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Archive for 19 abril 2014

VIGILIA PASCUAL 2014

 

resurreccionjesusLa historia de la Salvación que hemos ido recorriendo en sus pasajes más importantes a lo largo de esta Solemne Vigilia Pascual, es la respuesta de Dios a las grandes preguntas que el hombre, también el de hoy, se sigue haciendo sobre sí mismo. Es la Palabra que nos habla de Dios, de su misterio de amor, de su proyecto para el hombre. Hoy, en esta noche de noches, leemos toda la historia de la humanidad desde Dios y su proyecto. Dios crea el mundo, y el ser humano es el culmen de la creación; no es ni un apéndice ni mucho menos un error. Somos criaturas queridas, amadas y con una misión de vida. El hombre viviente es protagonista de su propia historia, que es acompañada paso a paso por Dios, haciendo que mire al futuro movido por promesas y estableciendo con él una alianza. Sin embargo, las promesas y la alianza no son impuestas al hombre sin el hombre, sino que están sometidas a la debilidad del ser humano. Las promesas y la alianza se pueden quebrar, se pueden perder. En el sacrificio de Isaac la tensión llega al máximo, sin que se rompa, pues Abrahán obedece y Dios se revela como el que mantiene viva la alianza y lleva adelante las promesas. La historia de la humanidad, abierta en Abrahán y en su descendencia, se focaliza en un pueblo; Israel es testigo privilegiado y protagonista de que Dios salvo y libra de la opresión. El siguiente paso nos lleva de la comunidad y el grupo al individuo. Cada persona tiene que responder ante Dios, que es capaz de transformar un corazón de piedra en un corazón de carne. La historia de la humanidad, convocada a vivir según el espíritu, en obediencia a Dios, no puede, sin embargo librarse de su pecado. En la resurrección de Cristo los enemigos del hombre, la muerte y el pecado, han sido vencidos.

Las tinieblas, el pecado, el miedo, han sido vencidas en esta madrugada: “No temáis… ha resucitado” éste es el anuncio del ángel, el miedo ha sido vendido, ha llegado la hora de la alegría: “Alegraos” les dice Jesús Resucitado a las mujeres. Exultan los coros de los ángeles, goza la tierra, se alegra la Iglesia, hemos proclamado en el Pregón Pascual. Es el mismo Dios el que se alegra y hace que toda la Creación exulte de gozo. No podía ser de otra manera, tenía que ser en el primer día de la semana, el día en que Dios, habiendo finalizado la creación se gozó de ella y descansó, el día en que Cristo resucitase de entre los muertos y con su resurrección abriese las puertas para alcanzar la plenitud de amor y vida como orábamos el Jueves Santo. El día de descanso se convierte en el día de la Pascua definitiva, en el día del Señor.

Si la creación, como escuchábamos en la primera lectura, finaliza al caer la tarde, la Nueva Creación habría de ser necesariamente al alba, porque la vida siempre empieza con la luz, porque el amor siempre es luz, por eso la Vigilia Pascual es la Vigilia de la Luz, la Luz de Cristo Resucitado que ilumina al mundo entero.

Las mujeres, aquellas que no habían huido, aquellas que habían acompañado a Jesús hasta el pie de la cruz y habían seguido a José de Arimatea hasta ver dónde era enterrado, son ellas las únicas que son capaces de acercarse al sepulcro pasada la fiesta; parece que los evangelistas nos quisieran decir que sólo ellas habían conservado algo de fe en las palabras de Jesús. No sin miedo se acercan al sepulcro buscando al Crucificado y se encuentran al Resucitado. Van al sepulcro a dejar sus lágrimas derramadas por amor a aquel que ha sido condenado y ajusticiado, y vuelven corriendo llenas de alegría a anunciar que él vive, que ha resucitado, que las promesas que había hecho poco antes de su muerte se han cumplido. Corren a encontrarse con los discípulos, acobardados y escondidos, a anunciarles que dejen sus refugios, sus miedos, sus pecados, y corran a Galilea que allí el Resucitado les espera.

