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Archive for 10 febrero 2012

MARCOS 1, 40-45

domingo VIEn aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

— Si quieres, puedes limpiarme.

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo:

— Quiero: queda limpio

La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él le despidió encargándole severamente:

— No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.

Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aún así acudían a él de todas partes.

La compasión de Jesús:

Uno de los temas más recurrentes en el Evangelio de Marcos es el de la compasión de Jesús. El evangelista lo expresa de muchas formas: “sintió lástima”, “se compadeció de él”, “sintió compasión”. Ciertamente, es la expresión de un sentimiento profundo, un sentimiento que se debió quedar grabado en los discípulos que acompañaban a Jesús y que en el anuncio posterior del Evangelio a cada una de las comunidades fue remarcado y es por ello que a la hora de redactar el Evangelio, Marcos lo recoge y lo remarca. Pero, ¿qué significa realmente este sentimiento? En nuestro lenguaje común, sentir lástima tiene una cierta connotación negativa y no siempre es reconocido como un sentimiento que sea capaz de remover las entrañas de las personas. Compadecerse o sentir compasión, quizás tenga una sentido más profundo en nuestro lenguaje, pero lo cierto es que con nuestros gestos lo traicionamos si así fuese.  Pero, y en Jesús ¿qué significa la compasión?

Compadecerse, nos remite a una pasión compartida o mejor aún, a un padecimiento compartido. Ese es el sentido que los evangelistas quieren dar a este verbo: Jesús, no sólo siente lástima de los que se acercan a él con algún sufrimiento, va mucho más allá: Hace suyos esos padecimientos y los sana. Limpia a los leprosos, sana a los poseídos, da de comer a los hambrientos… se trata de un compartir operativo, activo, que busca solución al dolor ajeno. Que en muchas ocasiones, se adentra en la raíz del sufrimiento – recordemos en este punto, que para el judío, la enfermedad, el padecimiento, era fruto del pecado – y devuelve al hombre su dignidad.

Si el leproso del Evangelio de hoy, busca la ayuda de Jesús, no es sólo por sanar su piel que ya de por sí es importante, sino para recuperar su lugar en la comunidad humana perdido por la enfermedad, tal y como nos lo recuerda la primera lectura del Libro del Levítico: si la enfermedad no era suficiente sufrimiento, los hombres le expulsan de todo lo que puede representar un poco de dignidad, de su puesto en la ciudad y de la posibilidad de acercarse a la casa de Dios, al templo; el lepropso había sido declarado impuro y no debía acercarse a nadie ni nadie a él, pues entonces también sería declarado impuro.

Jesús rompe con los prejuicios de los hombres, con los viejos tabúes y con las leyes de la impureza, no es la enfermedad, ni los alimentos, no el incumplimiento de las normas de purificación lo que hacen impuro al hombre, sino el mal, el pecado que brota de su corazón y es por eso que Jesús sana, limpia el corazón, purifica y concede al hombre una nueva oportunidad.

Nuestro ser cristiano también debe compadecerse del hombre de nuestro tiempo que sufre y sanar su corazón, pero también sanar las estructuras que hacen de su sufrimiento un alejarse de la comunidad de los hombres. Es muy fácil condenar el mal, es muy fácil dar una limosna o ayudar a repartir un poco de alimentos o de ropa a quien lo necesita, pero ¿es esa la verdadera compasión? ¿No sería más evangélico trabajar para que las condiciones que han provocado esa situación cambien de forma radical? Es verdad que hay que darles de comer: “Dadles vosotros de comer” escucharemos próximamente en el Evangelio dominical, pero también hay que enseñarles a buscar ese alimento.

Pero no nos quedemos solamente en la parte material de la “compasión”, hay algo mucho más profundo que eso, se trata de devolver la dignidad de hijos de Dios, de criaturas a imagen y semejanza de un Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo como el Dios del amor. Esa es nuestra misión evangélica, esa es la auténtica compasión y no seríamos fieles al Evangelio sino cumpliésemos con esa misión y nos quedásemos tan a gusto en nuestras casas sin mover un dedo por acerca al hombre a Dios.

