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Archive for 26 febrero 2011

Cuando un orador prepara una conferencia, siempre procura que al principio y al final de la misma estén los mensajes principales. Y esto es lo que parece que Mateo ha querido hacer con el Sermón de la Montaña.

En efecto, estamos esta semana acabando de leer la seccion de Mateo correspondiete al Sermón de la Montaña y, si hace cinco semanas leíamos las Bienventuranzas y como de los pobres y de los perseguidos a causa de la justicia era el Reino de los Cielos, hoy proclamamos como nuestra misión es buscar ante todo el Reino de Dios y su Justicia. ¿Tanto nos cuesta entenderlo? ¿Tan complicadas son las palabras de Jesús?

El Evangelio de hoy nos viene a decir que solamente podremos alcanzar el Reino de Dios si nos ponemos en disposición de alcanzarlo, si liberamos nuestro corazón de otras ataduras que nos impidan buscarlo. Providencia, esa es la palabra clave y no otra. La Providencia es la que nos hace confiar plenamente en Dios y la que nos asegura nuestro sustento diario. ¡Sí, claro! Y voy a comer de la Providencia, ¿no? ¡Qué lejos de la realidad de las palabras del Evangelio está quién afirme esto! La Providencia no es sentarse a miar el cielo esperando que de ahí nos caiga el alimento o el vestido; no es tampoco una actitud de resignación o de estoicismo ante las dificultades. ¡Qué no! Que la Providencia implica esfuerzo, sacrificio, trabajo, estar en continuo camino,; significa no estar atado a lo material que no conduce a la felicidad sino confiar plenamente en el Único que puede llenar nuestra vida y la puede colmar. No serán las riqueas, ni las modas, ni el poder lo que nos liberará, la auténtica liberacion viene del Espíritu, es la liberación de los pobres en el espíritu, de los que construyen la paz, de los que tienen hambre y sed de la justicia, de los misericordiosos, de los que lloran y sufren, de los perseguidos a causa del Evangelio… y sólo podremos alcanzar esa liberación si confiamos plenamente en Aquel que nos la puede conceder Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, muerto y resucitado.

 

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¡Qué diferente es el criterio de Jesús al nuestro! Ciertamente llama la atención como, mientras los hombres clamamos pidiendo venganza (aunque la disfracemos muchas veces de justicia), las palabras de Jesús nos sitúan en un ámbito totalmente distinto: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos…”

¡Qué llamada de atención a cambiar nuestra forma de ver a los demás! En un mundo que, todavía hoy, divide a las personas en buenos y malos, en aquellos a los que debemos amar (a los buenos) y a los que debemos aborrecer (los malos), las palabras de Jesús tienen más fuerza si cabe. Desde pequeños estamos oyendo advertencias del tipo: “No te juntes con aquel que no es bueno”, “no vayas con fulanito que no es como nosotros”… y otras muchas; de mayores somos nosotros los que fijamos las categorías para acceder a las personas; también desde nuestra condición de cristianos.

Los que andamos por estos “mundos virtuales” somos conscientes de hasta dónde podemos llegar en el desprecio al hermano -y utilizo la palabra hermano no en un sentido genérico sino en referncia al hermano en la fe- y etiquetar: éste es conservador, aquel es progresista, ese pertenece a tal grupo o a otro; ése escribe en un determinado medio digital y por la tanto seguro que va a atacar a tal o cual obispo; el otro, que escribe en otro medio, se va a presentar ante los obispos denunciando a los que no piensan como él; el otro rechaza a la jerarquía y el de más allá a los laicos que quieren más protagonismo en la Iglesia… y así hasta el infinito. Ya Pablo, en la 1ª Carta a los Corintios reprende a éstos por formar partidos a favor o en contra de uno u otro predicador o responsable de la Iglesia… ¿qué diría ahora de nosotros si leyese nuestros blogs o páginas dedicadas a la información “religiosa”? Conociendo un poco sus escritos y su carácter sería furibundo en sus expresiones.

El Evangelio de hoy, que continúa dando una vuelta de tuerca a las exigencias del Reino, nos tiene que hacer comprender cuál es el papel de los cristianos en esta sociedad de hoy en día: ser testigos de Aquel que fue capaz de morir en la Cruz perdonando a los que le ajusticiaban y con ello a todos los hombres y mujeres de cualquier tiempo y condición. Es lo que tantos y tantos mártires han hecho a lo largo de la historia. No se conoce ningún caso de un mártir que en el momento de su martirio haya condenado a los que le ejecutaban, al contrario todos han perdonado porque – a pesar de lo absurdo de su martirio – sabían que morían por amor a Aquel que es el Amor.