Hoy es la noche en las que las palabras de Jesús a Nicodemo: “Es necesario nacer de nuevo”, tienen la posibilidad de hacerse realidad para todos: para los que ayer aparecían como triunfadores y hoy se encuentran ante su el fracaso pero con una nueva oportunidad porque El Resucitado también tiene para ellos una palabra: “Alegraos”. Para los que ayer lloraban por su traición, su deserción, por el fracaso de lo que creían era el inicio del reino, porque hoy se encuentran cara a cara con el Resucitado que les dice. “Alegraos”. Para los cristianos de hoy que se tambalean en su fe o la han perdido, porque el Señor sale a su encuentro y les dice: “Alegraos”. Para los que, como las mujeres han sabido mantenerse al pie de la cruz y no perder la esperanza, porque él les dice nuevamente: “Alegraos”. Para las mujeres que fueron al sepulcro, para todas las mujeres del mundo, porque ellas han recibido y siguen recibiendo el gran don de Dios: ser testigos de la Resurrección y de la alegría que trae consigo. Esa alegría y no otra es la que nos permite nacer de nuevo.

Volvamos, en esta pascua, nuestra mirada al sepulcro vacío, hagamos experiencia de la resurrección, como hicieron las mujeres, y los discípulos, volvamos a recorrer los caminos del Reino, anunciando a todos nuestros hermanos, que Cristo ha resucitado y transmitiendo sus primeras palabras: “Alegraos, no tengáis miedo”; anunciando que él vive, que nos ama, conoce y alivia nuestros sufrimientos, que nos perdona devolviéndonos día a día nuestra condición de hijos y que se hace el encontradizo con cada uno de nosotros, como hizo con los de Emaús, para que le reconozcamos y lo anunciemos gozosamente.

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VIERNES SANTO 2014

cruzLa liturgia de la Palabra que estamos celebrando en este Viernes Santo nos muestra claramente como los criterios humanos y los divinos casi siempre se contraponen de manera absoluta. Y es que la Cruz que en breves momentos vamos a adorar y contemplar, escándalo para los judíos locura para los gentiles – en palabras del apóstol Pablo – se convierte en la Sabiduría de Dios, signo de contradicción para todos los que la contemplan.

Esta es la noche de los fracasos y de los triunfos – eso sí aparentes – como el mismo profeta Isaías nos muestra en la primera lectura al presentarnos al Siervo de Yavhé, desfigurado, despreciado por los hombres, desfigurado por el sufrimiento y, sin embargo, merecedor del favor de Dios. El siervo que con su sacrificio tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. Y es que las palabras de Isaías prefiguran la misión del Mesías, del Cristo, del Ungido de Dios y sobre todo, nos iluminan sobre el sentido de la Cruz.

Esta noche parece que muchos han triunfado y otros han fracasado. Han triunfado los poderosos, los que anteponen el poder, sea del tipo que sea – político, social, religioso – al servicio; es el caso de los sumos sacerdotes, como representantes del poder establecido en el Templo; de Pilato, el poder dominador; ha triunfado el Mal, representado en Judas poseído por el diablo, como escuchábamos ayer en el relato de la Ultima Cena; ha triunfado el miedo de Pedro negando al Señor y el de los discípulos huyendo; el miedo de Pilato no queriendo enfrentarse a los Sumos Sacerdotes para no perder el favor del César… Noche de triunfos, pero también de fracasos: ha fracasado el hombre, la justicia, el amor, la misericordia… todo lo que Jesucristo representaba y había anunciado en su predicación, parece abocado al fracaso más absoluto: allí, colgado de una cruz pende aquel que sólo había enseñado el bien y la fuerza que el amor de Dios tiene para los hombres; colgado en la cruz grita: Dios mío por qué me han abandonado… parece que el mismo Dios ha fracasado esta noche.

Y sin embargo, al fracaso se volverá triunfo y la Cruz se convertirá en el árbol de la vida; la sangre, derramada junto con el agua, nos remite a la Eucaristía y al Bautismo, el agua de la vida nueva en Cristo; el Espíritu que Cristo entrega en el momento de la muerte, nos evoca Pentecostés. Por eso ante el aparente fracaso de la vida de Jesús, Juan nos desvela a lo largo de toda la lectura de la Pasión al Cristo resucitado, al Cristo de la Pascua, nos abre una vía a la esperanza de que el fracaso se volverá gloria tal y como lo había anunciado el mismo Jesús en su diálogo con Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Es la esperanza para todos los crucificados del mundo, los de ayer y los de hoy; la esperanza de que al pie de la cruz siempre estará Ella, la Madre y las mujeres dispuestas a compartir el sufrimiento y el dolor del Hijo, de sus hijos crucificados. Es la esperanza en que la muerte no tiene la última palabra, en que el Mal, aunque lo parezca nunca podrá triunfar, en que si el hombre vuelve su mirada al Crucificado será capaz de sentir el perdón y la misericordia de Dios en el abrazo inmenso de los brazos abiertos de Cristo.

