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Archive for 13 marzo 2011

¡Qué poco hemos cambiado los hombres desde tiempos de Jesús! E incluso antes, me atrevería a afirmar.

En efecto, la lectura del Libro del Génesis,donde se nos muestra la primera gran tentación del hombre: el ser como Dios, es un reflejo de nuestras grandes tentaciones. También hoy el hombre tiene la tentación de querer ser como Dios y, de hecho juega en muchas ocasiones a querer ser Dios. ¿Quiénes somos los hombres para decidir el eliminar una vida humana -aborto, eutanasia, pena de muerte…? ¿Quiénes somos para “atrevernos” a crear una vida -manipulación genética, clonación, etc…? Incluso afirmamos que podemos crear “inteligencia” que permita a los hombres relacionarse con una máquina para poder atender todas sus necesidades y responder a todas las dudas que se planteen… ¿Es o no tener la tentación -y caer en ella- de ser como Dios? Pero si ésta es la gran tentación, el Evengelio de las tentaciones que proclamamos este Primer Domingo de cuaresma nos sitúa ante otras tentaciones, más sutiles, pero no por ello menos importantes.

Hay una cosa que está muy clara en este Evangelio: la tentación no es mala ni buena, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Lo que se califica como bueno o malo es la respuesta que tengamos ante las tentaciones. Hecha esta aclaración analicemos cada una de las tentaciones de Jesús que podríamos resumirlas en tres palabras: posesión, prestigio y poder.

Posesión: “Si eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes”. jesús en el desierto después de cuarenta días con sus noches, siente hambre. El hombre en la soledad de sí mismo -el desierto- también siente hambre; hambre de sentido,, ahmbre de trascendencia, hambre de ser… ¿cómo saciarla? Ahí es dónde entra esta primera tentación, la podemos saciar, bien con nuestro afán de tener, cubriendo todas nuestras necesidades y no tan necesidades materiales, o bien acercándonos a Aquel que da sentido a nuestra vida -recordemos la lectura del Génesis de hoy: Dios … sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre e convirtió en un ser vivo. El tentador querrá que nos saciemos de lo material, de aquello que no puede saciernos y que no nos ayuda a descubrir el auténtico sentido de nuestra vida. Una versión moderna de esta tentación está en hacernos creer que el hombre no tiene ningún sentido transcendente de su vida, que forma parte de un eslabón más de la cadena biológica y que por ello, lo único que necesita es cubrir sus necesidades materiales.

La segunda tentación, es la del prestigio, la de sabernos reconocidos por los demás.  Que el otro nos reconozca como un ser superior, nos halague, nos felicita, nos dé palmaditas en la espalda y nos diga: eres grande. Es la nueva forma de ver la tentación del paraíso: “Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios”. La fama efímera, la vida fácil, los modelos que la sociedad actual nos muestra y que vemos como se desvanecen de la noche a la mañana, muñecos rotos que triunfan un día y al día sigueinte están perdidos en el fondo de cualquier armario.

Estas dos primera tentaciones tienen un gran reflejo en nuestro día a día, por ejemplo en la gran pregunta: ¿Por qué Dios permite el mal si es todo poderoso? O en la petición: “si existes cura a …” Querer poner a prueba a Dios

La tercera tentación es la del poder: “Todo esto te daré”. Someter a los demás al capricho de mi voluntad, que el otro carezca de libertad y, por tanto de dignidad. Que sea mi voluntad la que prevalezca y por tanto mi subjetividad.

Pero la tentación mayor de toda es la que no se ve, pero se intuye en estas tres tentaciones a Jesús: “Si eres Hijo de Dios…”, el diablo trata de hacer dudar a Jesús de su condición de Hijo de Dios, de hacerle dudar del amor del Padre. Si consigue eso habrá conseguido su objetivo que no es otro que el alejarlo de su misión salvadora.

También para nosotros esa es la mayor tentación, si dudamos del amor que Dios nos tiene, el tentador habrá conseguido su objetivo y nos tendrá a merced del tener, de la fama, del poder y nos alejará de nuestro auténtico sentido: encontrarnos cara a cara con Dios a través del Hijo.

 

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