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Archive for 30 marzo 2013

aparicionLa historia de la Salvación que hemos ido recorriendo en sus pasajes más importantes a lo largo de esta Solemne Vigilia Pascual, es la respuesta de Dios a las grandes preguntas que el hombre, también el de hoy, se sigue haciendo sobre sí mismo. Es la Palabra que nos habla de Dios, de su misterio de amor, de su proyecto para el hombre. Hoy, en esta noche de noches, leemos toda la historia de la humanidad desde Dios y su proyecto. Dios crea el mundo, y el ser humano es el culmen de la creación; no es ni un apéndice ni mucho menos un error. Somos criaturas queridas, amadas y con una misión de vida. El hombre viviente es protagonista de su propia historia, que es acompañada paso a paso por Dios, haciendo que mire al futuro movido por promesas y estableciendo con él una alianza. Sin embargo, las promesas y la alianza no son impuestas al hombre sin el hombre, sino que están sometidas a la debilidad del ser humano. Las promesas y la alianza se pueden quebrar, se pueden perder. En el sacrificio de Isaac la tensión llega al máximo, sin que se rompa, pues Abrahán obedece y Dios se revela como el que mantiene viva la alianza y lleva adelante las promesas. La historia dela humanidad, abierta en Abrahán y en su descendencia, se focaliza en un pueblo; Israel es testigo privilegiado y protagonista de que Dios salvo y libra de la opresión. El siguiente paso nos lleva de la comunidad y el grupo al individuo. Cada persona tiene que responder ante Dios, que es capaz de transformar un corazón de piedra en un corazón de carne. La historia de la humanidad, convocada a vivir según el espíritu, en obediencia a Dios, no puede, sin embargo librarse de su pecado. En la resurrección de Cristo los enemigos del hombre, la muerte y el pecado, han sido vencidos. Es la victoria de Cristo que Lucas nos proclama esta noche: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado!!!

No podía ser de otra manera, tenía que ser en el primer día de la semana, el día en que Dios acabó su obra creadora y descansó, que aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida, resucitase de entre los muertos y con su resurrección abriese las puertas para alcanzar la plenitud de amor y de vida, como orábamos el Jueves Santo. El día de descanso se convierte en el día de la Pascua sin fin, en el día del Señor: el domingo. Si la creación por parte de Dios, finaliza al caer la tarde, la nueva Creación habría de ser necesariamente al alba, porque el amor siempre es madrugador, porque la vida siempre empieza con la luz.

Nuestras mujeres, aquellas que habían acompañado a Jesús a lo largo de toda su vida pública, que habían estado cerca de la cruz, cuando todos los hombres habían huido y estaban escondidos, que habían observado y acompañado a José de Arimatea a enterrar al Maestro, son las que se acercan al sepulcro para cumplir con los ritos que no habían podido llevar a cabo tras la muerte de Jesús porque era la fiesta de la Pascua: las únicas que se atrevieron a acercarse, y porque el amor de una mujer es capaz de superar cualquier miedo o perjuicio sólo ellas pudieron ser testigos de la Resurrección; después vendrán otros como Pedro, pero siempre tras el anuncio que ellas les hicieron.

Los evangelistas, todos ellos, nos sitúan a las mujeres al pie del sepulcro recibiendo el anuncio de la resurrección, al igual que otra mujer, María, recibió del Ángel el anuncio del nacimiento de su hijo: el Emmanuel, el Dios con nosotros. De mujer a mujer, de vida a vida. Permitidme pues, que en este día felicite a todas las mujeres, porque hoy sí que es vuestro día. Estas mujeres, asustadas, despavoridas, dice Lucas, son modelo de lo que significa el encuentro con el Resucitado, que les lleva a recordar todo lo que el Señor había hecho por ellas, todo el amor que había derramado con sus gestos y palabras, toda la misericordia que había repartido, toda la vida que había devuelto y ese recuerdo les lleva a la fe, a la alegría de creer y de amar; les lleva a olvidarse de todo el miedo que poco antes les había paralizado y, corriendo volvieron a anunciar a las Once lo que había sucedido. Se convierten así en las primeras misioneras de la resurrección.  Estas mujeres me recuerdan a tantas y tantas mujeres, mi madre por ejemplo, que son y sois misioneras en sus hogares, en vuestras comunidades, en vuestros colegios y misiones, que dais testimonio de fe en el Resucitado. Pidamos agradecidos al Señor por ellas, por vosotras, para que nunca pierdan ese ardor misionero que llevó a María Magdalena, Juana, María la de Santiago y las demás mujeres, a anunciar la resurrección del Señor.

