencias (1936) y, sobre todo, la apertura del Concilio Vaticano II, las que nos sitúen en una visión global del concepto de cultura, recogiendo toda la dignidad del hombre en su apertura a la trascendencia.

La aportación del Concilio Vaticano II.

La Constitución Pastoral Gaudium et Spes fue uno de los documentos conciliares más discutidos y por ello mismo, uno de los más elaborados. Lo que en principio debía ser un texto sobre la relación de la Iglesia con el mundo actual, se convirtió en un auténtico tratado de antropología teológica realizado a partir de la descripción de la condición humana en el mundo de hoy.

Tras una primera parte en la que los padres conciliares presentan las bases de antropología teológica, partiendo del dato bíblico, la Constitución afronta en la segunda alguno de los problemas más urgentes del hombre de hoy. El segundo problema, tras el matrimonio y la familia sería el sano fomento del progreso cultural. La colocación de este tema, justo después de la familia no es fruto de una casualidad sino del convencimiento de que es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales (GS53).

Siendo el hombre la única criatura terrestre que Dios ha amado por sí misma (GS24) recibe por ello el sentido del valor y la dignidad de la persona a la que va unida necesariamente su libertad. Es de esta manera, como ser personal y libre que se halla necesariamente abierta al mundo y a los demás. Frente al otro ejerce su libertad y es en este mismo ejercicio donde puede experimentar su propia trascendencia. Es precisamente esta posibilidad de trascenderse a sí mismo, lo que hace al hombre creador de una Cultura. Es por ello que Gaudium et spes considera como parte integrante de la dignidad de la persona la cultura, en su doble manifestación de cultura alta y cultura vivida, como pone de manifiesto en la doble definición de GS 53:

Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres y las instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano. De aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto histórico y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido sociológico y etnológico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas. Estilos de vida común diversos y escalas de valores diferentes encuentran su origen en la distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así, las costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana. Así también es como se constituye un medio histórico determinado, en el cual se inserta el hombre de cada nación o tiempo y del que recibe los valores para promover la civilización humana.

De GS 53 surgen inmediatamente dos puntos. En primer lugar, la humanidad en su conjunto retiene que los beneficios de la civilización y de la cultura se extienden a todos y a cada hombre de la tierra y tal objetivo, que se corresponde con una nueva consciencia, es percibido como dependiente de la voluntad colectiva de los hombres mismos. En segundo lugar, la evolución de las culturas, que caracteriza los comportamientos de los hombres y de los grupos representa una apuesta decisiva para el futuro del mundo. Esto implica para la Iglesia, escribirá Juan Pablo II, “la necesidad para los creyentes de comprender a fondo el modo de pensar y de sentir de los otros hombres de su tiempo, tal y como se expresan en sus propias culturas”.

Tras el Concilio Vaticano II, Pablo VI abrió el diálogo con el mundo de la cultura, desarrollando encuentros periódicos con sus más ilustres representantes. Fue él quien, a partir de la Exhortación Apostólica Evangeli Nuntiandi, abrió paso a un nuevo concepto en la acción evangelizadora de la Iglesia: la inculturación. Siguiendo sus pasos, Juan Pablo II continúa el diálogo crítico con el mundo de la cultura, y, especialmente en el marco de lo que él denomina Nueva Evangelización introduce el mundo de la cultura como lugar privilegiado de encuentro con los no creyentes. Una fecha clave en su pontificado fue el 2 de junio de 1980, cuando ante la Asamblea General de la UNESCO, reunida en París, desarrolla un discurso (que analizaremos en la segunda parte de este artículo) que resultaría decisiva a la hora de redactar una definición común de cultura en la declaración de Ciudad del México de 1983.

La definición de la UNESCO.

