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Archive for 4 abril 2015

vigilia pascual

La historia de la salvación, que de forma breve hemos proclamado en esta vigilia, es la historia de la alianza de Dios con el hombre, una alianza sellada definitivamente con el sacrificio redentor de Jesucristo en la cruz y que tiene como consecuencia la ruptura de las dos grandes ataduras del hombre: el pecado y la muerte. “Su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios”, escuchábamos en la carta de San Pablo a los Romanos.

Una historia de salvación en la que en sus inicios Dios contempla la bondad de todo lo creado, incluso la bondad del hombre, pues esa era su voluntad dotar al hombre de la bondad propia  de un Dios creador que hace del hombre imagen y semejanza suya. Una bondad abandonada por el hombre por propia voluntad. El mal como consecuencia de este abandono hace que Dios establezca una alianza con su pueblo, una alianza a la que Dios siempre permanecerá fiel, pero de la que el hombre se alejará y traicionará. En esta noche santa hemos escuchado la fidelidad mutua de Dios y Abrahán, la acción liberadora de Dios haciendo cruzar a su pueblo por el mar Rojo; hemos escuchado a los profetas llamando a la conversión como recordatorio de que Dios siempre está dispuesto a acogernos y a renovar su amor, a pesar de nuestras infidelidades.

Un camino de salvación que culmina en esta santa noche de Pascua en la que el Señor pasa de nuevo, no matando a los primogénitos como en Egipto sino abriendo las puertas de la vida con la resurrección de su Hijo.  Una Pascua que no es una Pascua más, es la Pascua, la única Pascua de Cristo, hoy nuevamente resucita el Señor, se renueva el misterio del Hijo de Dios resucitado en el silencio de la noche y, nuevamente, San Marcos lo narra, son ellas, las mujeres, las únicas que permanecieron fieles hasta el final, las que estuvieron al pie de la cruz acompañando la muerte de su Maestro y, posiblemente sufriendo también ellas el desprecio de los que observaban el martirio, las que reciben el anuncio de la resurrección. Sólo ellas podían recibir este anuncio, porque ellas, como todas las mujeres del mundo ante el dolor y el sufrimiento del hombre, tuvieron el valor necesario para acercarse a la tumba para embalsamar a su Señor.

Y ellas se convierten no sólo en las primeras en recibir el anuncio de la resurrección, sino que también son las primeras enviadas a anunciar a los discípulos que el Señor ha resucitado: son las primeras misioneras de la historia del cristianismo y no serán, ni mucho menos las últimas, pues en tantas y tantas ocasiones, sobre todo en situaciones de persecución, son las mujeres las que permanecen fieles y asumen la responsabilidad de transmitir la fe a sus hijos, también hoy, cuando tantas mujeres están encarceladas por ser fieles a la fe que han recibido de sus mayores.

Christós anesti! Alithós anesti! Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado! Es el cántico que en todos los rincones del mundo resonará con fuerza. Y la fuerza de ese grito, Christós anesti! Cristo ha resucitado, profesado en aquellos lugares donde los cristianos son perseguidos y asesinados por profesar su fe, es la que nos lleva también a añadir Alithós anesti! Verdaderamente ha resucitado! No es el sueño de unas pobres mujeres desesperadas ante la muerte de su Señor, es una realidad que ha sido capaz de transformar la vida de tantos y tantos hombres y mujeres del mundo y de la historia, empezando por aquellos que le abandonaron, hasta el punto de ser capaces de dar la vida por Él. No, no es una ilusión la que hoy celebramos, es una realidad que hoy nuevamente se produce en todos los rincones del mundo.

Pidamos, pues, a Señor Resucitado que, como escribía san Pablo, muertos ya al pecado, vivamos para Dios en Cristo Jesús.

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viernes-santo

Hay ocasiones en las que el Evangelio de Juan se vuelve enigmático, como queriendo crear una atmósfera de incertidumbre acerca de la figura de Jesús. Uno de esos momentos es cuando, en el episodio de las bodas de Caná, Jesús dice a su madre, “déjame no ha llegado mi hora”; desde ese momento el evangelista va introduciendo situaciones en las que Jesús nos indica cuándo va a llegar esa hora: el encuentro con la samaritana, con Nicodemo, los discursos de la última cena, son algunos de esos momentos. Y, de repente, llega la hora, el desenlace de la vida de Jesús, la hora de la glorificación en la que el hijo del Hombre va a ser elevado y glorificado, aunque para los que fueron testigos de esa hora fuese el momento de la humillación y del más absoluto de los fracasos: es la hora de la Cruz.

Se trata de un momento anticipado por los profetas, como hemos escuchado en el cántico del siervo de Yavhé de Isaías. Una profecía que explica el sentido de la muerte de Cristo: Mi siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos… porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. El sacrificio de Cristo en la cruz es la expiación de los pecados del hombre; ya no habrá más sacrificios expiatorios, como decía ayer, por eso a la hora de su muerte, en el momento en que los corderos pascuales eran sacrificados, se rasga de arriba a abajo el velo templo.

