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Archive for the ‘Homilías y Retiros’ Category

FIESTA DE LA VIRGEN DE LA PROVIDENCIA

64177543Queridos hermanos y hermanas: En el domingo, el día del Señor, el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha dado su vida inmortal, unimos tres acontecimientos por los que podemos desbordar de gozo en el Señor, como canta el profeta Isaías: la fiesta de la Virgen de la Providencia, el día de nuestra Parroquia y el Año que el Papa Francisco ha querido dedicar especialmente a la Vida Consagrada. Y las tres lecturas de hoy nos hablan de estos tres momentos celebrativos.

En efecto, la lectura del libro del profeta Isaías nos muestra uno de los cánticos más hermosos del Antiguo Testamento. Israel, que vive en el exilio, que sufre la pérdida de lo más sagrado para él, como es la Tierra y el Templo, recibe esperanzado el anuncio de que el Señor, en su providente designio, no le ha abandonado, que su pena se transformará en alegría, que de la tristeza brotará una esperanza que le hará desbordar de gozo con el Señor. Es la providencia de Dios que nunca abandona, aún en los momentos más complicados de nuestra existencia.

San Pablo escribe a la comunidad cristiana de Corintio, una comunidad heterogénea, con distintas procedencias culturales, étnicas e incluso religiosas, lo que motivaba enfrentamientos y divisiones. Las palabras de Pablo recuerda a los cristianos de Corintio y a nosotros mismos, miembros de la Iglesia que caminamos en la Parroquia Virgen de la Providencia y San Cayetano, que el espíritu es único, que la diversidad de dones que el Señor nos regala es una riqueza y nunca debe ser motivo de división sino de enriquecimiento de la comunidad. Así debe ser nuestra Iglesia y nuestra Parroquia, cada uno ha recibido del Espíritu un carisma y éste debe ser puesto al servicio de la Comunidad, ni uno ni otro es más importante, como nos dirá san Pablo, todos los miembros del cuerpo son necesarios para el correcto desarrollo del mismo, así la comunidad. En una parroquia hay quien tiene el ministerio de la caridad, quien tiene el ministerio sacramental de ser servidor de la comunidad, el ministerio de enseñar a los otros a través de la catequesis, o simplemente de ser un miembro de la comunidad y acompañar a los demás con su oración y con su ayuda económica, pero todos formamos una única comunidad que celebra y se solidariza con el resto de la comunidad.

San Juan en el Evangelio nos muestra el primer signo de Jesús. Llama la atención que el evangelista, por el contrario de los otros evangelistas, nunca utiliza la palabra milagro, sino la palabra signo: así Jesús comenzó sus signos, dice san Juan. Y es que la palabra signo va mucho más lejos del milagro, éste es un acontecimiento extraordinario que atrae pero que se queda ahí, sin embargo el signo nos quiere revelar algo más profundo que está escondido tras el signo y que debe mover el corazón de los hombres: manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. La transformación del agua en vino, significa el paso de la ley antigua a la ley nueva, de la ley de Moisés que se había transformado en muchas ocasiones en un simple ritualismo (el agua de la purificación), en la nueva ley basada en la alegría (el vino nuevo). Lo sabemos por experiencia, no hay fiesta familiar, y una boda lo es por excelencia, en la que no pueda faltar el vino, la alegría, el querer compartir y celebrar con los demás. Si falta el vino, si falta la alegría ¿qué boda estamos celebrando? El primero de los signos de Jesús nos muestra que nuestra vida va a cambiar, que del ritualismo vamos a pasar al gozo, que de la ley literalista vamos a pasar a la ley del amor. Y en medio de todo ello, nos encontramos con la figura de la Madre de Jesús, la Madre providente, que se da cuenta de que falta alegría, que falta el vino que alegre la fiesta e intercede ante su hijo por esos novios que corrían el riesgo de pasar a la historia de Caná por no haber previsto la cantidad de vino suficiente para celebrar su boda y su historia pasaría de generación en generación a través de la tradición oral del pueblo, lo que nosotros llamaríamos cotilleos de patio de vecinos.