En la ya mencionada asamblea, en una declaración firmada por más de 120 representantes de otros tantos países, se recogía la siguiente definición:

En su sentido más amplio, la cultura puede ser considerada como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social. Engloba además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. La cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es la cultura la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. Es por la cultura que discernimos los valores y hacemos las opciones. Es por ella que el hombre se expresa, toma conciencia de sí, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevos significados y crea obras que los trascienden.

Tres son los elementos que, desde un punto de vista antropológico, podemos destacar.

a.       Se ponen juntos los rasgos espirituales y materiales del hombre: Unidad espíritu – cuerpo.

b.      La cultura hace de los hombres seres específicamente humanos.

c.       A través de ella el hombre se reconoce como un proyecto inacabado: apertura a la Trascendencia.

En estos tres elementos, como analizaremos en el siguiente apartado, se ve claramente la influencia de Juan Pablo II con su concepción antropológica de la cultura y puesta de manifiesto en el discurso ya citado ante la UNESCO.

Nos parece especialmente importante la apertura a la Trascendencia que expresa la definición de la UNESCO. En efecto, si la humanidad quiere ponerse realmente ponerse de frente a sí misma y de frente al mundo la Trascendencia es fundamental. Trascendencia, que con Negri, podemos ver en su doble dirección: “La trascendencia de la persona sobre todos los factores que la constituyen y la trascendencia del hombre sobre el mundo, que se hace real exclusivamente en la apertura de la personalidad humana a la presencia de Dios creador”. Veremos posteriormente como esta doble trascendencia garantiza las características fundamentales del hombre – unidad, indivisibilidad e irrepetibilidad – que son, al mismo tiempo, exigencias insuprimibles de toda empresa cultural pero que, fuera de la afirmación de la apertura religiosa del hombre al trascendente son inexorablemente falsificadas o negadas.

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Con esta Fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo de Navidad, mañana comenzamos el tiempo ordinario durante el cual acompañaremos toda la vida pública de Jesús. Recorreremos el mismo itinerario que él anduvo hasta llegar a Jerusalén, donde habría de ser glorificado por Dios. Escucharemos sus palabras que nos interpelarán – si dejamos que lo hagan – y transformarán nuestra vida –si nos dejamos transformar.

Lo hemos contemplado hecho Niño en un pesebre, adorado por pastores y magos; perseguido por los poderosos y buscado por sus padres en el Templo y hoy, nos lo encontramos en el Jordán, rodeado de pecadores, y acercándose a recibir el bautismo de Juan; un bautismo de penitencia y de conversión y nos surge una primera pregunta: ¿Necesitaba Jesús acercarse a recibir el Bautismo de Juan? La respuesta nos la da el mismo Juan: “¡Soy yo el que necesito que tú me bautices!” Juan predicaba, urgía a la conversión, hombres y mujeres se acercaban a él a pedirle consejo: ¿Qué tenemos que hacer? (Lc 3,7-17). Y Jesús, “el Cordero de Dios que quita el pecado de mundo”, ¿qué hacía a orillas del Jordán? Ni más ni menos que solidarizarse con la humanidad que pide perdón a Dios; Jesús que no tiene pecado, se solidariza con los pecadores; se abaja hasta la condición humana para hacer el camino con ella hacia el Padre. Y la presencia del Espíritu de Dios que desciende sobre él no es si no la confirmación de esta misión por parte de Dios: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Comenzamos así a descubrir que existe un ser único que es, por excelencia, el Hijo amado de Dios, y que entre ambos existe un amor, una complacencia, una compenetración que es una vida compartida y no una simple providencia exterior. Esta intimidad de relaciones que constituyen la más honda realidad de dios, quedan así apuntadas. Jesús irá, a lo largo de toda su vida, descorriendo para nosotros esta misteriosa cortina. (Cf. J.L. Martin Descalzo, Vida y Misterio)

La manifestación del Espíritu sobre Jesús, el reconocimiento por parte de Dios, nos lleva mucho más lejos; y de manera especial, hace comprender a las comunidades judeo cristianas que Jesús, no sólo es un enviado de Dios, es además el Siervo de Yavhé anunciado por el Profeta Isaías. Esa figura enigmática que no se corresponde con ningún otro personaje histórico, ni mucho menos con la imagen mesiánica que se había ido configurando a lo largo de los siglos. ¿Dónde está el poder y la fuerza que se le atribuye al Mesías, al ungido de Dios?