Pidamos, en este año vocacional teatino, que surjan en nuestras comunidades hombres y mujeres, laicos y consagrados capaces de compadecerse del hombre de hoy con la misma fuerza y capacidad de transmitir esperanza de Jesucristo. Que Dios suscite, sacerdotes teatinos con entrañas compasivas con el sufrimiento humano.

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Con motivo del Año Vocacional Teatino, nuestro Prepósito General, P. Valentín Arteaga Sánchez-Guijaldo, ha escrito un nuevo Duc in Altum dirigido a todos los religiosos, laicos y amigos de la Familia Teatina. Es por eso que lo quiero compartir con todos vosotros desde este Blog.

Basílica de Sant'Andrea della Valle (Roma)A los Consultores Generales,
a los Prepósitos Provinciales y sus Consejos,
a las Comunidades locales,
a las Religiosas hijas de la Ven. Úrsula Benincasa,
a los devotos de San Cayetano,
a los familiares, amigos y bienhechores,
a la Familia Seglar Teatina.

1. Demos gracias al Señor.

Quiero comenzar esta nueva carta en ocasión del Año Vocacional, con una manera de Prefacio: Es en verdad justo y necesario dar gracias al Señor; no sólo al Señor, de quien procede todo bien, sino también a cada uno de cuantos formamos de la Orden: aspirantes, postulantes, novicios, juniores. Muy especialmente a los Padres que en el presente año celebran sus bodas de plata o de oro sacerdotales. Igualmente a los jóvenes que profesan solemnemente, y a quienes están accediendo a las Sagradas Órdenes…
Gracias al Señor, y gracias a ellos por haber respondido afirmativamente a la llamada que un día recibieron a servir a la Iglesia en la Orden Teatina según la regla de vida de San Cayetano.
Es en verdad justo y necesario dar gracias unos por otros: por haber profesado los Consejos evangélicos, por el Sacramento del Orden, por la Casa a la que la obediencia nos ha destinado para formar comunidad, por las Provincias a las que pertenecemos y especialmente por la Comunión fraterna, que quiere que el Señor vivamos en esta querida Compañía de Clérigos Regulares Teatinos.

Entre todos formamos una Comunión de vida religiosa y sacerdotal. Tenemos una larga historia de familia cuyos latidos continúan impulsándonos a ser fieles a esta vocación peculiar que nos distingue en la gran variedad de dones y carismas de la Iglesia Santa de Dios. Estamos hermanados por los vínculos de la Profesión. Nos sustenta el mismo carisma. Sentimos el gozo de conectar con la razón de ser de la Iglesia, el Discipulado de Jesús y la primitiva forma de vida apostólica.

La Orden no es una Sociedad, una empresa, o un voluntariado religioso. Lo que nos “hace” Clérigos Regulares Teatinos no es lo que hacemos en la Iglesia y en el mundo: las actividades que vamos llevando adelante, el número de miembros, los Colegios que regentamos, la relevancia o el prestigio eclesiástico… Somos sólo una modesta parcela clerical en la Iglesia del Señor. Nos alienta y congrega únicamente el gozo y la maravilla de que el Señor nos quiera sacerdotes suyos; sacerdotes sencillos y humildes dispuestos a vivir en comunidades para así ser más fieles a la vocación de “homo Dei” (2 Tes 3, 10) según el estilo de vida que, movido por el Espíritu, puso en circulación San Cayetano en el siglo XVI.

2. Comunidades arraigadas en el Señor.

Lo específico teatino, como lo avalan nuestros origines y nuestra historia, se concreta en el esfuerzo que cada uno de nosotros lleva adelante para que nuestras Comunidades Sacerdotales sean en verdad comunidades religiosas: comunidades arraigadas en Dios. Somos – ¡queremos ser! – “expertos en Dios”. Nuestra misión es ayudar a entrar en lo santo a nuestros hermanos, hacer crecer y desarrollar en el mundo la zona de Dios. Somos – ¡queremos ser! – quienes han visto al Señor y dan testimonio de este “acontecimiento” (I Jn 3, 14). Lo primero para nosotros es la visión del Señor. Después, la pastoral. “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 11), recalcó Jesús en la sobremesa emocionante del Jueves Santo: “Permaned unidos a mí como yo lo estoy a vosotros” (Jn 15,4). Según el venerable relato de la institución de los Doce, Jesús llamó a los apóstoles para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar.