Ha llegado la hora, Jesús lo sabe y entrega su vida al Padre, y al mismo tiempo entrega su Espíritu a los hombres. Pero, ¿quién queda al pie de la cruz? Traicionado y abandonado por los suyos, por aquellos que pocos días antes lo aclamaban con cantos y palmas, por aquellos que juraron que estarían con él y que incluso darían su vida por defenderlo… humillado y despreciado por su pueblo, por aquellos que habían contemplado como devolvía la vista a los ciegos, curaba a los cojos, resucitaba a los muertos; aquellos que habían escuchado se habían maravillado de sus palabras, que se habían saciado del pan que les dio a la orilla del lago; condenado por las autoridades que sabían que era inocente y aun así, injustamente lo condenan a morir en la cruz… ¿quién continúa junto al siervo de Yavhé? Sólo la Madre, el discípulo amado y un puñado de mujeres, nadie más, y el propio Jesús tiene fuerzas para dar al discípulo amado, a la propia comunidad creyente, aquello que más ama, la mujer que le dio la vida, la Madre.

Pero al pie de la cruz, e incluso sobre ella, todavía hoy están los crucificados de cada día, la mujer que ve como su hijo muere víctima de la droga o como sus hijos mueren de hambre o comidos por la enfermedad; el anciano que no tiene a nadie que lo acompañe; aquellos cristianos que mueren víctimas del odio o del fanatismo religioso ante la indiferencia de todo el mundo, como murió el propio Jesús.

Hoy es el día más oscuro del año, la Luz de la Vida, se apaga en una cruz, pero nos queda una esperanza, él dijo: destruid este templo y a los tres días lo reconstruirá, el hijo del Hombre tiene que ser condenado y morir pero a los tres días resucitará… ¿será verdad lo que dijo? ¿Será cierto que el Padre no lo va a abandonar? Es un día para orar y para esperar. Orar por toda la humanidad, sobre todo por los crucificados de hoy y de esperar con fe en su resurrección que será la nuestra, ya que en la cruz de Cristo que en breves momentos vamos a adorar están clavados nuestros pecados a los que hemos de morir para resucitar a la vida nueva de Cristo.

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Jueves-Santo-Lavatorio-de-Pies

JUEVES SANTO

La lectura del libro del éxodo nos muestra la experiencia fundante de la Pascua, que todavía hoy celebrada el pueblo judío: la sangre del cordero sacrificado recuerda, conmemora el sacrificio de los primogénitos de Egipto, su vida a cambio de la libertad del pueblo. Su conmemoración hoy recuerda ese momento liberador y clama por una nueva liberación: la que traerá el mesías de Dios. Sin embargo la Pascua que hoy conmemoramos es muy distinta, aun cuando tenga el mismo origen. El Cuerpo y la Sangre de Cristo, el cordero pascual entregado para la remisión de los pecados del mundo es la conmemoración del sacrificio definitivo, ya no habrá nuevos sacrificios, Cristo ha entregado su vida por AMOR a todos los hombres, para la liberación definitiva del hombre, para romper la esclavitud del pecado. Es la nueva y eterna alianza sellada con su sangre, entre Dios y el hombre.

Se trata de una alianza de amor, una alianza que no condena a nadie a muerte (como la salida de Israel de Egipto), sino que propone la vida a todos los que se acerquen a dar cumplimiento a la misma. Una alianza que es servicio, que es entrega, que es libertad, que es amistad, que es en definitiva la manifestación amorosa del Padre a través del Hijo.

San Juan, el apóstol que definió a Dios como amor, lo recoge en Evangelio con todo lujo de detalles. Es cierto que no está el relato de la institución de la Eucaristía, como en los sinópticos o en la Carta de san Pablo a los Corintios que hemos proclamado, pero en los capítulos en los que narra la última cena recoge el significado precisó de la Eucaristía. Un Evangelio que hemos proclamado que, muchas veces, quizás por haberlo escuchado tan a menudo, nos hace perder la riqueza y la fuerza del gesto que Jesús hace.

“Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”, un amor que empieza a manifestarse en el gesto de lavar los pies a los suyos, incluso a aquel que lo iba a entregar. Un gesto de servicio, que debían hacer los esclavos o sirvientes, en definitiva los últimos de la casa. Un gesto que nos recuerda que el ser cristiano y, sobre todo, el ser consagrado sacerdote por la unción e imposición de las manos es para estar al servicio de todos los hombres, es para dejar de lado los egos, la búsqueda del poder o del prestigio, para que arrodillados ante el dolor del mundo, lavemos los pies de nuestros hermanos.

Sí, un gesto de amor y de servicio, que muchas veces en nuestras celebraciones hemos representado y quizás, también frivolizado, y con ello le hemos quitado todo lo que de signo tenía y sigue teniendo. Un signo con el que se abre el camino de Jesús hasta el Calvario, hasta la muerte, hasta el momento de la glorificación que el propio Jesús anunció a Nicodemo. Hoy es un día para orar y acompañar a Jesús en la oración del Huerto. Un día para la contemplación del Misterio de un Dios que se hace Hombre, que vive como uno de nosotros, que amó a los suyos – a nosotros – hasta el extremo de dar su vida por ellos – por nosotros – y hacerle presente en nuestra oración para que algo cambie, para que el memorial de este sacrificio que hacemos al celebrar la Eucaristía transforme nuestra vida y nos libere definitivamente de la suciedad lavada por Jesús con su propia sangre.

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