Isaías, en los cantos del Siervo de Yavhé, de los que hemos proclamado un fragmento, nos presenta un Mesías distinto; un Mesías destinado a sufrir y a ser humillado por los hombres, pero ensalzado por Dios; un Mesías que “no gritará, no clamará, no voceará por las calles”, pero que conseguirá que su voz llegue a todos los confines de la tierra; un Mesías victima de la injusticia –qué mayor injusticia que su condena – pero solidario con los que sufren a causa de la justicia; un mesías fracasado a los ojos de los hombres, pero convertido por Dios en “alianza de un pueblo y luz de las naciones”. Aunque él nunca se identificó con el Siervo de Yavhé, desde los primeros tiempos del cristianismo se entendió que su vida, sus hechos, sus actitudes, su muerte y posterior resurrección se identificaban con la profecía de Isaías –recordemos el episodio de Felipe y el eunuco en los Hechos de los Apóstoles (Hc 8,26ss) – y así lo vemos a lo largo de los evangelios de Mateo y Lucas.

A partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido en el Jordán. Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo, “este es mi Hijo amado”, es una referencia anticipada de la resurrección, es por ello que Jesús siempre se referirá a su muerte con el término bautismo (Mc 10, 38 y Lc 12,50). Y ésta, precisamente, ha de ser la clave de lectura de nuestro propio bautismo. La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús. Aceptar la invitación al bautismo significa ahora trasladarse al lugar del bautismo de Jesús y, así, recibir en su identificación con nosotros nuestra identificación con Él. El punto de su anticipación de la muerte es ahora para nosotros el punto de nuestra resurrección con Él (Cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Si con ocasión de su bautismo Jesús experimentó su propia vocación, como han interpretado muchos teólogos, y por tanto, la  toma de conciencia de ser poseído por el Espíritu Santo; la experiencia de que Dios lo toma a su servicio, lo equipa y lo autoriza para ser su mensajero y el inaugurador del tiempo de salvación, también nosotros, al tomar conciencia de nuestro propio bautismo renovamos hoy nuestra vocación de hijos de dios y anunciadores del Reino de Dios y, con ello de asumir en nuestra propia vida y nuestra propia vida el destino de Jesús de Nazaret.

Con mi agradecimiento anticipado, puedes aportar tus comentarios o sugerencias.

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Hoy, solemnidad de la Epifanía del Señor, se dan la mano teología y tradición popular para configurar un día extraño; por un lado, es el día de la ilusión, de volver a ser todos un poco como niños, de ilusionarnos como ellos lo harán a lo largo de todo el día, con una sonrisa de oreja a oreja: es la fiesta de los Reyes Magos. Pero por otro lado, es la fiesta de la Epifanía del Señor, nombre que ya nos puede dejar un poco perplejos ante la misma denominación de la fiesta, Epifanía que literalmente significa manifestación, pero manifestación de quién y a quién y en dónde. Se trata de la manifestación del Cristo, del Rey de los Judíos, del Mesías prometido por Dios para sellar la nueva y definitiva alianza con el Pueblo escogido.

Pero no sólo es una simple manifestación, va mucho más allá. Es la manifestación al mundo de los gentiles, aquellos que no eran objeto de la Alianza del Sinaí, al auténtico “resto de Israel” que habían profetizado todos los profetas desde Isaías. Si la noche de Navidad, veíamos como se anunciaba el nacimiento del Cristo a los pastores, al pueblo de Israel representado en sus “anawin” –los más pobres de los pobres- hoy se manifiesta a unos magos –paganos por más señas- llegados desde Oriente y que buscaban a Aquel Rey de los Judíos que la estrella había señalado con su aparición en el firmamento. Estrella que nos recuerda el canto de Zacarías: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Una estrella que también ha de guiar nuestros pasos para un encuentro directo con el Mesías.