Ser maestros de la experiencia religiosa es el sentido de vuestra vocación, que comporta ante todo buscar a Dios, “quaerere Deum”: “Sois por vocación buscadores de Dios” (Benedicto XVI).
Es un regalo incalificable que el Señor llame a algunos cristianos a vivir la vida sacerdotal. ¿Cómo podíamos nosotros imaginarnos ser objeto de tanta predilección? Por ello debemos dar constantemente gracias al Señor. En la vida ordinaria solemos dar gracias cuando recibimos muestras de afecto y consideración. Pues más todavía hemos de hacerlo en las cosas y con las cosas del Señor. Dar gracias es una muy hermosa forma cristiana de oración. Vere dignum et iustum est. Al Señor se lo debemos todo. Es en verdad, por tanto, justo y necesario que le damos gracias. Como en los Prefacios. Bendigamos, alabamos y demos gracias también por el don que nos ha hecho en su Iglesia de formar parte de la Orden Teatina por la Profesión religiosa.

3. Un año para abundar en la acción de gracias.

Este Año Vocacional Teatino quiere ser un Año de Acción de Gracias. No se quede ninguno de nosotros sin bendecir, alabar y dar gracias al Señor por las vocaciones sacerdotales, que Él no cesa de suscitar. Otra cosa es la falta de respuestas leales y generosas que puede deberse, quizás, al débil testimonio de alegría y de santidad que nosotros mismos presentamos.

Todos tenemos que rehacer el entusiasmo y la acción de gracias por la vocación sacerdotal. En las Casas y Seminarios hemos de proponernos crear una atmosfera de agradecimiento y bendición al Señor por la llamada que nos ha hecho a estar con Él, y a enviarnos a anunciar el Evangelio.

4. La Vocación Sacerdotal es un Misterio grandísimo.

La Vocación Sacerdotal es un Misterio grandísimo. Resulta imposible descubrir cuánto privilegio del Señor hay dentro. Lo primero que debemos hacer es percatarnos de su valor. No es cualquier cosa, no es una simple afición. Ni nos hemos decidido por cuenta propia a ello: ser sacerdotes se debe a una gracia divina. No es consecuencia de ningún esfuerzo nuestro. No es el premio a un itinerario de excepción. No se debe a nuestras calidades, ni a ninguna lista de virtudes. Tiene que ver únicamente con Dios que ha querido fijarse – como en María – en nuestra pequeñez (Lc 1, 48).

Dígase lo mismo de esta Orden nuestra, que un día pusiera en marcha un pequeño grupo de sacerdotes santos. Nosotros seguimos aquí para hacer vida de nuestra vida aquella inspiración. Es, pues, justo y necesario en verdad que demos gracias al Señor no sólo por la propia vocación, sino también por la Orden de Clérigos Regulares Teatinos. Cuando nació, por la acción del Espíritu, fue para impulsar la santidad de los sacerdotes. Otras Compañías de Clérigos Regulares  surgieron con una misión concreta: la atención a los enfermos, el cuidado de los niños, impregnar de evangelio el pensamiento y la cultura de la época… Los Teatinos nacimos para ser sencillamente sacerdotes pobres, sacerdotes de vida apostólica… Nuestros fundadores pusieron la primera piedra de una Compañía que tenía la misión de revalorizar y vivificar en la Iglesia el ministerio y la vida sacerdotal.