Volvamos, en esta pascua, nuestra mirada al sepulcro vacío, hagamos experiencia de la resurrección, como hicieron las mujeres, y los discípulos, volvamos a recorrer los caminos del Reino, anunciando a todos nuestros hermanos, que Cristo ha resucitado, que él vive, nos ama, conoce y alivia nuestros sufrimientos, que nos perdona devolviéndonos día a día nuestra condición de hijos y que se hace el encontradizo con cada uno de nosotros, como hizo con los de Emaús, para que le reconozcamos y lo anunciemos gozosamente.

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La liturgia de la Palabra que estamos celebrando en este Viernes Santo nos muestra claramente como los criterios humanos y los divinos en muchas ocasiones son absolutamente contrapuestos. Y es que la Cruz que hoy adoramos, escándalo para los judíos locura para los gentiles – en palabras del apóstol Pablo – se convierte en la Sabiduría de Dios, signo de contradicción para todos los que la contemplan.

Esta es la noche de los fracasos y de los triunfos – eso sí aparentes – como el mismo profeta Isaías nos muestra en la primera lectura al presentarnos al Siervo de Yavhé, desfigurado, despreciado por los hombres, desfigurado por el sufrimiento y, sin embargo, merecedor del favor de Dios. El siervo que con su sacrificio tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. Y es que las palabras de Isaías prefiguran la misión del Mesías, del Cristo, del Ungido de Dios y sobre todo, nos iluminan sobre el sentido de la Cruz.

Esta noche parece que muchos han triunfado y otros han fracasado. Han triunfado los poderosos, los que anteponen el poder, sea del tipo que sea – político, social, religioso – al servicio; es el caso de los sumos sacerdotes, como representantes del poder establecido en el Templo; de Pilato, el poder dominador; ha triunfado el Mal, representado en Judas poseído por el diablo, como escuchábamos ayer en el relato de la Ultima Cena; ha triunfado el miedo, Pedro negando al Señor, los discípulos huyendo, Pilato no queriendo enfrentarse a los Sumos Sacerdotes por miedo a perder el favor del César… Noche de triunfos, pero también de fracasos: ha fracasado el hombre, la justicia, el amor, la misericordia… todo lo que Jesucristo representaba y había anunciado en su predicación, parece abocado al fracaso más absoluto: allí, colgado de una cruz pende aquel que sólo había enseñado el bien y la fuerza que el amor de Dios tiene para los hombres; colgado en la cruz grita: Dios mío por qué me han abandonado… parece que el mismo Dios ha fracasado esta noche.

Y sin embargo, al fracaso se volverá triunfo y la Cruz se convertirá en el árbol de la vida; la sangre, derramada junto con el agua, nos remite a la Eucaristía y al Bautismo, el agua de la vida nueva en Cristo; el Espíritu que Cristo entrega en el momento de la muerte, nos evoca Pentecostés. Por eso que ante el aparente fracaso de la vida de Jesús, Juan nos desvela a lo largo de toda la lectura de la Pasión al Cristo resucitado, al Cristo de la Pascua, nos abre una vía a la esperanza de que el fracaso se volverá gloria tal y como lo había anunciado el mismo Jesús en su diálogo con Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Es la esperanza para todos los crucificados del mundo, los de ayer y los de hoy; la esperanza de que al pie de la cruz siempre estará Ella, la Madre y las mujeres dispuestas a compartir el sufrimiento y el dolor del Hijo, de sus hijos crucificados. Es la esperanza en que la muerte no tiene la última palabra, en que el Mal, aunque lo parezca nunca podrá triunfar, en que si el hombre vuelve su mirada al Crucificado será capaz de sentir el perdón y la misericordia de Dios en el abrazo inmenso de los brazos abiertos de Cristo.