Los cristianos estamos llamados al amor, ésta es nuestra vocación: seréis santos, porque yo soy santo, lo hemos proclamado en la lectura del Levítico de hoy. Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, nos invita Jesús en el Evangelio y la perfección se mide única y exclusivamente por el grado de amor que seamos capaces de tener. Recordemos al caso de la mujer que unge a Jesús y que nos narra, de manera magistral Lucas. “Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho; pues aquel a quien poco se le perdona poco ama” (Lc 7,47). Amemos pues, como decía san Agustín, y hagamos lo que queramos, porque el amor auténtico sólo nos puede conducir al bien, nunca al mal. El odio, los rencores, la violencia, el pecado, nunca puede ser consecuencia del amor y quien así lo piense es que es cómplice del mal.

Si de verdad nos sentimos cristianos no sólo de nombre, sino de hecho, busquemos hacer de nuestras vidas un auténtico testimonio del Sermón de la Montaña, eso, y no otras cosas, es lo que de verdad nos llevará  a la perfección y a la santidad.

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Muchos recordamos o sabemos por haberlo estudiado que en mayo del 68 uno de los gritos que resonaban con más fuerza era el famoso “prohibido prohibir”. Era un grito pidiendo libertad, pero una libertad suicida, como se demostraría posteriormente. Una libertad que llevaría hacia el libertinaje y a la pérdida de sentido. Es cierto que se basaba en una utopía como era la de la libertad del hombre, eso sí, una utopía mal entendida.

Hoy, en el evangelio de Mateo que meditamos (5,17-37), nos enfrentamos a la misma utopía: la libertad del hombre frente a la esclavitud de la Ley. Y es que la Ley de Moisés, plasmada en el Decálogo, se había ido transformando en una serie interminable de normas y más normas que axfisiaban totalmente a la persona, que la sometían a la esclavitud de los escrúpulos y a la marginación: leyes acerca de la pureza, de la limpieza, del trato con los demás, todo, absolutamente todo, estaba regulado por la Ley, pero en contra de lo que Dios quiso en sus designios que fuese la Ley: en contra del encuentro de los hijos de Dios.

Jesús, nos dice Mateo, no ha venidop para abolir la Ley sino para llevarla a su plenitud, para liberar al hombre de la esclavitud del pecado que le conduce al aislamiento más absoluto. En efceto, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es un ser que ha de relacionarse con los demás para poder alzanzar su plenitud. No vive aislado, encerrado en sí mismo y en sus circunstancias, sino en apertura total a Dios y a los hombres y el objeto de la Ley, nos dice Jesús, es el permitir esa apertura.

¿Podemos hablar de plenitud de la filiación si hemos roto las relaciones con el otro, si rompemos la fraternidad? No, rotundamente no, afrimará Jesús. Sólo podremos ser hijos si somos hermanos y dejamos de ser hermanos cuando nuestras relaciones lo son. El insulto, el desprecio, el rechazo al hermano, por muy pecador que sea, nos lleva a su muerte, porque hemos matado el don más precioso que Dios nos ha concedido: la fraternidad.

Muchas veces, celerbando la Eucaristía, me he hecho la misma pregunta que ímplicitamente plantea Jesús en el Evangelio de hoy: ¿Cómo puedo celebrar la Eucaristía cuando he rechazado al otro por no pensar de la misma forma que yo? ¿cuándo tantos y tantos hermanos míos son despreciados, rechazados, humillados? ¿cuando cierro las puertas a la posibilidad de la conversión? Y no me queda más remedio que dejar las ofrendas sobre el altar y junto a ellas poner todos esos hombres y mujeres y que ellos se hagan también ofrenda viva a Dios.

Estamos en una sociedad y en mundo hipócrita; por un lado, presumimos de vivir en libertad, pero por otro lado oprimimos a los demás con leyes y más leyes; pedimos respeto a los derechos humanos pero se los negamos a los que tenemos más cerca, con nuestro rechazo, nuestras burlas y desprecios, nuestros silencios…  Pero también nuestros silencios complices con el mal del mundo, queremos respetar tanto la libertad del otro que no denunciamos el mal que existe a nuestro alrededor, no nos atrevemos a alzar la voz para gritar que la verdadera libertad no es la que el mundo nos ofrece sino la que el Señor nos ofrece en el Evangelio. Para alzar la voz para gritar que la verdadera revolución sexual no es la que pasa por acostarse con todo el mundo, sino en la entrega total y absoluto al otro y al otro por amor, para formar una sola carne. Para gritar que la verdadera defensa de la libertad del hombre y de la mujer no es atentar contra la vida defendiendo un presunto derecho a “decidir sobre el propio cuerpo” sino en transmitir la VIDA y ayudar al vivirla en plenitud.

El Reino de Dios, cuyo programa estamos proclamando en estos domingos, es un Reino de libertad para el hombre y por ello la Ley siempre estará al servicio de la persona y no al revés. Que el Señor de la vida, que supo vivir su libertad en total y absoluta libertad, nos ayuda a vivirlo de la misma manera y nos enseñe a comprender que la única manera de interpretar la Ley de Dios es a través del Amor y que, como aprendimos de pequeños, toda la Ley se resume en dos mandatos: Amar a Dios y al prójimo.

 

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