5. Revalorizar y vivificar la inspiración de los fundadores.

En esta nueva coyuntura histórica nos corresponde a nosotros revalorizar y vivificar aquella inspiración de nuestros venerables fundadores: la pasión por la Iglesia, la centralidad en la propia vida de la Sagrada Liturgia, la comunión fraterna, la confianza en la Providencia…
Vere dignum et iustum est, por tanto, que demos gracias a Dios porque, debido a su protección, seguimos caminando tras las huellas de San Cayetano. ¡Cuánto hay que bendecir y alabar el Señor por los trabajos que realiza cada Provincia, por el testimonio luminoso de tantos Padres! Gracias a ellos, continuamos en la Iglesia Santa de Dios, y llaman a nuestras puertas nuevas vocaciones. Gracias a ellos se mantienen muchas Casas abiertas…
Este Año Vocacional es una grande ocasión para dar a conocer el origen, la fisionomía, el carisma, la misión y la historia de nuestra Orden y conocerla más nosotros mismos, hacer crecer en nuestros aspirantes, postulantes y juniores profundos sentimientos de gozo por el don de la misión de la Orden: ser en los tiempos y circunstancias críticos para la Iglesia animadores de vida sacerdotal. Precisamos ser cada día más conscientes de la necesidad que tiene la Iglesia de sacerdotes santos. Nunca pueden faltar para que la Iglesia sea instancia salvadora y constructora del Reino de Dios. Para un cristiano supone un privilegio inmenso recibir el sacramento del ministerio ordenado. ¡Cómo no vamos a llenarnos cada día de perplejidad y desconcierto! Es natural que las entrañas se nos conmuevan, y el corazón no se nos llena de agradecimiento. Vere dignum et iustum est. Se trata de un gran don que nos ha caído en suerte, siendo como somos, como los demás cristianos, miembros débiles y pobres. Cuentan sus biógrafos cómo San Cayetano, cuando llegaba el aniversario de su ordenación, no podía contener sus sentimientos de humildad y confusión, y ese día se pasaba las horas llorando.

6. Somos ordenados para hacer las veces de Cristo.

¿Qué nos ha concedido el Señor, por medio de la imposición de las manos, al regalarnos el ministerio ordenado? Una profunda transformación en nuestro interior para hacernos capaces de ponernos en la Iglesia al servicio de la santificación y la comunión de los hermanos. Los sacerdotes somos responsables en Cristo y por Cristo de la salud y la vitalidad de la Iglesia. La razón principal de esta gracia es la Iglesia. Sin ella o fuera de ella no tenemos nada que hacer. Es la Iglesia la que ordena a sus sacerdotes. Ella es quien elige a aquellos cristianos que considera idóneos para que sean administradores de la gracia y así ayuden a edificarla y hacerla crecer como Pueblo de Dios y Templo Santo. Lo viene haciendo desde las primeras generaciones cristianas en el nombre y la autoridad de Jesús. El autor de los Sacramentos es Jesús. Los instituyó Él. La Iglesia es una realidad instituida. Merced a la gracia del Sacramento del ministerio ordenado, hemos quedado vinculados en totalidad con Jesús y capacitados para actuar en su nombre y obrar en su poder.

Dice el Ritual de Ordenes: “El presbítero es ordenado para hacer las veces de Cristo  Maestro, Sacerdote y Pastor por quien se edifica la Iglesia y crece como Pueblo de Dios y Templo Santo”.

7. La vida sacerdotal requiere continua revisión.

Como las demás vocaciones dentro de la Iglesia, la de la Vida Sacerdotal es una vocación tentada: podemos dar traspiés, no somos inmunes a los cambios de aire, a las modas anticristianas de la sociedad en curso ni a las corrientes paganizantes de la cultura y el pensamiento en boga. Nos cansamos, a veces, pues por naturaleza somos seres quebradizos. Con el tiempo no es raro que podamos desviarnos del Camino real del seguimiento enamorado del Señor y busquemos ciertas áreas de servicio: ciertos estrechos capillismos, ciertas inclinaciones pegajosas. De tanto en tanto hemos de examinar cómo estamos de vocación. Cómo va la intensidad y la sinceridad de la fidelidad a nuestras promesas. De tanto en tanto precisamos no olvidar la acción de gracias – vere dignum et iustum est! – por el grandísimo regalo de la vocación, dar muestras sinceras de alegría por haber sido elegidos, hacer ver a los demás lo agradecidos que estamos a la Santa Iglesia, el gozo de la celebración diaria de la Eucaristía, la ayuda que supone la comunidad fraterna…