La Pasión de Cristo es también la pasión del hombre de hoy, por ello es necesario que los cristianos, los que miramos y adoramos la cruz de Cristo, nos convirtamos nuevamente al amor, a la misericordia; nos abracemos a la cruz y acudamos al pie de la misma para consolar y desenclavar como José de Arimatea a tantos y tantos crucificados. Nuestro corazón no puede ser insensible al sufrimiento, ni mucho menos huir, debe ser el corazón del hijo que ha recibido al pie de la cruz, a la Madre y el Espíritu del Señor. Por eso, en esta tarde pasión, como nos invita el autor de la carta a la Hebreos, “acerquémonos con seguridad al trono de la gracia – la misma cruz – para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”, porque el hijo, con su sacrificio en la cruz, se ha convertido para todos en autor de salvación eterna.

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20-JuevessantoA Con esta celebración de la Misa de la cena del Señor entramos de lleno en la celebración del Triduo Pascual y por tanto, en los misterios centrales de nuestra Fe. La misma oración colecta elevada al Padre en esta tarde nos sitúa de inmediato en ello:

Señor Dios nuestro que nos has convocado esta tarde para celebrar aquella memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse voluntariamente a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alianza Eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida.

En efecto, la Cena del Señor es el banquete del amor, el mismo que celebramos cada día y en el que se actualiza el misterio de servicio y entrega absoluta del Hijo al Padre por la salvación de todos los hombres, para la redención de todos los pecados. Misterio de salvación que nos remite al Éxodo, a la liberación del Pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto; si los israelitas celebraban año tras año la Pesaj – la Pascua – como recuerdo de esa liberación del yugo de los egipcios, nuestra Pascua nos lleva a celebrar la ruptura de las cadenas con las que el pecado esclaviza a la humanidad; una liberación que nos lleva a considerar a todos hermanos y a hacernos servidores de toda la humanidad. El cordero que los israelitas sacrificaban para conmemorar la Pascua es ahora el mismo Cristo, que con su sangre derramada se convierte en el sacrificio definitivo de salvación

San Pablo, en la carta a los Corintios nos recuerda la tradición que ha recibido y que él continúa transmitiendo  a las comunidades a las que  escribe: el mismo Cristo que instituye la Eucaristía. Pero no podemos olvidar que en el mismo contexto de la Carta a los Corintios, Pablo les reprende porque se acercan a celebrarla divididos, con rencores, dejando de lado a los pobres, incluso humillándolos. Si la Eucaristía es misterio de amor, de caridad fraterna, ni debemos ni podemos dejar de lado al hermano más necesitado, por eso la liturgia de este día nos invita al amor fraterno: Hoy es el día del amor fraterno, el amor del hermano Jesucristo que se despoja de sí mismo para ofrecerse como cordero Pascual, como amor de los amores, para que lo que él ha hecho por nosotros, nosotros también lo hagamos, para que, como dice la oración colecta nos lleva a alcanzar la plenitud del amor y de la vida.

Desde aquellos primeros tiempos del cristianismo, las comunidades cristianas han sido conscientes de que celebrar la Cena del Señor, es entrar en comunión con el misterio de su muerte y de su resurrección; es compartir las mismas actitudes de Cristo. Es el momento de ceñirse la toalla al servicio de los demás. Esta actitud de servicio que Cristo muestra en la última Cena, ciñéndose la toalla y lavando los pies de los suyos, nos recuerda también que hoy recordamos la institución del sacerdocio ministerial. Un ministerio por y para la humanidad. Pidamos, junto con el Papa Francisco, que Dios Padre renueve en nosotros sacerdotes y en todos los sacerdotes, el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

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papa-francisco-i-619x348Queridos hermanos y hermanas

Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas nos hablan de los «Ungidos»: el siervo de Yahvé de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos… Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (Sal 133,2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema…». «Bendígame» y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en petición. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos – futuros sacerdotes – todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo «nada» porque nuestra gente nos roba la unción, gracias a Dios – se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja», pastores en medio de su rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

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