La Pasión de Cristo es también la pasión del hombre de hoy, por ello es necesario que los cristianos, los que miramos y adoramos la cruz de Cristo, nos convirtamos nuevamente al amor, a la misericordia; nos abracemos a la cruz y acudamos al pie de la misma para consolar y desenclavar como José de Arimatea a tantos y tantos crucificados. Nuestro corazón no puede ser insensible al sufrimiento, ni mucho menos huir, debe ser el corazón del hijo que ha recibido al pie de la cruz, a la Madre y el Espíritu del Señor. Por eso, en esta tarde pasión, como nos invita el autor de la carta a la Hebreos, “acerquémonos con seguridad al trono de la gracia – la misma cruz – para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”, porque el hijo, con su sacrificio en la cruz, se ha convertido para todos en autor de salvación eterna.

 

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ev4pa13Con la celebración de la Cena del Señor damos inicio al Solemne Triduo Pascual, al Memorial de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Tres días en los que acompañaremos al Señor por un camino que comienza en la intimidad de una Cena y que, tras su muerte como un criminal, culminará en la gloria de la Resurrección.

La Cena del Señor, en el contexto, como hemos escuchado en la primera lectura, de la Cena Pascual en la que los judíos, aún hoy, conmemoran el paso de Dios por Egipto para liberar a su pueblo, se convierte para nosotros, como afirma Pablo en el memorial de la muerte del Señor hasta que Él vuelva. Un memorial de amor, de entrega gratuita y absoluta por y para la salvación de todos los hombres. Si la Pascua – la Pesaj – era signo de la alianza que Dios sella con Israel con la sangre de los corderos sacrificados y consumidos a toda prisa aquella noche, la cena del Señor, es signo de la Nueva Alianza sellada con la sangre de cristo – el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo -; si la Pesaj – el paso de Dios por Egipto – trae la muerte a los primogénitos, la Cena del Señor trae la Vida Eterna a todos los que creen en el nombre del Señor; si la Pesaj era liberación de la esclavitud física, la Cena del Señor, es la liberación de otra esclavitud: la del pecado que destruye la dignidad del hombre.

Es, en definitiva, como escribe san Juan, el amor hasta el extremo. Es por este motivo que, al inicio del Triduo Pascual celebramos el memorial del amor y lo hacemos queriendo que sea también signo de amor entre todos los hombres: Día del Amor Fraterno. Un amor que, como el mismo Jesús nos testimonia, es servicio, es lavatorio de los pies del hermano necesitado; es amor humilde y desinteresado; es amor que toma la toalla, se la ciñe y se arrodilla ante el hombre para lavarle los pies. Es amor dispuesto a ser luz para la nueva humanidad; es amor que, siendo luz, alumbrará a los hombres, como celebraremos mañana, desde lo alto de la Cruz.

Celebrar la Cena del Señor, nos recuerda a los sacerdotes nuestra consagración. Aquel día que fuimos ungidos para ser ministros del Señor, servidores del Pueblo de Dios. El día que Dios selló su elección con el aceite que consagró nuestras manos para que pudiesen repartir el Pan y el Vino de la vida a nuestros hermanos. Una unción que – como el Papa Francisco ha afirmado en su homilía en la Misa Crismal – penetró en lo íntimo de nuestro corazón, lo configuró y lo fortaleció sacramentalmente. Es la gracia que nos colma y se derrama íntegra, abundante y plena en cada sacerdote. Ungidos hasta los huesos… y nuestra alegría, que brota desde dentro, debe ser el eco de esa unción.

Sacerdocio, Amor y Eucaristía unidas en esta celebración del Jueves Santo que nos pone en camino hacia el Misterio de un Dios hecho hombre, entregado a la muerte y resucitado por el Padre. Un Camino que, es también el camino del hombre, que pasa por Getsemaní, donde el Señor experimentará no sólo la angustia de la soledad y las lágrimas de la obediencia, sino también la confianza en la voluntad de Dios; un camino que pasa por la traición, por el abandono, por las incomprensiones y condenas y por la Cruz y que finalmente, NO acaba en el sepulcro sino en la VIDA.

Que el Señor nos ayude a vivir esta Pascua para que muriendo al hombre viejo sepamos resucitar al hombre nuevo, al hombre renacido por el agua y el Espíritu y así seamos testigos en el mundo del Amor de Dios.

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