En ocasiones nos lamentamos de los cambios tan determinantes que se han ido operando en la sociedad actual: la indiferencia religiosa, la increencia, el alejamiento de las practicas cristianas, la falta de respeto a lo sagrado… Aparte de muchas otras causas sociológicas ¿no se deberá también a que nosotros religiosos sacerdotes no vivimos ilusionada y gozosamente nuestra vida sacerdotal? ¿A que nos vamos apegando a maneras ajenas al evangelio, a formas de celebrar los Sacramentos frías y rutinarias?

8. Cinco siglos después.

En circunstancias más o menos parecidas a las nuestras nacieron en el Siglo XVI las distintas Compañías de Clérigos Regulares. Fue una respuesta coral a las necesidades vigentes. Es de admirar la valentía, la audacia y la creatividad que desplegaron. Abriendo paso estuvo el grupo de sacerdotes de San Cayetano. Eran sacerdotes que, con su modo de vida, su predicación y su modo de celebrar la Liturgia de la Iglesia provocaban en su entorno la añoranza infinita de Dios que todo hombre lleva dentro, desentumecían actitudes aletargadas y, sobre todo, levantaban el vuelo en la Iglesia de la Utopía del Reino ¡sobre todo en los medios sacerdotales! Los Clérigos Regulares Teatinos se entregaron a fondo perdido a la reforma del Clero que en aquella hora no admitía demoras, y lo hicieron silenciosa y humildemente. ¿Con qué medios? Con la santidad personal de vida, con la experiencia gozosa de la Celebración litúrgica, la Eucaristía en primer lugar, la atención a los fieles en el Sacramento de la Penitencia, la predicación, la vida y la oración en común, la pobreza y la formación y el estudio.

En este año es digno y justo que demos gracias al Señor, porque Él, en su Providencia divina, quiere que haya todavía teatinos para bien de su Santa Iglesia y del mundo. No teatinos de nombre, sino sacerdotes en nuestro tiempo como lo fueron en el suyo San Cayetano, el Venerable Scupoli, P. Carafa, San Andrés Avelino. los Beatos Burali, Marinoni, Lorenzo Scrupoli y tantos y tantos más. El presente año es un año muy oportuno para continuar proponiéndonos una renovada fidelidad al carisma que nos define. En muchas de nuestras Casas y Comunidades se viene haciendo desde hace tiempo, gracias a Dios.

9. Fin y naturaleza de la Orden.

El primer párrafo de las Constituciones, al definir y determinar el fin y la naturaleza de la Orden, habla expresamente de que lo especifico teatino es llevar vida clerical. No somos ni monjes ni frailes, aunque seamos – naturalmente que lo somos – personas consagradas por la Profesión de los Votos. ¡Somos sacerdotes – sacerdotes! En nuestra Vida Consagrada Teatina, lo sustantivo es el “clérigo”, y lo adjetivo lo “regular”. Nuestros fundadores hicieron algo muy novedoso en aquella hora: tomaron el adjetivo y lo metieron en la médula del sustantivo. Nuestra espiritualidad es Espiritualidad Sacerdotal: la armazón es la Vida Consagrada y lo hondo es lo Sacerdotal, que debemos cuidar con absoluto esmero.
Año más que propicio éste para ser agradecidos, primero, por una tan fecunda tradición como la teatina; segundo, para dejar que nuestro ser vibre por un carisma tan peculiar y atrayente; y tercero, para poner todos los medios a nuestro alcance – información, promoción, campaña oracional – para despertar Vocaciones Teatinas. ¡Somos Iglesia! El sacerdote es un cristiano habilitado por el Espíritu Santo y marcado con un sello consacratorio que supone, en primer lugar, ser objeto de predilección por parte del Señor, y, segundo, exige una vida ofrecida en vistas a construir Iglesia.
Nos recuerda la Constitución núm. 2: “La Vida Teatina es una peculiar forma de vida religiosa calcada sobre la «apostolica vivendi forma» que relatan los Hechos de los Apóstoles”. San Cayetano y los primeros Teatinos a fin de poder llegar a ser más cristianos y siendo más cristianos intentar ser mejores sacerdotes volvieron sus ojos a la forma de vida de la primitiva comunidad apostólica.