María, la madre providente, que también, junto con san Cayetano, el hombre que supo confiar en la Providencia de Dios, acompaña los pasos de esta pequeña parcela del Pueblo de Dios que es la Parroquia Virgen de la Providencia y san Cayetano.

Celebramos hoy el día de la Parroquia, un día para hacer fiesta, pero también para tomar conciencia de nuestra pertenencia a la misma, para solidarizarnos con todas sus acciones, para comprender que su vitalidad depende de cada uno de nosotros, con la participación en su misión caritativa, a través del voluntariado en Cáritas o simplemente con la colaboración económica en la misma, con la participación en el ministerio de la catequesis, con la oración continua por cada uno de los miembros de la comunidad, por el cuidado de nuestros enfermos, etc… Una parroquia que desde sus inicios ha estado confiada a una comunidad religiosa como somos los teatinos, presentes en este barrio de la Guindalera desde mucho antes de la existencia de la Parroquia. Los más mayores de la parroquia todavía recuerdan a algunos de aquellos padres que cuidaban la casa e iglesia antigua, como poco a poco se fue levantando lo que hoy es el templo parroquial y la casa de la comunidad. Recordamos a los distintos padres y hermanos que han ido pasando por esta casa, y han sido tantos, y lo hacemos desde el cariño, pero sobre todo desde el recuerdo de que eran miembros de una comunidad religiosa. Nuestra presencia en este barrio siempre ha intentado ser testimonio de aquello que nuestro padre San Cayetano quería de sus religiosos: clérigos que viviendo en común y del común, confiando en la Providencia de Dios Padre, bajo el patrocinio de María, fuésemos testigos del Sermón de la Montaña.

En este Año de la Vida Consagrada, en el que nuestra Orden va a celebrar, en el mes de junio, un nuevo Capítulo General, oremos como comunidad parroquial de forma especial, por todos los teatinos para que seamos fieles al carisma que el Espíritu inspiró a san Cayetano. Trabajemos todos, no sólo con la oración, también de obra, por las vocaciones, para que el Señor siga llamando jóvenes que sean capaces de consagrar su vida, ya sea en el matrimonio, Iglesia doméstica, en la vida sacerdotal o en la vida religiosa. Un signo de que una comunidad cristiana, es una comunidad viva, es su capacidad para suscitar vocaciones para la Iglesia. Pidamos, pues, al Señor, para que esta comunidad sea fecunda y dé hijos a la Iglesia para su consagración. Y sobre todo, pidamos por las familias y por los jóvenes y niños, para que no cierren su corazón a una posible llamada del Señor a entregarse a través de la vida religiosa y sacerdotal al servicio del Reino de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, seamos generosos con el Señor, Él que dio su vida por nuestra libertad y salvación, espera de nosotros una respuesta generosa, desbordante de gozo y alegría, pidamos, por intercesión de María, madre de Providencia, que nuestra comunidad parroquial sea testigo de la alegría que trae consigo el vino nuevo de la Ley del Amor de nuestro Señor Jesucristo.

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VIGILIA PASCUAL 2014

 

