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Archive for 14 abril 2012

LECTURA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 4, 32-35

En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.

Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego, se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a la comunidad apostólica de Jerusalén como el ideal de la vida cristiana. Una comunidad en la que “todos pensaban y sentían lo mismo”, reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la Fracción del Pan y la caridad fraterna. La primera pregunta que me viene a la cabeza es si verdaderamente éste sea un modelo de vida cristiana para nuestros días. ¿Son así nuestras distintas comunidades: parroquias, oratorios, comunidades religiosas…? ¿Qué responder a ello? Inmediatamente nos sale la respuesta exegética: es un ideal de vida pero ni mucho menos la comunidad de Jerusalén era así: tenía sus disputas entre los partidarios de un apóstol u otro, la caridad fraterna era según intereses personales – lo que motivó la institución del diaconado -, hubo hermanos que intentaron engañar a los apóstoles, etc… ¡Qué bien! Ya hemos justificado que nuestras comunidades se alejen del ideal de la comunidad apostólica, a partir de aquí, que cada uno haga lo que crea conveniente – eso sí, sin molestar al vecino –. Sin embargo, la intención del autor de los Hechos de los Apóstoles es precisamente la contraria: es cierto que existen divisiones, conflictos, intereses personales, somos humanos, pero porque somos seguidores de Jesucristo debemos superar todo aquello para formar una auténtica comunidad. El egoísmo, el rencor, la violencia, la indiferencia, el orgullo, debe ser superado porque hay algo que está por encima: la acción salvadora de Cristo que, con su muerte y resurrección, nos ha abierto las puertas a una vida nueva.

Pero hay algo más en este segundo Domingo de Pascua, la lectura del Evangelio de Juan, nos sitúa ante el núcleo mismo de nuestra fe: La Resurrección del Señor.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

–Paz a vosotros.

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

–Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

–Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

–Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

— Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

–Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

–Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

–¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

–¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

Juan nuevamente nos pone delante la vivencia comunitaria de la resurrección del Señor: es la comunidad apostólica la que reconoce al Señor Resucitado y estando fuera de ella (Tomás) surgen las dudas y la necesidad de las pruebas. –¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Si la Resurrección de Cristo fue capaz de transformar radicalmente la vida ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, si el testimonio que ellos dieron del Resucitado fue capaz de abrir las puertas de la salvación a miles de personas en el primer día de la proclamación Kerigmática de Pentecostés, ¿por qué hoy no somos capaces de llevar a cabo este anuncio de manera creíble?

¡Qué fácil es echar las culpas a los demás!: Una sociedad secularizada, con demasiado “ruido”, individualista, racionalista, y tantas y tantas justificaciones… ¿por qué no miramos a nuestro interior? ¿por qué no nos planteamos seriamente si nuestro anuncio y vivencia de la Resurrección del Señor la hace creíble? ¿por qué no mirar a nuestras comunidades cristianas en vez de al exterior?

Miremos en torno nuestro, en esta misma red en la que lees esta reflexión: ¿encontramos unidad o división? ¿encontramos amor o rencor? ¿encontramos acogida o rechazo? Es verda que la fe es un don de Dios que se da gratuitamente, pero con nuestras actitudes podemos facilitar el acercamiento del hombre de hoy a la fuente de agua viva que es Cristo resucitado o, por el contrario alejarlo más aún si cabe. Soy yo, en primer lugar, quien debo hacer creíble la resurrección del Señor dando testimonio de ella con mi propia vida; es la comunidad a la que pertenezco, en segundo lugar, la que con la búsqueda continua de ese ideal de vida cristiana que es la Comunidad de Jerusalén, debe anunciar la resurrección; y es, en tercer, la Iglesia en su totalidad, la Iglesia Pueblo de Dios, la que con su forma de vida y de anunciar el Evangelio de la Vida, posibilita el acercamiento al misterio de Cristo.

Pidamos al Señor Resucitado que nos ayude a tomarnos en serio su resurrección y con ello nuestro anuncio de la salvación que Él mismo nos ha traído.

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