10. Constructores de fraternidades sacerdotales.

Nuestro rasgo fundamental es la voluntad de restaurar en la Iglesia la primitiva forma de vida apostólica, y es, por ello, nuestra gran responsabilidad porque, como en el Siglo XVI y en todas las épocas de la historia, Dios quiere que haya hoy, en su Iglesia, sacerdotes santos. Nuestro carisma es carisma para circunstancias y horas cruciales. Estamos obligados a darlo a conocer, y hacer atractiva la forma de vida sacerdotal en fraternidad con nuestro ejemplo. Los primeros Teatinos se esforzaron en ello. Sabían lo que querían, y tuvieron clara la llamada del Espíritu a “reunirse” como clérigos y en cuanto clérigos.
Nuestras Casas están llamadas a ser verdaderas fraternidades sacerdotales, pues somos sacramentalmente hermanos, co-presbiteros, y nuestros trato y relación tienen, por eso mismo, que ser trato y relación de co-presbiteros. Más aún, nuestras comunidades están llamadas a ser fraternidades sacerdotales, en las que puedan mirarse los demás sacerdotes.

Cada una de nuestras Comunidades es un regalo de la Providencia para cuantos la integran. No somos nosotros quienes decidimos vivir junto a éstos o junto a aquellos hermanos. Nos reúne el amor del Señor por medio del Voto de obediencia, y a ellos es en concreto a quienes hemos de querer. Quererlos de verdad, quererlos mucho. Tenemos el deber de cuidar nuestra comunidad, y hacer todo lo indecible para que se esté bien en ella. Nos hemos de esforzar para que nuestras fraternidades sacerdotales teatinas sean comunidades en primer lugar de talla verdaderamente humana, en las que se trabaje con esmero lo relacional, se intercambien verdaderas muestras de humanismo autentico, y se utilicen palabras de ánimo, palabras que no descalifiquen, palabras que levantan la moral.

11. Una espiritualidad fuerte de la “Casa” religiosa.

Precisamos readquirir una espiritualidad fuerte de la Casa religiosa teatina. Fue una de las primeras grandes intuiciones de los fundadores, que no abrían fácilmente una nueva casa en cualquier lugar y condición. Se las veían y deseaban para hacerlo. Cualquier instancia de ámbito pastoral no vale para ser una Casa religiosa teatina. No somos enteramente fieles al Carisma cuando por razones ajenas a nuestra espiritualidad aceptamos parroquias excesivamente lejanas unas de otras o que, en la mayoría de los casos, no alcancen a sostener una comunidad. Muchos de los nuestros se habitúan así a vivir en sus soledades parroquiales alejándose poco a poco fácilmente del espíritu de la Orden, de sus fatigas y necesidades, corriendo el peligro de no ser ni en un religiosos, ni diocesanos.
¿No podría este Año Vocacional ser una oportunidad para reflexionar detenidamente sobre el deber, que nos concierne, de vivir más fielmente nuestro carisma en unos tiempos de tantos nuevos desafíos como los actuales?
¿Qué buscaban nuestros fundadores al disponerse a tratar de imitar a aquellos de quienes se lee – en Hch 4, 32 – tenían un solo corazón y alma sola? Construir fraternidad sacerdotal religiosa. Es lo más especifico de nuestro modo particular de vida. El teatino nunca debe olvidar que su respuesta a la llamada del Señor a caminar empujado por el Carisma vivido por San Cayetano, requiere en su fundamentalidad, tratar de irse haciendo siempre imitador de los Apóstoles: tener un solo corazón y un alma sola. “El vivir en común y del común es una característica innegociable de la experiencia teatina: No queremos ser otra que clérigos, que viven según los sagrados cánones, en común y del común, con los tres votos, dado que este es el modo más conveniente de conservar la vida clerical” (Carta de Juan Pedro Carafa – 1 de enero 1533 – al Obispo de Verona Juan Mateo Giberti).