resurreccionjesusLa historia de la Salvación que hemos ido recorriendo en sus pasajes más importantes a lo largo de esta Solemne Vigilia Pascual, es la respuesta de Dios a las grandes preguntas que el hombre, también el de hoy, se sigue haciendo sobre sí mismo. Es la Palabra que nos habla de Dios, de su misterio de amor, de su proyecto para el hombre. Hoy, en esta noche de noches, leemos toda la historia de la humanidad desde Dios y su proyecto. Dios crea el mundo, y el ser humano es el culmen de la creación; no es ni un apéndice ni mucho menos un error. Somos criaturas queridas, amadas y con una misión de vida. El hombre viviente es protagonista de su propia historia, que es acompañada paso a paso por Dios, haciendo que mire al futuro movido por promesas y estableciendo con él una alianza. Sin embargo, las promesas y la alianza no son impuestas al hombre sin el hombre, sino que están sometidas a la debilidad del ser humano. Las promesas y la alianza se pueden quebrar, se pueden perder. En el sacrificio de Isaac la tensión llega al máximo, sin que se rompa, pues Abrahán obedece y Dios se revela como el que mantiene viva la alianza y lleva adelante las promesas. La historia de la humanidad, abierta en Abrahán y en su descendencia, se focaliza en un pueblo; Israel es testigo privilegiado y protagonista de que Dios salvo y libra de la opresión. El siguiente paso nos lleva de la comunidad y el grupo al individuo. Cada persona tiene que responder ante Dios, que es capaz de transformar un corazón de piedra en un corazón de carne. La historia de la humanidad, convocada a vivir según el espíritu, en obediencia a Dios, no puede, sin embargo librarse de su pecado. En la resurrección de Cristo los enemigos del hombre, la muerte y el pecado, han sido vencidos.

Las tinieblas, el pecado, el miedo, han sido vencidas en esta madrugada: “No temáis… ha resucitado” éste es el anuncio del ángel, el miedo ha sido vendido, ha llegado la hora de la alegría: “Alegraos” les dice Jesús Resucitado a las mujeres. Exultan los coros de los ángeles, goza la tierra, se alegra la Iglesia, hemos proclamado en el Pregón Pascual. Es el mismo Dios el que se alegra y hace que toda la Creación exulte de gozo. No podía ser de otra manera, tenía que ser en el primer día de la semana, el día en que Dios, habiendo finalizado la creación se gozó de ella y descansó, el día en que Cristo resucitase de entre los muertos y con su resurrección abriese las puertas para alcanzar la plenitud de amor y vida como orábamos el Jueves Santo. El día de descanso se convierte en el día de la Pascua definitiva, en el día del Señor.

Si la creación, como escuchábamos en la primera lectura, finaliza al caer la tarde, la Nueva Creación habría de ser necesariamente al alba, porque la vida siempre empieza con la luz, porque el amor siempre es luz, por eso la Vigilia Pascual es la Vigilia de la Luz, la Luz de Cristo Resucitado que ilumina al mundo entero.

Las mujeres, aquellas que no habían huido, aquellas que habían acompañado a Jesús hasta el pie de la cruz y habían seguido a José de Arimatea hasta ver dónde era enterrado, son ellas las únicas que son capaces de acercarse al sepulcro pasada la fiesta; parece que los evangelistas nos quisieran decir que sólo ellas habían conservado algo de fe en las palabras de Jesús. No sin miedo se acercan al sepulcro buscando al Crucificado y se encuentran al Resucitado. Van al sepulcro a dejar sus lágrimas derramadas por amor a aquel que ha sido condenado y ajusticiado, y vuelven corriendo llenas de alegría a anunciar que él vive, que ha resucitado, que las promesas que había hecho poco antes de su muerte se han cumplido. Corren a encontrarse con los discípulos, acobardados y escondidos, a anunciarles que dejen sus refugios, sus miedos, sus pecados, y corran a Galilea que allí el Resucitado les espera.

Hoy es la noche en las que las palabras de Jesús a Nicodemo: “Es necesario nacer de nuevo”, tienen la posibilidad de hacerse realidad para todos: para los que ayer aparecían como triunfadores y hoy se encuentran ante su el fracaso pero con una nueva oportunidad porque El Resucitado también tiene para ellos una palabra: “Alegraos”. Para los que ayer lloraban por su traición, su deserción, por el fracaso de lo que creían era el inicio del reino, porque hoy se encuentran cara a cara con el Resucitado que les dice. “Alegraos”. Para los cristianos de hoy que se tambalean en su fe o la han perdido, porque el Señor sale a su encuentro y les dice: “Alegraos”. Para los que, como las mujeres han sabido mantenerse al pie de la cruz y no perder la esperanza, porque él les dice nuevamente: “Alegraos”. Para las mujeres que fueron al sepulcro, para todas las mujeres del mundo, porque ellas han recibido y siguen recibiendo el gran don de Dios: ser testigos de la Resurrección y de la alegría que trae consigo. Esa alegría y no otra es la que nos permite nacer de nuevo.