El Evangelio de Mateo, dirigido a una comunidad de origen mayoritariamente, más allá de lo que después la religiosidad popular y la literatura apócrifa nos han transmitido, quiere resaltar dos aspectos fundamentales.

El primero, es que el nacimiento de Jesús no es un acontecimiento que afecte solamente a Israel, como pueblo de las Alianza, sino que ya dirigido a todo hombre de buena voluntad (recordemos el mensaje de los ángeles en el Evangelio de Lucas). Su mensaje es universal y trasciende toda lengua, raza o cultura. De hecho, Mateo no narra la aparición de los ángeles y el anuncio a los pastores, ni la adoración por parte de estos. Simplemente, y ya es mucho, nos habla del sobresalto de Jerusalén y el miedo de los poderosos, así como de la búsqueda por parte de los Magos.

El segundo aspecto que quiere resaltar Mateo, es el que el mensaje de Jesús no nos puede dejar impasibles, nos tiene que poner en camino hacia Él. Una simple estrella movió a estos Magos hacia su encuentro con Él. Dejaron sus pueblos y se pusieron en camino para postrarse a sus pies; dejando de lado todo su poder y sabiduría, se acercaron reverencialmente al Misterio del verbo hecho carne. Pero también en esta línea, quiere llamar la atención sobre el hecho del regreso; son las consecuencias del encuentro con Jesús. “Regresaron a su tierra por otro camino”, nos dice el evangelista y es que el camino que el hombre recorre tras su encuentro con Jesús no puede ser el mismo, necesariamente nuestra vida –el camino- tiene que transformarse totalmente. La Palabra hecha carne cambia todo nuestro ser, nos da nueva vida: la vida en el Espíritu.

Otro aspecto a destacar en el Evangelio de la Epifanía es la actitud de Herodes y de los sabios de Jerusalén: todos se sobresaltaron; se asustaron ante lo que había sucedido. No sabían qué había pasado ni qué señal era la que había surgido en el firmamento. Buscaron en la Palabra y encontraron el Oráculo del profeta Miqueas que anunciaba el nacimiento del Mesías en Belén de Judá. ¿Cuál fue la respuesta? ¿Se pusieron también en camino? ¿Transformó ese mensaje sus vidas? Evidentemente, Mateo nos o deja claro, no sufrieron ningún cambio, al contrario su miedo se acrecentó y buscaban la manera de matar al Niño (Mt 2,16ss). No supieron buscar con el corazón. Es una advertencia para los que, de una manera u otra, nos dedicamos al estudio de la Palabra de Dios: Si no nos adentramos en ella con el corazón y solamente la tenemos como un objeto de estudio, no podremos encontrarnos con Él. El miedo se apoderará de nosotros como lo hizo con Herodes. Estudiarla Palabra de dios, supone también una actitud de búsqueda de la verdad que nos haga arrodillarnos ante el Misterio; supone una actitud orante, transformadora de nuestras vidas. Supone que ante ella, abramos los cofres con nuestros tesoros, que no son oro, incienso y mirra, sino nuestra propia vida.

Estos dones de los Magos, que la tradición popular después ha utilizado para recobrar la ilusión de los niños – y de los no tan niños – nos quieren acercan más aún al Misterio auténtico de Cristo: Sacerdote, Profeta y rey, y como interpretaron los Padres de la Iglesia, nos anticipan el Misterio de la Pasión Muerte y resurrección de Cristo.