En el momento actual ha se subrayarse: la característica esencial de la experiencia teatina, tal como la hemos recibido de los fundadores, es la vida en común para ayudarnos caritativamente a ser mejores sacerdotes, a celebrar cotidianamente y dignamente el Sacramento de la Eucaristía, y crecer en el espíritu y la asiduidad en la oración, observar los consejos evangélicos, ser corresponsables de las tareas de la Casa, y poner en camino las propias ganancias…

12. Querer a la Orden con todo el corazón.

Concluyo estas modestas reflexiones, que deseo compartir gozosamente con cuantos por la bondad del Señor componemos la Orden, dando gracias por las distintas actividades que se están realizando aquí y allá, y porque va creciendo en las diferentes Casas y Provincias el interés en reencender el fuego de nuestro Carisma teatino. Sabemos que ante todo es un carisma de comunión que nos pide un gran amor a la Orden. Es incalculable el bien que de ella hemos recibido y estamos recibiendo. Cuidemos de quererla con todo el corazón teniéndolo abierto a todas las casas y a cada una de las Provincias. Ojalá este Año Vocacional aumente en nosotros los sentimientos de familia y hagamos nuestras las alegrías y las penas de cualquier Teatino en el mundo, y que nada de la Orden nos resulte ajeno.

Por último, pido a todos a hacer nuestras, en relación con cada uno de nuestros Hermanos de Vida Consagrada y Sacerdotal Teatina, aquellas palabras de San Pablo en la Primera carta a los Corintios (1, 2-4): “A vosotros que, consagrados por Cristo Jesús, habéis sido llamados a ser pueblo de Dios en unión con todos los que invocan en cualquier lugar el nombre de Jesucristo, que es Señor suyo y nuestro, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor”.

13. Unas palabras finales para la “Familia Seglar Teatina”.

Es justo y necesario también dar gracias al Señor, nuestro Dios, por la muy querida “Familia Seglar Teatina”: todos aquellos cristianos laicos que comparten nuestra espiritualidad y nuestra Misión, feligreses de las parroquias regentadas por sacerdotes teatinos, benefactores, amigos de nuestros Seminarios, devotos de nuestros Santos, familiares… Quiera Dios, por intercesión de San Cayetano, que la “Familia Seglar Teatina” se disponga a vivir este Año Vocacional en primer término, profundizando en el conocimiento de los orígenes y la historia de la Orden, darla a conocer en sus ambientes, rogar al Señor que despierte vocaciones teatinas…; en segundo lugar, la “Familia Seglar” tiene en este año la hermosa oportunidad de crecer en la valorización del Sacerdocio ordenado, de dar gracias por los Padres Teatinos que regentan su parroquia, o aquellos con quienes quizá se dirigen espiritualmente… También por aquellos que han sido llamados ya a la Casa del Padre. Les recordamos. Nos encomendamos a ellos.
La “Familia Seglar Teatina” puede hacer mucho por la Orden en este Año Vocacional. Por ejemplo, organizar jornadas de Encuentro y Oración, montar exposiciones en las que se muestren las diferentes actividades apostólicas y sociales de las Provincias, los proyectos educativos y pastorales de nuestros Colegios, la realidad de nuestras Casas de Formación.La “Familia Seglar Teatina” puede, además, en ocasión de este año, tratar de seguir organizándose, así como agradecer al Señor su Misión, compartida con la Orden.
Reciban todos de mi parte, mi más sincero reconocimiento.
Deseo a todos un fuerte ejercicio Cuaresmal y una muy feliz Pascua de Resurrección.

Un abrazo en el Señor y en San Cayetano.

                    P. Valentín Arteaga, C.R.
Prepósito General

En Sant’Andrea della Valle, Roma. 2 de febrero 2012,  Jornada de la vida Consagrada.

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