Volvamos, en esta pascua, nuestra mirada al sepulcro vacío, hagamos experiencia de la resurrección, como hicieron las mujeres, y los discípulos, volvamos a recorrer los caminos del Reino, anunciando a todos nuestros hermanos, que Cristo ha resucitado y transmitiendo sus primeras palabras: “Alegraos, no tengáis miedo”; anunciando que él vive, que nos ama, conoce y alivia nuestros sufrimientos, que nos perdona devolviéndonos día a día nuestra condición de hijos y que se hace el encontradizo con cada uno de nosotros, como hizo con los de Emaús, para que le reconozcamos y lo anunciemos gozosamente.

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ev4pa13Con la celebración de la Cena del Señor damos inicio al Solemne Triduo Pascual, al Memorial de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Tres días en los que acompañaremos al Señor por un camino que comienza en la intimidad de una Cena y que, tras su muerte como un criminal, culminará en la gloria de la Resurrección.

La Cena del Señor, en el contexto, como hemos escuchado en la primera lectura, de la Cena Pascual en la que los judíos, aún hoy, conmemoran el paso de Dios por Egipto para liberar a su pueblo, se convierte para nosotros, como afirma Pablo en el memorial de la muerte del Señor hasta que Él vuelva. Un memorial de amor, de entrega gratuita y absoluta por y para la salvación de todos los hombres. Si la Pascua – la Pesaj – era signo de la alianza que Dios sella con Israel con la sangre de los corderos sacrificados y consumidos a toda prisa aquella noche, la cena del Señor, es signo de la Nueva Alianza sellada con la sangre de cristo – el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo -; si la Pesaj – el paso de Dios por Egipto – trae la muerte a los primogénitos, la Cena del Señor trae la Vida Eterna a todos los que creen en el nombre del Señor; si la Pesaj era liberación de la esclavitud física, la Cena del Señor, es la liberación de otra esclavitud: la del pecado que destruye la dignidad del hombre.

Es, en definitiva, como escribe san Juan, el amor hasta el extremo. Es por este motivo que, al inicio del Triduo Pascual celebramos el memorial del amor y lo hacemos queriendo que sea también signo de amor entre todos los hombres: Día del Amor Fraterno. Un amor que, como el mismo Jesús nos testimonia, es servicio, es lavatorio de los pies del hermano necesitado; es amor humilde y desinteresado; es amor que toma la toalla, se la ciñe y se arrodilla ante el hombre para lavarle los pies. Es amor dispuesto a ser luz para la nueva humanidad; es amor que, siendo luz, alumbrará a los hombres, como celebraremos mañana, desde lo alto de la Cruz.

Celebrar la Cena del Señor, nos recuerda a los sacerdotes nuestra consagración. Aquel día que fuimos ungidos para ser ministros del Señor, servidores del Pueblo de Dios. El día que Dios selló su elección con el aceite que consagró nuestras manos para que pudiesen repartir el Pan y el Vino de la vida a nuestros hermanos. Una unción que – como el Papa Francisco ha afirmado en su homilía en la Misa Crismal – penetró en lo íntimo de nuestro corazón, lo configuró y lo fortaleció sacramentalmente. Es la gracia que nos colma y se derrama íntegra, abundante y plena en cada sacerdote. Ungidos hasta los huesos… y nuestra alegría, que brota desde dentro, debe ser el eco de esa unción.