Después de haber adorado al Hijo de Dios y haberlo puesto en el pesebre, estamos llamados a pasar al altar del Sacrificio, donde Cristo, el Pan vivo bajado del cielo, se nos ofrece como verdadero alimento para la vida eterna. Y lo que hemos visto con nuestros ojos, en la Mesa de la Palabra y del Pan de Vida, lo que hemos contemplado, lo que nuestras manos han tocado, el Verbo hecho carne, anunciémoslo con gozo al mundo y demos testimonio generoso de él con toda  nuestra propia vida (Benedicto XVI, Audiencia General 5 de enero de 2011).

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Nuevamente nos encontramos en este tiempo de Navidad con el inicio del Evangelio de Juan. Parece como si la liturgia no hubiese tenido suficiente con la contemplación del Verbo de Dios hecho hombre durante toda la Octava de Navidad, que quiere darnos todavía hoy una dosis más de Misterio. Porque eso y no otra cosa es este prólogo de Juan: adentrarnos de lleno en el misterio de un Dios hecho hombre.

Un Dios que es creador y que desde el principio fue acompañado en su labor creadora por la Palabra; es más, por medio de la Palabra fueron hechas todas las cosas. Un Dios que sigue recreando y haciendo nuevas todas las cosas. Y sobre todo, nos hace protagonistas, como hizo desde el principio, de esta creación, recordemos si no las palabras del Génesis: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Gn 1,26).

¡Pero si Dios ya se había revelado con anterioridad! Exclamará más de uno; ¡si toda la Biblia es la revelación de Dios al hombre! Exclamará otro. Cierto: Dios ya se había revelado, pero “A Dios nadie lo ha visto jamás” nos dice Juan en el prólogo. Moisés, el elegido por Dios para liberar al pueblo de la esclavitud, habló con Él cara a cara, pero nunca pudo contemplar su rostro. Por eso quiso Dios, en la plenitud de los tiempos – en palabras de San Pablo – revelarse definitivamente a la humanidad, y lo hizo en su propio Hijo Unigénito. Quiso que en él se revelase su auténtica naturaleza: el AMOR. “Dios es amor”, nos recordará San Juan en su primera carta. Un amor tal que es capaz de hacerse uno de nosotros, exactamente igual a nosotros en todo, menos en el pecado y ese y no otro es el misterio que Juan nos quiere revelar.

La Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros”. Vivió entre nosotros, caminó entre nosotros, sufrió con nosotros, lloró con nosotros, murió por nosotros, resucitó para nosotros… o sería mejor decir, para no traicionar al evangelista: Vive entre nosotros, camino entre nosotros, sufre con nosotros, llora con nosotros, muere por nosotros, resucita para nosotros. Porque no es una historia del pasado sino una historia con presente. Un Dios que continúa encarnándose, ¿para qué? Para que podamos ser hijos de Dios; para que, como decíamos en la homilía de ayer, podamos recuperar nuestra dignidad de ser criaturas a imagen y semejanza de Dios. Para que comprendamos que si Dios es amor y por amor se ha hecho hombre, los hombres debemos responder a ese amor desde la fraternidad de ser todos hijos en el Hijo.

La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre […] a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Si nosotros somos de los que hemos recibido la luz de Cristo, no podemos dejar de actuar como hijos, no podemos justificar nada de aquello que suponga una pérdida de la dignidad de la persona humana. No podemos ir en contra de la voluntad de Dios y me pregunto, ¿actuamos siempre como hijos de la luz, como testigos de la luz? El evangelista nos introduce, un poco como si no viniera a cuento, la figura de Juan Bautista, “venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz”. Parece como si quisiera recordarnos algo concreto en nuestra vida como cristianos: ser testigos de la luz -bien es cierto que la intención directa del autor no es esa sino la de enlazar el prólogo con el inicio de la vida pública de Jesús que tendrá lugar por el testimonio del Bautista – Pero si los primeros discípulos de Jesús se acercaron a Él por el testimonio de Juan, nuestro propio testimonio como hijos de la luz ¿acerca o aleja a los hombres de Cristo?.