Sacerdocio, Amor y Eucaristía unidas en esta celebración del Jueves Santo que nos pone en camino hacia el Misterio de un Dios hecho hombre, entregado a la muerte y resucitado por el Padre. Un Camino que, es también el camino del hombre, que pasa por Getsemaní, donde el Señor experimentará no sólo la angustia de la soledad y las lágrimas de la obediencia, sino también la confianza en la voluntad de Dios; un camino que pasa por la traición, por el abandono, por las incomprensiones y condenas y por la Cruz y que finalmente, NO acaba en el sepulcro sino en la VIDA.

Que el Señor nos ayude a vivir esta Pascua para que muriendo al hombre viejo sepamos resucitar al hombre nuevo, al hombre renacido por el agua y el Espíritu y así seamos testigos en el mundo del Amor de Dios.

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La liturgia de la Palabra que estamos celebrando en este Viernes Santo nos muestra claramente como los criterios humanos y los divinos en muchas ocasiones son absolutamente contrapuestos. Y es que la Cruz que hoy adoramos, escándalo para los judíos locura para los gentiles – en palabras del apóstol Pablo – se convierte en la Sabiduría de Dios, signo de contradicción para todos los que la contemplan.

Esta es la noche de los fracasos y de los triunfos – eso sí aparentes – como el mismo profeta Isaías nos muestra en la primera lectura al presentarnos al Siervo de Yavhé, desfigurado, despreciado por los hombres, desfigurado por el sufrimiento y, sin embargo, merecedor del favor de Dios. El siervo que con su sacrificio tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. Y es que las palabras de Isaías prefiguran la misión del Mesías, del Cristo, del Ungido de Dios y sobre todo, nos iluminan sobre el sentido de la Cruz.

Esta noche parece que muchos han triunfado y otros han fracasado. Han triunfado los poderosos, los que anteponen el poder, sea del tipo que sea – político, social, religioso – al servicio; es el caso de los sumos sacerdotes, como representantes del poder establecido en el Templo; de Pilato, el poder dominador; ha triunfado el Mal, representado en Judas poseído por el diablo, como escuchábamos ayer en el relato de la Ultima Cena; ha triunfado el miedo, Pedro negando al Señor, los discípulos huyendo, Pilato no queriendo enfrentarse a los Sumos Sacerdotes por miedo a perder el favor del César… Noche de triunfos, pero también de fracasos: ha fracasado el hombre, la justicia, el amor, la misericordia… todo lo que Jesucristo representaba y había anunciado en su predicación, parece abocado al fracaso más absoluto: allí, colgado de una cruz pende aquel que sólo había enseñado el bien y la fuerza que el amor de Dios tiene para los hombres; colgado en la cruz grita: Dios mío por qué me han abandonado… parece que el mismo Dios ha fracasado esta noche.

Y sin embargo, al fracaso se volverá triunfo y la Cruz se convertirá en el árbol de la vida; la sangre, derramada junto con el agua, nos remite a la Eucaristía y al Bautismo, el agua de la vida nueva en Cristo; el Espíritu que Cristo entrega en el momento de la muerte, nos evoca Pentecostés. Por eso que ante el aparente fracaso de la vida de Jesús, Juan nos desvela a lo largo de toda la lectura de la Pasión al Cristo resucitado, al Cristo de la Pascua, nos abre una vía a la esperanza de que el fracaso se volverá gloria tal y como lo había anunciado el mismo Jesús en su diálogo con Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Es la esperanza para todos los crucificados del mundo, los de ayer y los de hoy; la esperanza de que al pie de la cruz siempre estará Ella, la Madre y las mujeres dispuestas a compartir el sufrimiento y el dolor del Hijo, de sus hijos crucificados. Es la esperanza en que la muerte no tiene la última palabra, en que el Mal, aunque lo parezca nunca podrá triunfar, en que si el hombre vuelve su mirada al Crucificado será capaz de sentir el perdón y la misericordia de Dios en el abrazo inmenso de los brazos abiertos de Cristo.

La Pasión de Cristo es también la pasión del hombre de hoy, por ello es necesario que los cristianos, los que miramos y adoramos la cruz de Cristo, nos convirtamos nuevamente al amor, a la misericordia; nos abracemos a la cruz y acudamos al pie de la misma para consolar y desenclavar como José de Arimatea a tantos y tantos crucificados. Nuestro corazón no puede ser insensible al sufrimiento, ni mucho menos huir, debe ser el corazón del hijo que ha recibido al pie de la cruz, a la Madre y el Espíritu del Señor. Por eso, en esta tarde pasión, como nos invita el autor de la carta a la Hebreos, “acerquémonos con seguridad al trono de la gracia – la misma cruz – para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”, porque el hijo, con su sacrificio en la cruz, se ha convertido para todos en autor de salvación eterna.

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20-JuevessantoA Con esta celebración de la Misa de la cena del Señor entramos de lleno en la celebración del Triduo Pascual y por tanto, en los misterios centrales de nuestra Fe. La misma oración colecta elevada al Padre en esta tarde nos sitúa de inmediato en ello:

Señor Dios nuestro que nos has convocado esta tarde para celebrar aquella memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse voluntariamente a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alianza Eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida.

En efecto, la Cena del Señor es el banquete del amor, el mismo que celebramos cada día y en el que se actualiza el misterio de servicio y entrega absoluta del Hijo al Padre por la salvación de todos los hombres, para la redención de todos los pecados. Misterio de salvación que nos remite al Éxodo, a la liberación del Pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto; si los israelitas celebraban año tras año la Pesaj – la Pascua – como recuerdo de esa liberación del yugo de los egipcios, nuestra Pascua nos lleva a celebrar la ruptura de las cadenas con las que el pecado esclaviza a la humanidad; una liberación que nos lleva a considerar a todos hermanos y a hacernos servidores de toda la humanidad. El cordero que los israelitas sacrificaban para conmemorar la Pascua es ahora el mismo Cristo, que con su sangre derramada se convierte en el sacrificio definitivo de salvación

San Pablo, en la carta a los Corintios nos recuerda la tradición que ha recibido y que él continúa transmitiendo  a las comunidades a las que  escribe: el mismo Cristo que instituye la Eucaristía. Pero no podemos olvidar que en el mismo contexto de la Carta a los Corintios, Pablo les reprende porque se acercan a celebrarla divididos, con rencores, dejando de lado a los pobres, incluso humillándolos. Si la Eucaristía es misterio de amor, de caridad fraterna, ni debemos ni podemos dejar de lado al hermano más necesitado, por eso la liturgia de este día nos invita al amor fraterno: Hoy es el día del amor fraterno, el amor del hermano Jesucristo que se despoja de sí mismo para ofrecerse como cordero Pascual, como amor de los amores, para que lo que él ha hecho por nosotros, nosotros también lo hagamos, para que, como dice la oración colecta nos lleva a alcanzar la plenitud del amor y de la vida.

Desde aquellos primeros tiempos del cristianismo, las comunidades cristianas han sido conscientes de que celebrar la Cena del Señor, es entrar en comunión con el misterio de su muerte y de su resurrección; es compartir las mismas actitudes de Cristo. Es el momento de ceñirse la toalla al servicio de los demás. Esta actitud de servicio que Cristo muestra en la última Cena, ciñéndose la toalla y lavando los pies de los suyos, nos recuerda también que hoy recordamos la institución del sacerdocio ministerial. Un ministerio por y para la humanidad. Pidamos, junto con el Papa Francisco, que Dios Padre renueve en nosotros sacerdotes y en todos los sacerdotes, el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

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LECTURA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 4, 32-35

En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.

Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego, se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a la comunidad apostólica de Jerusalén como el ideal de la vida cristiana. Una comunidad en la que “todos pensaban y sentían lo mismo”, reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la Fracción del Pan y la caridad fraterna. La primera pregunta que me viene a la cabeza es si verdaderamente éste sea un modelo de vida cristiana para nuestros días. ¿Son así nuestras distintas comunidades: parroquias, oratorios, comunidades religiosas…? ¿Qué responder a ello? Inmediatamente nos sale la respuesta exegética: es un ideal de vida pero ni mucho menos la comunidad de Jerusalén era así: tenía sus disputas entre los partidarios de un apóstol u otro, la caridad fraterna era según intereses personales – lo que motivó la institución del diaconado -, hubo hermanos que intentaron engañar a los apóstoles, etc… ¡Qué bien! Ya hemos justificado que nuestras comunidades se alejen del ideal de la comunidad apostólica, a partir de aquí, que cada uno haga lo que crea conveniente – eso sí, sin molestar al vecino –. Sin embargo, la intención del autor de los Hechos de los Apóstoles es precisamente la contraria: es cierto que existen divisiones, conflictos, intereses personales, somos humanos, pero porque somos seguidores de Jesucristo debemos superar todo aquello para formar una auténtica comunidad. El egoísmo, el rencor, la violencia, la indiferencia, el orgullo, debe ser superado porque hay algo que está por encima: la acción salvadora de Cristo que, con su muerte y resurrección, nos ha abierto las puertas a una vida nueva.

Pero hay algo más en este segundo Domingo de Pascua, la lectura del Evangelio de Juan, nos sitúa ante el núcleo mismo de nuestra fe: La Resurrección del Señor.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

–Paz a vosotros.

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

–Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

–Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

–Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

— Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

–Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

–Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

–¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

–¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

Juan nuevamente nos pone delante la vivencia comunitaria de la resurrección del Señor: es la comunidad apostólica la que reconoce al Señor Resucitado y estando fuera de ella (Tomás) surgen las dudas y la necesidad de las pruebas. –¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Si la Resurrección de Cristo fue capaz de transformar radicalmente la vida ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, si el testimonio que ellos dieron del Resucitado fue capaz de abrir las puertas de la salvación a miles de personas en el primer día de la proclamación Kerigmática de Pentecostés, ¿por qué hoy no somos capaces de llevar a cabo este anuncio de manera creíble?

¡Qué fácil es echar las culpas a los demás!: Una sociedad secularizada, con demasiado “ruido”, individualista, racionalista, y tantas y tantas justificaciones… ¿por qué no miramos a nuestro interior? ¿por qué no nos planteamos seriamente si nuestro anuncio y vivencia de la Resurrección del Señor la hace creíble? ¿por qué no mirar a nuestras comunidades cristianas en vez de al exterior?

Miremos en torno nuestro, en esta misma red en la que lees esta reflexión: ¿encontramos unidad o división? ¿encontramos amor o rencor? ¿encontramos acogida o rechazo? Es verda que la fe es un don de Dios que se da gratuitamente, pero con nuestras actitudes podemos facilitar el acercamiento del hombre de hoy a la fuente de agua viva que es Cristo resucitado o, por el contrario alejarlo más aún si cabe. Soy yo, en primer lugar, quien debo hacer creíble la resurrección del Señor dando testimonio de ella con mi propia vida; es la comunidad a la que pertenezco, en segundo lugar, la que con la búsqueda continua de ese ideal de vida cristiana que es la Comunidad de Jerusalén, debe anunciar la resurrección; y es, en tercer, la Iglesia en su totalidad, la Iglesia Pueblo de Dios, la que con su forma de vida y de anunciar el Evangelio de la Vida, posibilita el acercamiento al misterio de Cristo.

Pidamos al Señor Resucitado que nos ayude a tomarnos en serio su resurrección y con ello nuestro anuncio de la salvación que Él mismo nos ha traído.

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MARCOS 1, 40-45

domingo VIEn aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

— Si quieres, puedes limpiarme.

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo:

— Quiero: queda limpio

La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él le despidió encargándole severamente:

— No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.

Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aún así acudían a él de todas partes.