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de Navidad hemos de volver nuestra mirada a la luz que ilumina a todos los hombres y que  nos ha sido dad en el Bautismo, para poder volver nuestra mirada a nosotros mismos y ver que hemos hecho de esa luz. Ciertamente, infinidad de hombres y mujeres siguen iluminando al mundo con esa luz desde su pertenencia gozosa y entregada a la Iglesia de Cristo: laicos entregados desde su vocación familiar a hacer crecer el Reino en su propia Iglesia doméstica que es la familia; voluntarios que desde una opción de fe, ayudan a devolver un poco de dignidad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo; religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos consagrados  y dedicados absolutamente a los demás en parroquias hospitales, centros educativos, lugares de misión, y en tantos y tantos lugares necesitados de un poco de luz… y sin embargo, como recientemente ha afirmado el Papa Benedicto XVI, “el rostro de la Iglesia está cubierto de polvo” y no es capaz de iluminar suficientemente al mundo por culpa del pecado, primero de los sacerdotes y después de tantos cristianos que en nombre de Cristo han atentado contra la dignidad de la persona humana. “Hemos de preguntarnos qué podemos hacer para reparar lo más posible la injusticia cometida. Hemos de preguntarnos qué había de equivocado en nuestro anuncio, en todo nuestro modo de configurar el ser cristiano, de forma que algo así pudiera suceder. Hemos de hallar una nueva determinación en la fe y en el bien”. (Benedicto XVI a la curia romana)

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a volver nuestra vida a la luz, a ser nuevamente luz entre las tinieblas, a dejarnos iluminar y convertir por Aquel que es la verdadera luz que alumbra a todo hombre. Nuestro testimonio será creíble en la medida que nuestra conversión sea sincera y nuestra reforma personal será auténtica; así lo quiso hacer san Cayetano y lo transmitió a esta su pequeña familia teatina: sólo podrá ser luz en el mundo quien esté dispuesto a reformar profundamente su vida para que ésta esté enraizada en lo más profundo del evangelio. Que san Cayetano interceda por todos nosotros para que así lo podamos hacer y que Santa María, Madre de Dios, ponga en nuestros corazones al Niño nacido en Belén, como hizo con san Cayetano,  para que podamos alumbrar a nuestros hermanos.

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“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz” Este texto del Libro de los Números que la liturgia de este día nos ofrece refleja todo el sentido de la festividad que hoy celebramos.

En efecto, hoy concurren tres recuerdos especiales: Santa María, Madre de Dios; el inicio de un nuevo año civil y la Jornada Mundial de la Paz, y en los tres encontramos resonancias de esta lectura de los Números. Aarón, hermano de Moisés, elegido por Dios para dirigir el culto que el pueblo de Israel debe dedicar al Señor, al único Dios vivo y verdadero, recibe el encargo de bendecir al pueblo con estas palabras, que no son meros deseos de paz, sino una realidad: el mismo Dios se ha fijado en el Pueblo y si éste se mantiene en su fidelidad recibirá la bendición de Dios. Una bendición que, para el Pueblo elegido, se habría de manifestar en prosperidad, bienestar, seguridad en sus fronteras, siempre y cuando él fuese fiel a la alianza. Por el contrario, en los momentos en los que el Pueblo se aleje de su Dios, la bendición se convertiría en abandono en manos de los enemigos, en castigo… Sin embargo, Dios, que tiene la última palabra, quiso que este bendición de Aarón fuese definitiva, que no dependiese de la fidelidad de los hombres sino sólo y exclusivamente de su inmensa bondad.

Dios quiso, al cumplirse los tiempos, ser para todos los hombres un Padre-más concretamente una Abbá, padrecito, papá – y que los hombres fuesen para Él hijos y devolvernos de esta manera la condición de hombres libres, creadas a imagen y semejanza Suya. La bendición de Dios se hace carne en la persona de Jesús, nacido de María, la mujer, la Nueva Eva, la liberadora de Israel con su fiat. La que prestando atención a lo que Dios hacía lo conservaba en su corazón. Si no hay valor más grande en una mujer que la maternidad, la de María, se multiplica indefinidamente puesto que se convierte en la bendición y paz definitiva para toda la humanidad. Jesús, hijo de las entrañas de María, es Dios con nosotros.

Celebramos también la Jornada Mundial de la Paz, que el Papa Benedicto XVI ha querido centrar en la libertad religiosa como camino de la paz. Recordemos las palabras que él mismo escribió en su mensaje para este día: “La paz es un don de Dios y al mismo tiempo un proyecto que hay que realizar y que nunca estará totalmente cumplido. Una sociedad reconciliada con Dios está más cerca de la paz, que no es simplemente ausencia de guerra, ni fruto de un predominio militar o económico, ni consecuencia de astutos engaños o hábiles manipulaciones. La paz es el resultado de un proceso de purificación y elevación cultural, moral y espiritual de cada persona y pueblo, en el cual la dignidad humana es plenamente respetada. Invito a todos los que deseen hacerse operarios de la paz, y especialmente a los jóvenes, a ponerse a la escucha de su propia voz interior, para encontrar en Dios la referencia estable para la conquista de una auténtica libertad, la fuerza inagotable para orientar el mundo con un espíritu nuevo, capaz de no repetir los errores del pasado”. La búsqueda de Dios como camino de la paz.  A veces me pregunto si verdaderamente vivimos en paz y mi respuesta no puede dejar de pasar por una reflexión y una pregunta. MI conciencia estará muy tranquila si me queda en una definición de paz como ausencia de guerra, pero si voy más allá y considero que la paz se alcanzará en el momento en que la dignidad de cada persona que vive a mi alrededor sea totalmente respetada, mi respuesta no puede ser otra que la negación. No, no vivimos en paz y no lo podremos hacer mientras haya conciudadanos nuestros que tengan su dignidad pisoteada por la violencia, el odio, el rencor, la miseria, el paro, el hambre. Y es verdad que individualmente no podemos afrontar alguno de estos problemas, pero otros sí que están en nuestra mano: la violencia, el odio y el rencor pueden ser desterrados de nuestras vidas si así lo queremos hacer. Si volvemos nuestra mirada a este Dios de la paz que se ha encarnado en María, si de verdad nos convertimos de nuestros pecados contra los hombres concretos que viven a nuestro alrededor.

Finalmente, recordamos en esta celebración el inicio de un nuevo año civil. Y sobre él imploramos también la bendición de Dios: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz”.  Un inicio de año en el que todos, seguramente, hemos expresado nuestras buenas intenciones y sobre todo, nuestros buenos deseos. A mí también me gustaría implorar del Señor ayuda para ser mejor sacerdote, para convertirme de mis egoísmos que me hacen no dedicarme totalmente a mis hermanos. Me gustaría implorar la bendición del Señor sobre nuestra Iglesia necesitada de conversión y de una profunda reforma, sobre todo personal, para pueda ser reflejo del rostro de Dios y auténtica dispensadora de los misterios del Reino. Quiero implorar la bendición de Dios sobre nuestro país y sobre nuestros gobernantes, para que tengan siempre presente el bien de todos pero sin perder de vista que cada uno de los ciudadanos es una persona sujeto de una dignidad única que nunca debe ser pisoteada ni impedida en su desarrollo desde su concepción hasta la muerte natural. Quiero implorar la bendición del Señor sobre cada una de nuestras familias y, de manera especial sobre las que pasan dificultades; quiero implorar la bendición de Dios sobre cada uno de vosotros, para el Él os dé fuerzas en vuestro caminar como cristianos; y finalmente, de manera especial, quiero implorar la bendición de Dios sobre los más pequeños y los jóvenes para que Él les acompañe de manera especial y les haga crecer en sabiduría gracia de dios como lo hizo con su Hijo Unigénito.

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