La compasión de Jesús:

Uno de los temas más recurrentes en el Evangelio de Marcos es el de la compasión de Jesús. El evangelista lo expresa de muchas formas: “sintió lástima”, “se compadeció de él”, “sintió compasión”. Ciertamente, es la expresión de un sentimiento profundo, un sentimiento que se debió quedar grabado en los discípulos que acompañaban a Jesús y que en el anuncio posterior del Evangelio a cada una de las comunidades fue remarcado y es por ello que a la hora de redactar el Evangelio, Marcos lo recoge y lo remarca. Pero, ¿qué significa realmente este sentimiento? En nuestro lenguaje común, sentir lástima tiene una cierta connotación negativa y no siempre es reconocido como un sentimiento que sea capaz de remover las entrañas de las personas. Compadecerse o sentir compasión, quizás tenga una sentido más profundo en nuestro lenguaje, pero lo cierto es que con nuestros gestos lo traicionamos si así fuese.  Pero, y en Jesús ¿qué significa la compasión?

Compadecerse, nos remite a una pasión compartida o mejor aún, a un padecimiento compartido. Ese es el sentido que los evangelistas quieren dar a este verbo: Jesús, no sólo siente lástima de los que se acercan a él con algún sufrimiento, va mucho más allá: Hace suyos esos padecimientos y los sana. Limpia a los leprosos, sana a los poseídos, da de comer a los hambrientos… se trata de un compartir operativo, activo, que busca solución al dolor ajeno. Que en muchas ocasiones, se adentra en la raíz del sufrimiento – recordemos en este punto, que para el judío, la enfermedad, el padecimiento, era fruto del pecado – y devuelve al hombre su dignidad.

Si el leproso del Evangelio de hoy, busca la ayuda de Jesús, no es sólo por sanar su piel que ya de por sí es importante, sino para recuperar su lugar en la comunidad humana perdido por la enfermedad, tal y como nos lo recuerda la primera lectura del Libro del Levítico: si la enfermedad no era suficiente sufrimiento, los hombres le expulsan de todo lo que puede representar un poco de dignidad, de su puesto en la ciudad y de la posibilidad de acercarse a la casa de Dios, al templo; el lepropso había sido declarado impuro y no debía acercarse a nadie ni nadie a él, pues entonces también sería declarado impuro.

Jesús rompe con los prejuicios de los hombres, con los viejos tabúes y con las leyes de la impureza, no es la enfermedad, ni los alimentos, no el incumplimiento de las normas de purificación lo que hacen impuro al hombre, sino el mal, el pecado que brota de su corazón y es por eso que Jesús sana, limpia el corazón, purifica y concede al hombre una nueva oportunidad.

Nuestro ser cristiano también debe compadecerse del hombre de nuestro tiempo que sufre y sanar su corazón, pero también sanar las estructuras que hacen de su sufrimiento un alejarse de la comunidad de los hombres. Es muy fácil condenar el mal, es muy fácil dar una limosna o ayudar a repartir un poco de alimentos o de ropa a quien lo necesita, pero ¿es esa la verdadera compasión? ¿No sería más evangélico trabajar para que las condiciones que han provocado esa situación cambien de forma radical? Es verdad que hay que darles de comer: “Dadles vosotros de comer” escucharemos próximamente en el Evangelio dominical, pero también hay que enseñarles a buscar ese alimento.

Pero no nos quedemos solamente en la parte material de la “compasión”, hay algo mucho más profundo que eso, se trata de devolver la dignidad de hijos de Dios, de criaturas a imagen y semejanza de un Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo como el Dios del amor. Esa es nuestra misión evangélica, esa es la auténtica compasión y no seríamos fieles al Evangelio sino cumpliésemos con esa misión y nos quedásemos tan a gusto en nuestras casas sin mover un dedo por acerca al hombre a Dios.

Pidamos, en este año vocacional teatino, que surjan en nuestras comunidades hombres y mujeres, laicos y consagrados capaces de compadecerse del hombre de hoy con la misma fuerza y capacidad de transmitir esperanza de Jesucristo. Que Dios suscite, sacerdotes teatinos con entrañas compasivas con el sufrimiento humano.

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